Día Ciento Trece La imagen personal de líder político caminando por el Filo de la navaja del 2018

Nunca he creído que por pensar con la ideología del proletariado hay que vestirse como un indigente si se tienen los recursos económicos mínimos para acceder al vestido y al calzado indispensable que permita cumplir con los hábitos higiénicos y de presentación, en un ambiente social sencillo, sin los aspavientos del consumismo impuesto por el jet set exclusivo de las personas ricas.

En Venezuela los trabajadores, trabajadoras y sus familias, se visten bien cuando salen a la calle a cumplir sus compromisos laborales y sociales. No solamente está bien presentado nuestro pueblo en el Metro, busetas, jeeps cuando se dirige a sus centros de trabajo, sino que somos uno de los pueblos más aseados y escrupulosos, en su aseo personal, si nos comparamos con las costumbres de otros habitantes del planeta.

La situación que describimos es considerablemente más sorprendente por la especulación de los dueños del vestido y del calzado quienes han subido los precios de su mercancía haciéndola sólo accesible a los grupos sociales privilegiados. El alza del vestido y del calzado es agravada por las penurias sufridas, en nuestros barrios populares, a cauda de la falta de agua que los atormenta, y por la precariedad de las viviendas que habitan.

A pesar de la locura inflacionaria inducida por los dueños de los medios de producción y distribución, en alianza con el bloqueo imperialista, nuestro pueblo se distingue por su buena imagen personal cuando se acomoda para salir a la calle. Esta condición nos enorgullece como pueblo y forma parte de nuestra cultura popular. Los dirigentes revolucionarios, cualquiera que sea su jerarquía política, debieran vestirse parecido a su pueblo porque nuestro pueblo se viste bien y si no pudiera hacerlo más adelante porque la guerra económica se lo impide, la burocracia gubernamental tiene que correr la misma suerte del pueblo sin continuar con su actual opulencia en el vestir que es apenas la imagen de una clase política enlodada por el derroche y la corrupción.

Me dirán algunos que "el hábito no hace al monje" o que "la mona aunque se vista de seda mona se queda" pero de eso no se trata, sino de entender que en esta guerra económica inducida, para vestirse como un burgués hay que ser un burgués, y pensar como un burgués, porque sólo la burguesía puede darse el lujo de gastar en una "ropa de vestir" lo que un trabajador o un profesional medio obtendría por su trabajo en un año o más.

En esta guerra económica capitalista resulta chocante, absurdo, antipático, inapropiado, exclusivista y ridícula la forma como se viste nuestra burocracia gubernamental al mejor estilo del ex Presidente de PDVSA. La gente casi siempre piensa de la manera como se viste. La indumentaria es un símbolo del quehacer humano y de la personalidad del individuo. Nuestro Presidente obrero, por quien el pueblo va a volver a votar el 20 de mayo, debería reflexionar al respecto.



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Sergio Briceño García

Profesor Universitario de Filosofía de la Educación Jubilado de la UPEL. Autor del Poemario "Porque me da la gana" y de la obra educativa "Utopía Pedagógica del Tercer Milenio". Ex Director Ejecutivo de la Casa de Nuestra América José Martí.

 sergiobricenog@yahoo.com

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