Muchas veces… muchas…

Hasta la batalla de Carabobo en 1821, nuestros dioses menores, a pesar de sus disensiones anteriores, parten un confite y comen en el mismo plato. José Antonio Páez es el llanero valiente, sano y desprendido, tan fiel como Sucre a la autoridades del Libertados. Otro tanto pasa con Santander y José María Córdoba, Carlos Soublette y en Almirante Padilla. Todos están mancomunados por el mismo objetivo: la Independencia americana. Pero después de Carabobo comienzan los pleitos, intrigas y traiciones con contra el Padre de la Patria… Asimismo. Si José Antonio Páez, Francisco de Paula y Santander y Flores son, después de Bolívar, los primeros héroes de Venezuela, Colombia y Ecuador, ¿cómo se va a hacer para mantener la armonía de la historiografía oficial si se cuenta todo el mal que le hicieron al Libertador?

Un momento General Bolívar –dijo Páez- Debo recordarle que esos hombres son gente de mi ejército y no del suyo. Los llaneros, encabezaron por (Pedro Camejo, edecán de Páez) que los rodeaban echaran un paso atrás. Este comprendió de inmediato que aunque Páez se había subordinaron a él, su ejército no compartía la decisión de su jefe, aunque hasta entonces le obedecía: "bajo mi mando y con su dirección" expresó la clase de asociación que proponía. Era un aliado formidable para comenzar; pero en modo alguno sería un lugarteniente incondicional, a pesar del aire respetuoso y comedido que simulaba.

Santander y Páez, su mano derecha y su mano izquierda, se odiaban a muerte por razones más personales que políticas. A él Páez no le gusto para nada desde que lo conoció en Cañafístula hacía ya diez años. Páez, ni Santander y menos Santander que Páez: los dos, te la tienen jurada y lo que es peor es que los dos tienen mucho pueblo. Se le palpaba por encima de la ropa su ambición desmedida y su naturaleza pronta a la insubordinación. Páez es tan salvaje como los hombres de su horda, ya que no merecen otro nombre. Es hipócrita y ladino como un sacristán y a hora de asesinar no lo piensa ni por momento, tal como lo con mi jefe, el Coronel Servier, quien le hacía sombra por su mayor talento y experiencia y por guardar en un cofre doblones de oro para proseguir la guerra.

Confiar demasiado en Santander fue mi perdición. Confieso que su talento, porque le sobraban, más su docilidad aparente y su eficacia para cumplir mis órdenes, me deslumbraran, como siempre me deslumbró la inteligencia de los hombres. La experiencia, que yo no tenía entonces, demuestra que, si con bruto ni a misa, no suelen ser muy leales los hombres con ambición y talento. Tan solo he conocido uno, que fuese excepción a esta regla. Se llamaba Antonio José de Sucre.

Por culpa de Páez, fue derrotado en mi campaña de 1818, teniendo que regresar a Angostura con el rabo entre las piernas. Esa fue la primera deserción que hube sufrir de parte. No sería la última. Cuando decidió cruzar los Andes y caer sobre la Nueva Granada en aquella memorable jornada, como ustedes lo saben bien, me dijo que ni de vaina me ayudaría a libertar a los "reinosos", como despectivamente llamaba a los colombianos.

Pedro Camejo ver al murió "Taita" y llego Morillo con su ejército de blancos; hasta de un día, hartos de tanta vaina y averiguadera, cogí mis macundales, como hicieron todos ellos, y nos fuimos a hacer la guerra por nuestras cuenta, hasta que nos topamos con el "Tío José Antonio" que, además de parecerle a Boves, con lo que la guerra a su lado la teníamos asegurada. El "negro edecán" de Páez. ¡Gua!, ¿y por qué no? Todo el mundo va a la guerra buscando algo para su buscando algo para su beneficio y el Taita Boves, además de odiar a los blancos, y eso que era catire como el tío José Antonio, todo cuanto cogía era para nosotros. Fue esta vez Páez quien, sonriente, susurro por lo bajo: Ahí tiene, Libertador, la verdadera razón de por qué estos hombres conmigo. Casi todos ellos sirvieron a Boves. Pedro Camejo, al Libertador. ¿Qué necesidad hay de ir a pelear al otro lado, en un país que no es el nuestro, cuando tenemos todavía tanto pan para rebanar en Venezuela? Conmigo no cuente para esa aventurar…

Negro I, el ladino edecán de Páez, murió a consecuencia de un balazo muy cerca del corazón. Por largo trecho, y en medio de dolorosa agonía, corrió hacia su jefe. Páez al verlo de espaldas al enemigo lo increpo duramente, tildándolo de cobarde: -No huyo Tío- excuso el negro antes de desplomarse. –Vengo a decirle adiós porque estoy muerto.

El Libertador: cruzará Los Andes, (mayo 27, julio 5 de 1819) siguiendo los pasos de uno de sus ante pasados que lo cruzo por el mismo sitio en 1537. Las abras montañosas donde humanamente se puede transitar son pocas. El paso más peligroso, el Páramo de Pisba, a más de tres mil quinientos metros.

Con el agua hasta la cintura avanza El Ejército Libertador, por las tierras bajas de Apure y Casanare:

Tres mil hombres acompañan al Libertador, a través del brumoso y helado Páramo; la nieve paramera mete sus dentelladas en los cuerpos semidesnudos de los hombres de las tierras bajas. El soroche o mal de páramo, que hace mullidos y mortales colchones de la tierra helada. A muchos hay que azotarlos hasta la flagelación para que abandonen aquel sueño de muerte. Muchos se niegan y se quedan para siempre yertos en aquellas tierras heladas. Otros se despeñan con sus caballos por los precipicios. El frío de la montaña cobra más víctimas que las fiebres de los pantanos y las balas del enemigo. Al llegar arriba Bolívar saca cuentas de los tres mil hombres con los que inició el ascenso, han muerto mil ochocientos.

El 10 de agosto de 1819, Bolívar entra triunfante en Santa Fe de Bogotá, capital del Virreinato de la Nueva Granada. Ha cumplido las tres máximas de Napoleón: destruir al ejército enemigo, ocupar su capital y apoderarse del país.

El general margariteño Juan Bautista Arismendi, fue preso por orden del General Urdaneta, y enviado a la fortaleza de Angostura, por varios meses, al oponerse a que quinientos margariteños fuesen reclutados para el ejército del Este.

Allí estuvo hasta que los avances del jefe realista Calzada sobre la capital provisional de la República sembraron el desconcierto y el terror en la ciudad. El vicepresidente Zea, a pesar de representar a Bolívar, jamás le había visto la cara al enemigo y la guarnición de unos mil hombres estaba constituida en buena parte por inválidos de la guerra. Alguien tuvo la ocurrencia: el General Arismendi, preso en la fortaleza, era el hombre providencial. Debería salir de la cárcel y encargarse de la vicepresidencia y también de la defensa de la ciudad. Zea aceptó renunciar. Arismendi apenas salió a la calle, dictó la ley marcial, poniendo en movimiento toda reserva humana capaz de empuñar un arma. El enemigo fue batido. Cesó el terror que pesaba sobre los angostureños. Y el General volvía satisfecho a la sede de su presidencia temporal. Poco antes de marcharse denigró de Bolívar. Luego de su victoria el camino al poder supremo estaba expedito. Se decía que Bolívar había muerto en el paso de Los Andes y también que había caído prisionero de los españoles.

Al llegar a la orilla derecha del Orinoco repicaron alegres las campanas de Angostura al otro lado del río. Sonrió satisfecho el General. El pueblo, su pueblo, lo recibía como un caudillo victorioso. Luego sonaron uno tras otro los veintiún cañonazos con que se saluda al Jefe de Estado.

—Bien, pero muy bien— señaló a sus edecanes.

—Están alegres por su llegada, mi General— afirmó uno de sus lugartenientes.

—La cosa está lista —agregó otro con inflexiones lisonjeras—. Si no le pone ahora la mano al coroto, no sé para cuándo lo va a dejar.

Arismendi guardó silencio sobre sus ambiciones. Para facilitar la situación encomendó a su ejército que fuera pasando al otro lado del río. Él llegaría de último con alguno de sus fieles. Pasaron, sin embargo, una y también dos horas desde que se embarcara el último destacamento.

—No me explico qué pasa —dijo nervioso a su séquito— ¿Por qué tardan tanto?

Chuíto trajo la noticia de tanto festejo y celebración. La recepción no era para Arismendi sino para el General Simón Bolívar, El Libertador, quien había entrado en la mañana triunfante en Angostura luego de vencer a los españoles y apoderarse de la Nueva Granada.

—¡Hijo er diablo! —sólo pudo exclamar el margariteño y con rostro esquinado y su tabaco en la boca se resignó temeroso a cruzar el Orinoco.

Muchas veces, muchas… os habrá sucedido en la vida, andar bajo una nube tormentosa de viento y de nieve, espesísima cuando discurrís por las grandes ideas, sentir sus tinieblas cayendo como un sudario sobre vuestro cerebro, su rayo dando chasquidos como el látigo de la muerte a vuestro lado, y después vencer aquella cuesta, acercaros a la cima, y descubrir el cielo azul sobre vuestras cabezas, el sol resplandeciente reflejándose en el cendal purísimo de la nieve y del otro lado la nube como un vapor indeciso en el iris sobre sus alas. Así vienen a ser estas grandes Ideas. Pero el aire se aclara; la luna se levanta extendiendo sus velos de argentada gasa; las costas se bajan y se dibujan como si fueran un abierto escenario; la menuda arena las dora, y en la arena resaltan las conchas brillantes como fragmentos de ópalo; el agua celeste, ligeramente rizada por las brisas, se conmueve al salto del juguetón delfín y al roce de las ligeras alas de la gaviota: por las hendiduras de los valles la adelfa crece entre las piedras y se abrazan la montaña y la mar; por los límites del horizonte se confunden el cielo y "el Caribe", y al poniente, su gran salto "el Pacifico", mirándose el uno en el otro, devolviéndose mutuamente sus reflejos.

La bella caraqueña Pepita Machado, "Beatrice de Bolívar". Pepita, desde que perdió a su primera mujer dieciocho años atrás, hubiese sido único el unido ser que hubiese quebrantado su voto de permanecer viudo hasta el final de sus días. Por ella, a pesar de todos sus triunfos y laureles, hubiese aceptado "el ser un pacífico alcalde en San Mateo". La muerte de Pepita entenebrece y contamina su imaginación. Ante su presencia se desvanecía la inmensa soledad que lo agobiaba desde sus tiempos de niño. Solamente en ella encontraba reposo el Guerrero. Bolívar la amaba triste y gravemente, sin tener conciencia de sí mismo, y sin que ningún pensamiento impuro penetrara en el paraíso de su alma. El amor equilibra todas las facultades, dulcifica todas las pasiones, da el opio del grato olvido contra la adversidad, y un éxtasis que reduce la vida a un punto, al objeto amado, en el cual se resume el Universo. Ya no importa la duda, porque al menos tenemos una fe. Ya no importan las ingratitudes humanas, porque tenemos al menos una amistad. Ya no hay realidad de la vida que nos asuste, porque se convertirá en paraíso con la presencia de la mujer amada. Ni en la muerte nos va gran cosa con tal que nos encierren a los dos en el mismo sepulcro. Se han confundido dos almas, en su confusión se ha creado un cielo.

 

P.D.

 

—¡Qué bolas tienen los "gringos" de querer comparar a Washington con Bolívar! Aparte la genialidad del Libertador, fue el ejemplo más acabado de abnegación y desprendimiento, y no sólo sacrificó su Inmensa fortuna en aras de la Libertad, sino que rechazó el millón de pesos que le obsequiara el Perú, cuando bordeaba la pobreza. Washington, en cambio, no obstante seguir siendo el terrateniente más rico de Virginia, le pasó al Congreso de USA una cuenta por cuatrocientos mil dólares, por haber conducido su ejército a la victoria.

—Los americanos del Norte nunca han sabido donde están parados; —comenta un venezolano— de ahí la tirantez que siempre ha existido con nosotros los hispanoamericanos. Somos aceite y vinagre. Si Inglaterra es la negación de España y nosotros somos los hijos de los conquistadores españoles, es fatalmente cierto que viviremos eternamente en pugna. Lo que a ellos les gusta a nosotros nos enferma.

—Estados Unidos de Norteamérica, es un mundo gobernado por la mujer —acotó un ecuatoriano—. Las mujeres a la cocina y con sus hijos. Los hombres a la guerra y a la política.

—Es que las mujeres inglesas que vinieron a Norteamérica fueron tan escasas, —opina un español— que subieron indebidamente de valor, por aquello de la oferta y la demanda. Como no hicieron lo que hiciéramos nosotros con las Indias, ya que al parecer les "daban grima", no les quedó más camino que hacerse la "puñeta por varias generaciones". Un país no puede marchar bajo el mandato de ninguna mujer.

—Cómo lo pronosticó aquél cacique, en El Potosí: Vuestra fama seguirá creciendo, "como crecen las sombras cuando el sol declina".

 

¡Gringos Go Home! ¡Pa’fuera tús sucias pezuñas asesinas de la América de Bolívar, de Martí, de Fidel y de Chávez!

 

¡Bolívar y Chávez Viven, la Lucha sigue!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!



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Manuel Taibo


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