El Táchira al rescate de lo que se llevaron a Colombia

Un poco antes que ocurriera el programado efecto mediático- televisivo de un grupo de vecinas de la frontera, del eje Ureña-San Antonio, caminando a paso rápido para ir a tomar de los anaqueles del comercio colombiano productos de la cesta básica, que otrora migraron desde Venezuela, en actos ilícitos donde parece que no hay hueso sano en cuanto responsabilidades (no se escapan ni los párrocos), había conversado con un amado familiar que habita en ese eje.

En pocas palabras me resumió la situación:

Colombia aceptó la fuga desde Venezuela de alimentos, medicamentos, bienes de la construcción, combustibles, lubricantes, insumos agrícolas, repuestos, semovientes, bienes del aseo personal y pare de contar. Las cuentas, me dijo, solamente en alimentos, insumos agrícolas y medicinas deben rondar unos 100 millones de toneladas en los últimos 20 años. En este momento, me dijo, estamos en buen momento para traer de Colombia una buena parte de ese saqueo a que fuimos sometidos. Habrá que pagar, pero solamente regresando los alimentos de consumo diario que han tenido un efecto devastador en la política Venezolana es posible complementar la oferta que nacionalmente hace el Estado venezolano con la nueva institucionalidad que a duras penas logra contener las colas y las rabias. Hay que abrir la frontera, con eso el occidente próximo a Colombia, podría generar una reversa favorable a la seguridad alimentaria y de la salud.

Por este pueblo (refiriéndose a la Villa Redimida de San Antonio de Venezuela, como la llamó Bolívar) bajaron los más imprescindibles bienes para la vida. Las alcabalas por muy arrechas que parecían tenían precio, los mismos transportes oficiales bajaron productos básicos, crecieron en número las farmacias desde San Antonio hasta Mérida y hasta Barinas. Esos espacios no tan fronterizos eran el reposo de las mercancías que luego serían progresivamente sacadas del país. Las fortunas que se pudieron hacer con esta vileza contra el país dan para mantener más de 20 generaciones de los cabezas de esas mafias. La gente común creyó que hacía lo correcto, generando ingresos al facilitar la salida de productos. El resultado es evidente, unos cuantos ricos y muchos pelando bolas.

Te repito, me dijo, Colombia está atiborrada de alimentos, la gente no tiene capacidad de compra, la aparente calma colombiana se debe a la promoción de una paz que todavía no se sabe si será duradera. Pero la gente está acosada por el desempleo, el paramilitarismo y la presión sobre la disidencia. Pues hay que traerse eso en bolívares. Para ello, hay que blindar unas nuevas relaciones basadas en el apoyo que efectivamente hemos dado históricamente a Colombia. Hasta hace poco, 30 % del consumo colombiano era surtido desde Venezuela.

Todo esto que fue el resumen de una conversación telefónica, tiene un acento patriótico, pero también de sobrevivencia. Hay que dejarse de ser pendejos, hay que traer, hasta que salgamos de la crisis, lo que podamos, sin sacar un dólar de las divisas venezolanas que han menguado a menos de 13 mil millones de dólares.

Mientras, la contracorriente de alimentos y medicamentos ocurra, es importante negociar con Colombia una relación más transparente. Posiblemente se requiera plantear un sistema parecido al SUCRE, con límites a la reciprocidad y al desbalance de los pagos.

Todavía estamos a punto de mejorar las relaciones con Colombia, hacerlas más transparentes, sin dejar de estar atentos a la amenaza uribistas y paramilitar.

El Táchira, debe salir a rescatar lo que se llevaron… eso sí, con el beneplácito y las políticas revolucionarias.

mmora170@yahoo.com



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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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