Trasfondo económico de la crisis

“Con frecuencia oímos gritar a los politiqueros cuando son sindicados de delitos contra la cosa pública o la sociedad que la democracia está en peligro. ¡Bandidos!, la democracia la han desnaturalizado y la están poniendo en peligro ellos con sus vicios, robos millonarios, entregas, crímenes y traiciones. ¿Quién lo hubiera imaginado antes de 1958?”.

Pocas veces un gobierno nacional se había iniciado bajo tan buenos augurios. El pueblo seguía viviendo tan malcomo bajo los otros regímenes y nadie la reprochaba al gobierno el falaz incumplimiento de tantas promesas electorales. Ninguno de sus problemas había sido resuelto, pero seguían votando, como si confiaran en que el engaño y la demagogia, alguna vez, cuando menos lo esperaran, podían transmutarse en felicidad y progreso. Su alegre irresponsabilidad se sentía satisfecha mientras se les permitiera construir un rancho de lata y tablas en cualquier cerro o quebrada.

Cuando las reservas morales de un pueblo no han sido destruidas, o surgen estas purificadas después de una gran catástrofe, basta una racha económica buena para ver el resurgimiento de una nación. En Venezuela la riqueza fácil y la abundancia han perdurado mucho tiempo y al caído el país en manos de un sistema en el cual sus hombres están identificados no solamente con la incapacidad, sino también con la corrupción y baja ralea moral, o falta de ese colapso regenerador, no pueden vislumbrarse mecanismos de corrección capaces de enmendar el desastre.

La riqueza surgida en forma imprevista tenía que producir o precipitar un deterioro en la moral pública. He aquí el meollo de la cuestión para explicar por qué puede afirmarse que el país está “peor”. Aun si se hubiera malbaratado los ingresos extraordinarios sin incurrir en el endeudamiento adicional, tal vez una mano honesta y enérgica habría podido enderezar el entuerto. Al permitir al Presidente el aporte de más dinero, cómplice o no de tal disposición por acción u omisión, estaba poniendo a discreción de los venezolanos un manantial de corrupción. Es inadmisible pensar que al poner a administrar una ingente masa de dinero, con la cual no se sabía concretamente qué hacer, a quienes nunca habían dado pruebas de honestidad e idealismo, los favorecidos iban a dejar de aprovechar una ocasión que patrocinada por los altos niveles del Estado, les garantizaba la impunidad.

En los altos niveles oficiales, trajo implícito la descomposición moral. Implicaba la ostentación del lujo, la aprobación de la conducta social irregular y la obtención de riqueza fácil a la mayor brevedad posible. En una cadena sin solución de continuidad, la delincuencia común vio de inmediato la posibilidad de apropiarse fácilmente de tales riquezas. No buscaba los cien años de perdón prometidos a quien roba a otro ladrón, sino la lenidad proporcionada por un gobierno que inmerso todo él en el delito, no ejercía ninguna represión sobre quienes delinquían por otros procedimientos diferentes al arrebatón o el descerrajamiento de puertas y cajas fuertes.

Esa abundancia de dinero mal habido extendió sus mecanismos corrosivos a todas las instituciones. Ahora había dinero para todo, incluso el cohecho o la dádiva generosa para ablandar conciencias.

¡La Lucha sigue!


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Manuel Taibo


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