Esta es la pura verdad

—"El que trate de defenderse de otro y de evitar ser por él manejado y regido, será regido y manejado por él. Para evitarlo no tiene sino un camino, y es tratar de manejar y de regir al que con él quiere hacerlo".

Y a esta inconciencia se la halaga: de esa masa informe se dice que es lo mejor de la nación; se exaltan las virtudes de esos desgraciados que vegetan y apenas dan señales de vida sino con estallidos de pasiones primitivas y salvajes. La experiencia demuestra aquí que la criminalidad bestial, repugnante, está en razón inversa de la densidad de población. Cuanto más densa es aquí la población, es más morigerada. Y sus delitos pierden en repugnancia y en barbarismo.

Y se comprende, porque el peor consejero es el aislamiento. En una gran urbe, las pasiones se distraen mucho más fácilmente. Podrá en ella el hombre y la mujer caer en frivolidad, pero no cae en barbarie tan fácilmente.

Esa triste inconciencia de las masas desparramadas es la aliada de todo conservadurismo y hasta de toda tiranía. Y ahora es ella el apoyo de lo más vergonzoso de nuestra gobernación pública. Y por encima de todo esto, coronándolo, se alza la abogacía. La abogacía es uno de los peores azotes de Venezuela contemporánea. Casi todos nuestros políticos son abogados —tengan o no bufete—, y no son menos abogados los que no poseen siquiera el título de licenciados en Derecho.

Llamamos abogacía al modo de enfilar los asuntos, como si se tratara de un pleito ante tribunales, o la especial sofistería que se cultiva en estrados. Y nuestra política no es más que una abogacía. Los abogados han llevado a ella todas sus miserables triquiñuelas, todo su repugnante legalismo, ese legalismo que se cifra en lo de "hecha la ley, hecha la trampa". Nadie peor para legislar que quien formó su espíritu aplicando las leyes.

Y el abogado siente una secreta simpatía por el rústico, así como el rústico por el abogado. Los pulperos son pleitistas. La mentalidad del pulpero es una mentalidad que rara vez pasa de la compresión de las cosas abogadescas. Todo aldeano llevas un abogado dentro, así como todo abogado, por muy ciudadano que sea, lleva al rústico. Uno y otro, el rústico y el abogado, son incapaces de verdadera sinceridad, y, por consiguiente, de verdadero espíritu científico. El uno paga para que le den la razón que no tiene.

Y en política lo mismo: la abogacía se apoya en el rusticismo y el rusticismo en la abogacía.

Lo malo es que ni escarmentamos ni aprendemos, hay que buscarlos entre esas duras cabezas cabileñas, de una mentalidad, cuando no rudimentaria, recia, que se obstinan en plantear los problemas políticos con un violento dogmatismo y en establecer principios indiscutibles. Y así como el teólogo establece, sino a pesar de ellas, del patriotismo tachan de antipatriota a quien no siente o no comprende la Patria como sienten o la comprenden ellos.

Y esta crisis del patriotismo está íntimamente ligada con la oposición entre civilización y ruralización. La Patria es, ante todo y sobre todo, la ciudad, y la patria es un medio para la civilización y no el fin de ésta.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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