"Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen" Eugene Ionesco Cabalgando sobre los lomos verdes de nuestras montañas, en las que todavía palpita un corazón terco; el del caficultor venezolano. Mientras el sol despliega y esparce su luz como una manta de fuego sobre la neblina, el grano de café se va tornando cereza, y allí -en ese humilde resplandor- se esconde algo más que un cultivo; una memoria viva de una patria radiante de sueños y esperanzas que se niega a desaparecer.
Recordemos por un momento que la caficultura no nació de un decreto ni de una consigna, ni menos aún de un partido político; brotó del sudor, de la paciencia y del amor de su gente, por una tierra que responde solo a quienes saben escuchar su pulso. Hoy, sin embargo; en estos momentos tan convulsionados que copan todos los escenarios, el aroma del café corre el riesgo de seguir confundiéndose con el humo agrio de la politiquería barata y triste. No es casual que desde escritorios tibios se dictan discursos que pretenden adoctrinar lo que en realidad solo necesita oxígeno, crédito justo y respeto a la dignidad del campesino.
Tampoco es casual que abunden voluntades serviles que le hacen el trabajo sucio a los centros de poder, haciéndole un flaco servicio a quienes dicen representar y defender. Nuestros campesinos, estos hombres y mujeres que trabajan la montaña, que hacen la noche día, y saben que la mata no entiende de tonalidades ideológicas; crece por igual en el suelo del que madruga y apuesta por su país. Cada grano de café lleva grabado en su interior, el eco de las manos que lo cuidaron.
Allí no hay militancias, hay callos; no hay frases vacías, sino caminos empinados y extensos, donde los pies dejan más fe que huella. Paisanos míos, la caficultura es un idioma antiguo, anterior a cualquier partido político. Ten presente que cuando la política sectaria intenta vestirla con los colores de sus banderas, lo que obtiene es un paisaje cada día más pobre, un aroma roto que lacera el cuerpo de los hacedores de patria libre y digna.
Hoy día, Venezuela debería mirar su café como se mira un espejo limpio; allí donde aún se refleja el país laborioso, entusiasmado, trabajador, solidario, paciente y productivo, capaz de crear sueños sin esperar a que le den permiso. Los caficultores no necesitan "orientación ideológica" más allá de la que recibe de su propia existencia; solo necesitan caminos transitables, mercados decentes y lo más importante, un Estado que no confunda liderazgo con tutelaje. Ha llegado el momento de entender que en este tiempo histórico, la mejor política para el café y la caficultura, es dejarlo crecer con dignidad y acompañarlo con justicia, sin explotarlo ni desangrarlo a carne viva.
El día que comprendamos que el café es una patria en miniatura, a pequeña escala -una patria que cabe en una taza, que se huele y se disfruta desde antes de beber- quizá entonces, habremos regresado a transitar por senderos que nos llevan por el camino verdadero del trabajo que el país necesita. Porque el café, al fin y al cabo, no tiene partido político; solo raíces profundas y un sabor a divinidad, a misticismo, a esa magia que nos recuerda a gritos quiénes somos cuando no dejamos que las banderas de la mezquindad nos tapen los ojos y nos condene a una ceguera tan eterna como inútil.