Versiones de Judas

En los pueblos, en las barriadas venezolanas, quemarán varios Judas al final de esta Semana Santa. En algunas partes, quemarán al "bachaquero" que vende a precios criminales, inconcebibles, los productos regulados. En otros lados, será Maduro el quemado; allá, será Obama; acullá Ramos Allup o alguno de los dirigentes (son legión, diversos, rivales) de la oposición. Nuestro pueblo conoce multitud de versiones de Judas. Todos los años, todos los que sus tradiciones registran, ha conocido muchos Judas, abundantes, que lo traicionan, lo venden y crucifican una y otra vez.

Hace poco releí el cuento del gran escritor argentino Jorge Luís Borges "Tres versiones de Judas". En él se relata el caso del teólogo sueco Nils Runeberg, real o ficticio, quien llegó sucesivamente a tres conclusiones asombrosas y blasfemas: primero, que el acto de Judas era parte ineludible del plan divino, y por ello debía cumplirse, con necesidad forzosa, la traición, que adquiría así el carácter sagrado de todo lo dispuesto directamente por la Voluntad del Altísimo. Segundo, que el rebajamiento de la divinidad a la miserable condición humana, encarnada en Jesús, era replicado por el rebajamiento de un hombre, en presentación de toda la especie, Judas, a la despreciable condición de traidor. Lo que ocurría a Dios, le debe ocurrir entonces al Hombre.

La tercera conclusión del teólogo Runeberg, invención lograda de Borges, es la más sorprendente y placenteramente literaria justo por ser la más blasfema: en verdad, el Dios encarnado no es Jesús, sino el propio Judas. El rebajamiento de Dios tenía que ser perfecto. Debía ser impecable, llegar al último extremo. Judas al cometer semejante pecado, hacía perfecto el rebajamiento y el sacrificio divino para remediar el pecado del Hombre. Runeberg, tras su descubrimiento, enloquecido por su vertiginosa dialéctica e insomnio atormentado, deambuló sin rumbo, buscando señales de su dios infinitamente oculto, insultado y degradado, por las calles de su ciudad de nombre impronunciable por sueca.

Cuando Borges escribió ese cuento, no había sido descubierto el evangelio apócrifo de Judas. El gran hallazgo, divulgado abundantemente por National Geographic hace unos pocos años, era un texto, cuya antigüedad fue calculada como de dos siglos y un poco más después de la fecha supuesta de los acontecimientos que comprometieron al famoso crucificado. Esta cercanía con los hechos presuntos, aparte de su contemporaneidad con los otros evangelios, tanto los reconocidos como los rechazados por la Iglesia, le agregan interés y autenticidad al incunable de esas páginas carcomidas por los milenios, donde se hacía una versión todavía más asombrosa de la traición de traiciones.

Resulta que el Galileo y su discípulo eran de lo más cercanos, cómplices incluso, porque el famoso teocidio, con todo y la escena del beso y la entrega a los captores, según esta versión de la historia, en verdad habría sido tramado, propuesto y exigido por la propia víctima. ¿Cómo es esto posible? Las creencias humanas rebasan la imaginación más disparatada y enloquecida de los fabuladores. Ocurre que en esa época, o sea los dos primeros siglos de la creencia cristiana, pululaban los llamados gnósticos, quienes aseguraban que esta tierra era en realidad la creación de unos dioses torpes y malvados. La estancia en la vida era sólo una preparación para la otra, la verdadera, a la cual deseaba ardientemente pasar Jesús, liberándose del lastre de su cuerpo. Judas fue convencido con irrefutables razones de que entregara a su Maestro por él mismo, quien así le daba su enseñanza más grande a su discípulo más amado.

Es de Thomas De Quincey, el narrador inglés, la versión de Judas que aparece en "Jesucristo Superestrella": la del rebelde e impaciente judío nacionalista que entrega a Jesús para que al fin, en su condición de Mesías, Jefe Militar y Rey, convoque a los ejércitos de ángeles y a todo el pueblo hebreo en su rebelión definitiva y triunfante contra el odiado imperio de los césares. De modo que la traición, incluso aquella que es el arquetipo de todas las demás, tiene sus razones.

Cierto discurso que se presenta como histórico, presenta a Paéz y Santander como los Judas de Bolívar. Es posible que en esta presunta traición hubiera también razones de peso. El Libertador quería, haciendo uso de su dictadura y apoyándose en sectores tan odiosos como la alta jerarquía eclesiástica, exprimir todavía más la exhausta economía de su patria y movilizar hombres hambrientos y agotados, para proseguir un proyecto de proporciones crecientes, interminables, incomprensibles para aquellos jefes guerreros que no habían hecho poca cosa para derrotar al Imperio español y, al fin, disfrutar de una paz que el enloquecido quería impedir para cumplir sus fiebres de grandeza personal. Lo dejaron solo y se dedicaron a continuar la historia de cada una de estas patrias.

Fácil e infantil es distinguir al leal del traidor. Más agudo y profundo es aquel que descubre la traición en la aparente lealtad, el que ve la entrega detrás del discurso de veneración y honor, el que desenmascara al celoso oficiante del culto, que oculta la venta y su culpa tras el aparato de su ostentosa ceremonia de gritos.



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Jesús Puerta


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