Gustavo Dudamel, Corazón Llanero y lo constituyente

Con mi hermano Atila, siendo muy pequeño, él siete años mayor que yo, fui al que llamaban barrio "La Copita", un poco más o menos a una distancia de un kilómetro del nuestro, a ver un circo que allí habían instalado. La entrada debía ser muy barata porque ambos entramos, siendo nosotros unos humildes muchachos del barrio "Río Viejo", en buena medida una aldea de pescadores y trashumantes. Dos cosas me impresionaron y dejaron huella profunda en mi memoria infantil. Una de ellas fue el mago "Blackman" o Blacamán, en el lenguaje nuestro. El circo, según supe después, procedía de Colombia, el que uno había imaginado de allá de aquellas como mágicas civilizaciones del medio oriente y por saber luego la verdad, nos producía como decepciones o indisposición a aceptarla o ver roto aquel sueño. Luego, cuando leí "Cien años de soledad", hallé en la prodigiosa y casi mágica obra del colombiano, un circo y un Blacamán, que pudieran ser los mismos de mi infancia, la misma de García Márquez o una copia, pues los vecinos en eso de producir copias de cuanto existe son por demás talentosos y creativos.

La habitual apertura del acto circense, de cuando los actores, con buena parte de lo que forma parte de su espectáculo, salen a dar vueltas alrededor de la pista central a manera de saludo, como sumario y prólogo del contenido, mostró entre otras cosas un caballo. Yo apenas los había visto en postales y en libros de la escuela. Presencialmente sólo había visto burros, aquellos que llegaban al barrio, con cestas pendiendo de los costados, arriados por campesinos que llegaban a vender lo cosechado en el conuco.

Esta fue la segunda presencia que me impactó en aquella nada habitual noche de circo. Era un caballo de paso, majestuoso y elegante.

Tenía yo siete años y fue la primera vez que vi uno de ellos. Años más tarde, cuando ya había alcanzado cierta capacidad, autonomía de vuelo y osadía para alejarme de mi casa, por los alrededores de Cumaná, hacia la vía de Cumanacoa, solía ver caballos, no muchos, unos dos o cuatro. Pero eso era para mí casi como el otro lado del mundo.

Lo nuestro eran los botes. Como aquellos majestuosos peñeros ya con motor fuera de borda que iban y venían en un santiamén desde Castillito a la otra costa. Aquellos que sustituyeron los botes a remo y los de vela. Los primeros para la pesca allí mismo, a la vista de la costa. Los otros podían ir más lejos, hasta donde los vientos empujasen y dictara la prudencia.

Nuestra música nada tiene que ver con caballos, sabanas, pastizales y menos de grandes manados de ganado. Lo de ella, la nuestra, es el mar, el viento, el bote y el agitar de las olas. Nuestro oriente marino, por establecer una limitación, tiene su música como la J, el galerón, folía, aguinaldos, cantos de pilón y hasta el joropo oriental. Este último no sólo aborda temas que le son propios al paisaje sino que suena y se baila de manera peculiar.

Y así como en nuestro espacio de nacimiento, sucede en el centro de Venezuela, en la costa montaña, en el occidente y en la región andina. Cada espacio tiene su música y sus muchas otras cosas.

Por eso me alegré, cuando ayer en una de esas reuniones por sector que se están haciendo para discutir el asunto constituyente, por ahora sólo en Caracas, como casi siempre ocurre, donde las convocatorias no sé a qué criterio atienden, se produjo un como acto sublevatorio constituyente, lo que no es ilegal ni extraño. Lo constituyente, con el pueblo en movimiento, es propenso a todo y por lo tanto sorpresivo y sorprendentemente creativo

Fue una reunión con creadores, cultores, artistas e intelectuales, por lo menos eso fue lo que oí y además, por las personas que logré escuchar, así fue. Dirigía el debate Adán Chávez, y por lo que dijo y lo sucedido con posterioridad, se vio "obligado" a darle la palabra a alguien que no estaba anotado o "no lo anotaron". También "por lo que este dijo" y la forma expresiva, uno dedujo que su grupo, pues notó que sólo no estaba, impuso le diesen la palabra.

Dijo dos cosas, como críticas al gobierno. Primero que se gastasen buenas cantidades de dólares, con frecuencia, quizás demasiada, para contratar artistas de fuera que nada dejaban mientras los hacedores de arte, entre estos los músicos nacionales y del fondo del alma nacional, carecían de recursos y oportunidades para mostrar al pueblo nuestra rica diversidad cultural.

Denunció, digo yo, porque seguro estoy fue allí consciente con la denuncia, lo mismo que antes nosotros hemos denunciado. Este país es quizás, uno de los de mayor diversidad cultural y sobre todo musical en nuestra área. La diversidad étnica que resistió la conquista, colonización, las guerras y la llegada de oleadas de hombres y mujeres venidos desde muy lejos, que se mezclaron como en medio de un huracán, produjo ese milagro. No somos sólo llaneros; somos también costeños, isleños, selváticos, peninsulares, serranos. Somos del llano, la sierra y del mar. Por sólo hablar del espacio, sin hacer alusión a etnia alguna lo que sería largo de contar. Y eso tiene amplísimas repercusiones.

¿Por qué ese empeño en imponernos la idea que todos somos llaneros? ¿Por qué el Estado y la televisión que le pertenece, anda por el país todo y hasta más allá vendiendo la idea que la música del venezolano es sólo la llanera? ¿Por qué ese empeño en ignorar el arte musical del resto del país? Eso es malo, no el hecho en sí mismo, el cual es digno de aplauso, sino porque conduce a ignorar y hasta negar lo demás.

Esta muy bien, lo elogiamos que a los artistas del llano se les tienda la mano, se difunda su música, se les abra espacios y trate de vincular eso a la nacionalidad. Pero está mal ignorar a los otras manifestaciones culturales, de la música y el canto de otras regiones del país de igual valor, dicho así por ser equilibrado, que lo que en ese sentido se hace en el llano. Si se hace eso por un cálculo político es peor y en Venezuela muy desacertado.

Eso lo denunció quien parece entró como colado al acto pre-constituyente. Lo digo así porque habló de último, las palabras de Adán Chávez dejaron constancia que no estaba anotado y lo incorporaron a última hora como por obligación y el portavoz y sus acompañantes estaban de pie y en la parte de atrás del salón donde se celebró aquella reunión.

El denunciante habló de la buena suma de dólares que se gasta para traer espectáculos extranjeros "que nada dejan". Y en eso tiene razón. Pero no dijo nada de Dudamel y el sistema de orquestas, donde según quienes desde el gobierno han salido a responder al célebre director de orquesta por su imprudencia y versión como parcializada y poco equilibrada de lo que aquí acontece, a quienes se han otorgado cifras descomunales en dólares, para que viajen por el mundo por lo menos hasta el año 2017, en un país donde no hay medicinas.

Que yo sepa, salvo Barquisimeto, ciudad natal del exitoso músico o quizás otra, sin contar Caracas por supuesto, tanto que es inoficioso decirlo, Dudamel y sus orquestas, no tienen tiempo y quizás, recursos y disposición de ir con su mensaje al resto del país. Se me ocurre por ejemplo, verlo dirigir a sus muchachos en Río Caribe, Estado Sucre, a la orilla del malecón, donde los vientos y las olas golpean y pudieran hasta trasladar la música y el aliento por lo creativo a lejanos espacios.

Y conste, no es la primera vez que digo esto.

Pero no. Él y ellos no están para eso. Lo dispuesto es que vayan a Ámsterdam, Roma, Paris, Londres, Copenhague, Estocolmo. Se vean rodeados por un mundo distinto y destellante.

Entonces, ¿por qué nos quejamos? Ellos van y vienen. Más es el tiempo que andan por allá que por aquí. Se llenan de lo que por allá dicen de lo de acá y juzgan, sin dejar de meter en su morral sus intereses y, entonces es fácil creer lo único que llega y además conviene.

Cuesta mucho, un gran esfuerzo y formación, para que en medio de tanto bombardeo, no olvidar que uno nació, se creó en la costa y confunda un caballo con un bote.

La identidad nacional significa desconocer que somos diversos. Eso es imprescindible; que nadie se sienta excluido.

¿Sabía usted amigo lector que al Gran Mariscal de Ayacucho, las sillas de los caballos le producían llagas en las entre piernas, a la altura de las partes íntimas? Pese haber sido un genial guerrero, nunca fue buen jinete.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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