Los héroes vencedores del abismo

"Esas grandes batallas contra lo deforme, contra lo demoníaco mundial, establecerán la dualidad moral del bien y del mal. El dualismo está en la naturaleza humana. Las religiones no hicieron sino registrarlo y reglamentar las normas contrarias al mal, a los demonios y monstruos telúricos".

Ser un hombre es ser algo concreto, unitario y sustantivo, es ser cosa. Y ya sabemos lo que otro hombre, el hombre Benito Spinoza, aquel judío portugués que nació y vivió en Holanda a mediados del siglo XVII, escribió de toda cosa. La proposición sexta de la parte III de su Ética dice: unaquaeque res, quatenus in se est, in suo ese perseverare conatur; es decir, cada cosa, en cuanto es en sí, se esfuerza por perseverar en su ser. Cada cosa en cuanto es en sí, es decir, en cuanto sustancia, ya que, según él, sustancia es id quod in se est et per se concipitur, lo que es por sí y por sí se concibe. Y en la siguiente proposición, la séptima, de la misma parte, añade: conatus, quo unaquaeque res in suo esse perseverare conatur, nihil, est praeter ipsius rei actualem essentiam; esto es, el esfuerzo con que cada cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia, actual de la cosa misma. Quiere decirse que tú esencia, la del hombre Spinoza, de cada hombre que sea hombre, no es sino el conato, el esfuerzo que pone en seguir siendo hombre, en no morir. Y la otra proposición que sigue a estas dos, la octava, dice: conatus, quo unaquaequae res in suo esse perseverare conatur, nullum, tempus finitum, sed indefinitum involvit, o sea: el esfuerzo con que cada cosa se esfuerza por perseverar en su ser, no implica tiempo finito, sino indefinido. Es decir, que tú, yo y Spinoza queremos no morirnos nunca y que este nuestro anhelo de nunca morirnos es nuestra actual. Y, sin embargo, este pobre judío portugués, desterrado en las tinieblas holandesas, no pudo llegar a creer nunca en su propia inmortalidad personal, y toda su filosofía no fue sino una consolación que fraguó para esa su falta de fe. Como a otros les duele una mano, o un pie, o el corazón, o la cabeza, a Spinoza le dolía Dios. ¡Pobre hombre! ¡Y pobres hombres los demás!

Como pasa con todo profundo cambio espiritual esa transformación causa también un desasosiego y un ligero trastorno en el cuerpo, una sensación como de algo extraño y desconocido que se aproxima. Una fría angustia, un temor de empobrecimiento estremece al alma intranquila y el sismógrafo de los nervios anuncia una sacudida inmediata. Pero —y pisamos aquí un terreno apenas iluminado— tan pronto el alma empieza a darse cuenta de ese ataque que viene de las tinieblas y se estremece ante el peligro de algo desconocido, el organismo ha empezado ya su defensa, una transformación psicofísica, inconsciente e involuntaria, una precaución, en fin, que procede de la misma naturaleza. Pues así como los animales polares, antes de que llegue la época del gran frío, se cubren ya con su pelaje de invierno, así también al alma del hombre, antes de llegar al punto crítico en que empieza la vejez, le sale, apenas ha pasado el zenit de la vida, una nueva envoltura protectora, una cubierta gruesa y defensiva para que uno se hiele en la fría edad de la decadencia. Esa profunda transformación espiritual, procedente tal vez de secreciones glandulares y vibrantes hasta las últimas sacudidas de la producción creadora, esa época de aclimatación, que llamaríamos la anti pubertad, se forma con las mismas sacudidas espirituales y las mismas crisis que cuando la pubertad punza en los puntos fundamentales del cuerpo. Esta aclimatación a la vejez conduce hacia una nueva época, y esta crisis es tan peligrosa como la de la pubertad; vehemente en los seres vehementes, fecunda en los seres de mente creadora; es como un momento fecundo, como una segura floración, que se realiza en el vértigo de la vida.

No se puede vivir si uno no está embriagado de vida, y una depresión neurasténica y un desequilibrio desconcertante se apoderan de ese hombre tan sano, apenas siente el primer síntoma de enfriamiento vital, de debilitamiento.

—El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por peores hombres.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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