El bien o el mal

Hay oportunidades en la cual los seres humanos deben decidirse en buscar una opción, es decir, elegir entre el camino correcto o el incorrecto. En ambos casos le corresponde hacer un análisis de los factores que los favorezcan o no, a él o a un colectivo. De seguro que si escoge la primera alternativa logrará las metas propuesta, en el caso contrario, la ruta será un camino sinuoso lleno de escollos, con la certeza que no alcanzará el o los objetivos planteados. No quiere decir que el camino correcto no esté lleno de obstáculos, dado que no hay provecho sin sacrificio, en el entendido que la oruga para alcanzar la rosa deberá atravesar un camino lleno de espinas.

No cabe duda que la elección del camino correcto o el inverso está ligado con el bien o con el mal respectivamente. El primero es el conveniente y el segundo el inadecuado. La lucha eterna de los hombres y las mujeres es la identificación del bien y el mal. La disputa del bien contra el mal, el yin contra el yang, la luz contra la oscuridad, dado que existen factores internos (la genética) y externos (la sociedad, la educación, los medios de comunicación, la tecnología, entre otros) que impiden tener una idea clara para ubicar dónde está el bien y dónde el mal.

Ciertamente, la reyerta entre el bien y el mal siempre ha sido dura, cruel, bestial y casi permanente. Los portaestandartes del mal buscan cualquier manera de demostrar a los ingenuos que ellos son los grandes benefactores y para esto utilizan diversos métodos y medios para engañar. Es el caso de las religiones, sin excepción, los jerarcas de las iglesias valiéndose de la idea del Dios todopoderoso, omnipresente, omnipotente, omnisciente, misericordioso y magnánimo, instituyeron, basado en la artimaña, religiones o la fe axiomática o la deidad única a sangre y fuego. El caso más patético es la religión católica, impuesta en todo el mundo occidental utilizando fórmulas variadas. Desde el temor ante los fenómenos naturales, hasta usando armas cruentas en guerras sanguinarias, por ejemplo, en las Cruzadas, causantes de millones de muertos; los juicios malignos ante los tribunales del Santo Oficio durante la Santa Inquisición y la aberrante conquista y colonización de América. Evidentemente, los ingenuos, los desconocedores de la Historia no distinguen entre el bien y el mal, dado que su mente ha sido manipulada y sobre sus espaldas reposa una herencia de más de dos mil años de engaños y mentiras.

Por la ignorancia, por la falta de información, la mayoría de la personas no identifican su enemigo, no logran reconocer el portador del mal y por desgracia, milita en la misma agrupación que lo destruye mentalmente y que se aprovecha de él, bien económicamente o, bien para contribuir con la permanencia del mal educando a sus hijos en un régimen perverso del secuestro intelectual.

La lucha entre la luz y la oscuridad es dura. La humanidad se ha levantado sobre los millones de muertos abandonados por el mal en los campos de batallas, sobre los escombros de las ciudades destruidas e inocentes heridos, quienes nada tenían que ver con las causas que motivaron las conflagraciones, por lo general económicas. Unos motivos crematísticos que solo benefician a los patrocinadores de mal. Es palmario que el mal está ligado a mezquinos intereses económicos, nunca se ha producido un conflicto entre dos países sin que entre ellos no estén en juego intereses económicos: durante la antigüedad, los de los ávidos aristócratas y hoy, los de los codiciosos socios de los consorcios mercantiles, financieros e industriales globalizados.

Lamentablemente, las acciones de los hombres y mujeres del mundo es una maraña donde se entretejen las tareas de los actores de la política, de la religión, del comercio, de la finanzas, del narcotráfico, de la corrupción, de la mass media comprometida, del lavado de dinero, entre otros y lamentablemente muy pocas personas tienen de las herramientas para conocer dónde radica el mal y dónde el bien. El mal se filtra entre las capas permeables de la sociedad, para eso los malos cuentan con diferentes medios e instrumentos para catequizar a inocentes, con el agravante, de que el ingenuo desconoce que milita en el mismo campo donde están sus enemigos. Lastimosamente los incautos no son impermeables a tales filtraciones y se dejan manosear por las mentiras provenientes de los perversos quienes durante miles de años los han explotado, los han avasallado, los han utilizado para su beneficio y no para que el bien reine sobre las misérrimas masas humanas esperanzados de una vida mejor.

El 20-M, una vez más, el pueblo de Venezuela se presenta a una importante justa electoral, donde se enfrentarán el bien contra el mal. En ambos casos, cada uno está bien identificado, en el segundo, los protervos aparecen mimetizado para hacerles creer a los electores que la solución de sus problemas se basa en nocivas prácticas neoliberales, fracasadas en otras regiones.

En estas elecciones los confalonieros de la maldad están representados en dos grupos. Aquellos que gobernaron el país durante más de cuarenta años durante el siglo pasado, sumiendo el país en la miseria, en la corrupción, en la entrega de nuestras riquezas a las corporaciones extranjeras, quienes evitaron la industrialización del país, los mismos que no elaboraron un sistema de salud, de educación y vivienda que les permitiera a los pobres alcanzar una buena calidad de vida, los mismos que conspiraron contra mi comandante Chávez y actualmente, contra el presidente obrero MM. Por fortuna, aquellos dinosauros de la política están perfectamente identificados y no necesitan capuchas para esconder sus maléficas intenciones. Son los representes del mal.

Los otros portaestandartes del mal, son los que se presentan encapuchado pero que todo el mundo los reconoce y tienen más de veinte años causándole graves daños al país. Propiciaron y propician golpes de estado contra mi comandante Chávez y hoy contra el presidente MM; llamaron a la insurrección contra la Democracia Participativa y Protagónica, sumiendo al país en una continua violación de los Derecho Humano mediante las guarimbas; son los apátridas que claman por una intervención militar extranjera; los mismos sicofantes que solicitan a los agentes extranjeros la aplicación de sanciones económicas contra Venezuela; son los aliados de los gobiernos que asesinan descaradamente a los ancianos, niños y jóvenes del Medio Oriente, son los responsables de la hiperinflación de Venezuela, de la escases de alimentos y medicinas y son los mismo racistas que odian a los pobres. Estos individuos son los engendros del mal.

Del otro lado están los aliados del bien, los que poseen un plan para erradicar la pobreza del país; los que durante veinte años demostraron que si se puede entregar viviendas dignas a los pobres, brindar una educación y un sistema de salud gratuitas que contribuyan a mejorar la calidad de vida de los más necesitados; los que incorporaron a los pobres a la tecnología mediante la entrega de Canaimas, tabletas y otros recursos de alta tecnología; los que entregaron a varias ciudades del país un sistema de metro, metrobuses, trenes y otro medios de locomoción que contribuyen a trasladar a los más necesitado en un medio de transporte digno; un plan de programas sociales que mejoraron la calidad de vida de millones de venezolanos; redujo la desigualdad social; los que visualizaron a los hombres de color, a los homosexuales, a las mujeres y a otros prójimos excluidos de la sociedad, entre tantos de los beneficios que identifican con el bien a una forma de gobernar.

Cuando estemos frente a la máquina de votación debemos reflexionar, estar claro sobre quiénes representan el bien y quiénes el mal, quiénes desean convertirnos en vasallos de una potencia extranjera y los que queremos vivir en una patria independiente y soberana. No nos equivoquemos, identifiquemos quién representa el bien y quién el mal y sufraguemos por el bien. Quizás por eso afirmó el egregio Simón en una carta a Francisco de Paula Santander en el 1820: "Este mundo es una cadena de bienes y de males y no hay cielo sin nubes". Lee que algo queda.



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Enoc Sánchez


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