Existe una cultura arraigada en nuestras carreteras que debe desaparecer de inmediato si aspiramos a ser una sociedad civilizada. Es cotidiano observar unidades de transporte público en condiciones deplorables, circulando a velocidades suicidas mientras compiten por el próximo pasajero. En esta "carrera por la chuleta", el usuario deja de ser una persona para convertirse en una carga que llevan «guindando» en las puertas, bajo el maltrato constante de colectores que parecen haber olvidado el respeto hacia los estudiantes y los adultos mayores.
La lógica del «entren, que caben cien» no es más que una muestra de irresponsabilidad compartida entre conductores y autoridades. Sobrecargar un autobús y circular a exceso de velocidad es una combinación que ya ha enlutado a muchas familias venezolanas con accidentes fatales. Sin embargo, el problema de fondo no es solo la falta de civismo, sino la realidad económica que asfixia al ciudadano.
Hoy, el sector transporte presiona por una «tarifa justa», pero la sociedad venezolana responde con una verdad indiscutible: nuestros bolsillos no aguantan un aumento más. Mientras los salarios y bonos permanezcan estancados, cualquier ajuste en el pasaje se convierte en un golpe directo al estómago del trabajador.
No se puede exigir un servicio premium con salarios de subsistencia, pero tampoco se puede castigar al pueblo con aumentos cuando no tiene capacidad de pago. La solución no debe ser una guerra entre transportistas y usuarios. La verdadera urgencia es el rescate de la dignidad salarial: que el sueldo alcance, al menos, para pagar el traslado hacia el puesto de trabajo.
Es imperativo rescatar el civismo sí o sí. Ya basta de la marginalidad en el servicio y de la indiferencia institucional. El transporte debe dejar de ser un deporte de riesgo y el salario debe dejar de ser una cifra simbólica que se diluye en el primer pago del pasaje.