Hombres débiles hombres fuertes: las virtudes del desastre

El hombre fuerte

Recorriendo todas estas discusiones que se ha dado alrededor del gobierno de Maduro y la nostalgia del gobierno de Chávez, me viene a la cabeza por las tantas circunstancias en la vida, que existe un dilema nuestro como pueblo que definitivamente no hemos sabido resolver.

Aquí se armó una conflictividad socio-política de tal tamaño, estamos hablando de hace más de veinte años, que solo un sujeto de mucha fuerza podía resolver. Nos referimos a un sujeto colectivo, político, que pueda desde su propia expresión resolver una situación que nos llevaba al borde de la guerra civil, o en mejores palabras a una guerra de clases que desde la guerra federal no ha sido resuelta y sigue viva. La resolución no podía ser un simple tapón a las circunstancias, un pacifismo negociado entre élites, tenía que ser una revolución social que reemprenda el camino que la independencia y la guerra federal habían dejado insolutos, hasta complicarse de manera desastrosa con el advenimiento del petróleo y el esquema: país rico-pueblo pobre.

El desastre de la IV República era tal que solo una alternativa de mucha fuerza, fuera de los arreglos electoreros podía resolver. Y en efecto esa situación se dio alrededor primero de un movimiento popular que acumulaba fuerzas, que era capaz de establecer los conductos necesarios para lo que más adelante se estableció como el proyecto de la V República. Chávez emerge dentro de esas circunstancias y se convierte en el “hombre fuerte”-hijo y más adelante dirigente de acontecimientos que ya no tenían vuelta atrás.

 El “hombre fuerte” no es solo un líder virtuoso, es un “pensamiento fuerte”, una idea madre emancipadora que sostiene los pilares básicos de la liberación material de las clases desposeídas, con capacidad de mando pero absorbido por la dinámica democrático-revolucionaria de masas que rompe las barreras del Estado burgués-liberal, y lo deshace en la medida en que va forjando espacios de poder fuera totalmente de la lógica del sometimiento burocrático-capitalista que obliga el esquema del Estado-nación y todos los microorganismos de dominio que este garantiza.

Y así fue. Según tuvimos conocimiento desde las encuestas emprendidas por el ministerio de planificación que nos tocó dirigir, hasta el 8% de la población hasta hace diez años entró en esa dinámica revolucionaria, lo cual constituía un gigantesco movimiento popular que logró inspirar toda la revuelta nuestramericana de entonces (no es dato electoral es dato protagónico de una multitud actuante y organizada). Se repite el principio: ninguna revolución auténtica puede ser “nacional”, ella se trasciende y va infectando el resto del mundo.

Sin embargo, romper asientos de dominio centenarios históricamente y a la vez globalizados por la expansión propia e infinita de la “destrucción creativa” del modelo explotador capitalista, no es algo que el solo hecho político garantiza. La matriz político-cultural que brota en esa democracia de la calle y su pasión revolucionaria necesitaba atacar estructuralmente las razones del dominio. Apenas se asomaron los primeros intentos para ello con las leyes habilitantes del año 2001 estalló una brutal contrarrevolución.

Era por supuesto el momento de dar la batalla final y terminar de quebrarles todo el umbral propietario y político de su dominio: su Estado, sus monopolios, sus roscas financieras parasitarias, sus sistemas de explotación de toda la cadena productiva de la tierra y la industria, y convocar al resto de Nuestramérica a la revolución social independentista que logre debilitar y con ello negociar en las mejores condiciones, con la máquina expansiva capitalista mundial. Incapaz de guerrear con un movimiento protagonizado por millones de seres, y si lo hubiese hecho estaba perdido (más allá del personaje, recodemos las palabras del general Baduel en ese entonces: “si nos atacan responderemos con una guerrilla de un millón de hombres y mujeres”). Era la tarea bolivariana necesaria, perfectamente posible construidas las condiciones subjetivas para ello.

Pero hay algo en este caso que deshace la posibilidad. No entremos en todas las justificaciones y limitaciones, una tras otra siempre las mismas: “no hay posibilidad de ser libres, no están dadas las condiciones, mañana quizás”,  que siempre hacen parte de la cabronería reformista. Tomemos un dato clave a nuestras sociedades, que se sostiene en el trasfondo religioso y el sostén adulante del autoritarismo que supone y que tanto daño nos sigue haciendo.

Toda situación social violenta crea miedos naturales, mucho más si se trata de una confrontación revolucionaria. Y no hay duda que en ese entonces particularmente el día clave del 13 de Abril, un movimiento implosivo se internó como un virus al interno de una multitud eufórica y movilizada. Vivido personalmente en el momento en que apuntaron las primeras iniciativas de tomar todas las instituciones de Estado y avanzar sobre el resto de Caracas, esa multitud empezó a gritar “¡no a la violencia!”. Miedo masivo que esperaba el “hombre fuerte” y su palabra. Sabemos cuáles fueron las palabras de Chávez frente al crucifijo. Pero esto no solo desarmó circunstancialmente la masa movilizada, fortalece exponencialmente el patrón religioso de la adulancia al “hombre fuerte” y de ser un líder, o un caudillo como se quiera, se convierte en un ídolo, en idolatría. Momento perfecto para que toda la contrarrevolución interna al proceso respirara

Esto no fue solo un hecho que solo afectó a una relación de liderazgo, tuvo una consecuencia que se ha hecho cada vez más terrible en la medida en que han pasado los años. La entrevista que se hace a Giordani desde el portal de contrapunto, es demasiado clara en ese sentido. El “hombre fuerte” ahora idolatrado fue la puerta para convertir al Estado en un redistribuidor de la renta (“Chávez redistribuyó la renta petrolera”, allí está su gran contribución, dice Giordani), es decir en una máquina que redistribuye, clienteliza, vuelve pasiva toda la masa organizada, vuelve totalmente parasitaria ya no solo a la burguesía sino a toda la sociedad y en particular el movimiento popular. Gestiona con el patrón rentístico el capitalismo.

¿Quién redistribuye?, lo que dice Giordani: Chávez. ¿Quién es Chávez?, ya no el hombre fuerte de una revolución indetenible, es el Estado rentista, que ahora consuela a las masas, les da de comer, les brinda un poco más de educación, salud y seguridad social, sin cambiar nada las estructuras de dominio, y más bien fortaleciendo de nuevo el Estado que se ha podido deshacer, “Chávez es el pueblo”.  Y lo más curioso esto se hace mientras el “hombre fuerte” uno tras otro discurso está hablando de todo lo contrario, radicaliza cada vez más sus posiciones ideológicas, se pone al borde de un socialismo profundo y libertario. Pero las cartas estaban echadas. La máquina de Estado, sus ministros y gama interminable de representantes y mandos regionales, sus claves comunicacionales -hasta hoy- disuelven toda esa aventura discursiva del “hombre fuerte”, y dicen en coro: “Chávez te da, adóralo”. Debilitan así todas las fortalezas reales que no son del “hombre fuerte” sino del pueblo en lucha, mientras van creando las bases de la más majestuosa corrupción y conversión de los dirigentes en grandes magnates a la par de nuestros preciosos oligarcas.

El hombre débil

Se muere Chávez, circunstancia frente a la cual no contaba aunque comentaba frecuentemente. Chávez fue simbólicamente un hombre capaz y decidido, un gran líder de masas, un esquizo maravilloso que le rompió todos los parámetros culturales a la “gobernanza” de etiqueta, sin duda, pero también nos dejó con su muerte todas sus inmensas debilidades. En el momento en que había que acabar con la casta opresora de siempre no se decidió, y en el momento en que sabía de su muerte no fue capaz de remover por completo la basura corrupta y oportunista que lo rodeaba y lo sabía muy bien; lo que hizo fue ratificarla en el “después” de si ida. Consecuencia: deja un hombre tremendamente débil en la presidencia, aunque los escuálidos prosiguen en su fanfarronería del “dictador”, y eso hace mella comunicacional, lo cierto es que Nicolás está allí para mediar intereses consagrados, militares y civiles, hombres y mujeres de lino que apestan su desvergonzada condición de nuevos burgueses desatando todas las formas del chantaje, la amenaza y la muerte a las resistencias populares que se le alzan para conservar sus poderes. Derivado del hecho: el desmantelamiento de la revolución popular bolivariana que ya tenía varios años avanzando desde que se destrozó desde el interno de los laberintos de gobierno todo el plan de soberanía tecnológica y alimentaria, de quiebre de la dependencia y el festín alienante cultural, ahora se acelera de manera bárbara, hasta llevarnos a una encrucijada donde el “gobierno de riquitos” solo le permite a una casta de tenedores de dólares sobrevivir a sus anchas en esta situación mientras toda la población tenedora de simples e inútiles bolívares fruto de su trabajo, somos todos los días más pobres y culturalmente y organizativamente quebrados (una minoría de mayorías sobrevive con el bachaqueo, me refiero a la última cola del gran bachaqueo que se entrelaza entre fedecámaras, la asociación bancaria y el BCV, agencias de divisas cualquiera que sea su nombre y PDVSA, porque no le queda salida, y sin consecuencia de nada, o sin alternativa produce la gran paradoja de nuestra era: el pobre explotando al pobre).

Por supuesto que toda la estrategia mediática está montada sobre dos premisas: el gobierno bolivariano sigue siendo fuerte porque es una creación del caudillo y porque aparenta hablarle duro al imperialismo, a la burguesía y todos los enemigos simbólicos de la felicidad. Paja, somos como nunca un país terriblemente débil y de una dirigencia correspondiente a esta debilidad de lado y lado del teatro político de la democracia burguesa: gobierno-oposición. Pero más allá de élites y políticos que por todos lados del mundo igualmente apestan, somos un pueblo que de haber sido realmente fuerte y capaz nos han desplomado, lo han podido hacer porque aún somos religiosos, creyentes en aquello que está fuera de nosotros, una fuerza trascendental que nos determina, y no terminamos de creer no solo en nosotros mismos, tan bonita como fea haya sido nuestra historia, pero ubicados en el cuerpo y razón que es nuestro único ser posible, que nada tiene que ver con predestinaciones impuestas por las deidades: somos lo que estamos dispuestos a ser y ya.

En definitiva, la fortaleza y la debilidad de los líderes, es correspondiente a la capacidad que haya demostrado el pueblo en lucha de hacerlos obedecer. Y ella ha sido mínima, la cruz y la promesa aún nos agotan por completo. Y por otro lado, estando en una situación donde hasta el Instituto de Estudios Estratégicos de la Fuerza Armada de los EEUU, se da el lujo de prever situaciones de implosión y violencia inevitable en Venezuela  -hay cuidado que estas ratas a lo mejor tengan razón-, y cuidado y sus intereses sean el patrón detrás de un juego.

¿Qué virtud última puede tener todo esto?  Si desde Bolívar hasta hoy no hay otra cosa que nos ponga a valer que las situaciones límites, pues primero convenzámonos que estamos en ella, que el abismo es perfectamente posible a unos niveles tales deterioro donde poco a poco estos dueños del circo mundial nos pueden forzar a convertirnos en la primera Siria de América. Las resultantes de un “hombre débil” en la presidencia, y mucho más hondo, la falta de credibilidad en nosotros mismos como pueblo, ha permitido que una violencia indetenible nos rodee y lleve adelante el cerco estratégico que en estos momentos están avanzando sobre las principales ciudades, particularmente Caracas a través de bandas armadas y paramilitarismo, venido de fuera y de dentro del poder constituido.

Luego palpemos que de todas empiezan a gestarse proceso de Gobierno Popular  a nivel de producción y comunicación fundamentalmente que no tienen incidencia masiva alguna pero corresponden a los frutos de un esfuerzo noble de algo que podría aproximarse en este deterioro al 5% de la población. Allí hay un derrotero sin dioses ni caudillos, que empieza a fraguar su camino, provocar capacidad productiva y autogobernante, distribuir alimentos, crear circunstancias resistentes insólitas, quizás algunas capacidades de defensa. Ya hemos hablado mucho de esto, pero ante el pavoroso tiempo de descomposición que se acelera, es importante dar todo el apoyo que se merecen porque ese es el pueblo en lucha. ¿Hay alguna otra solución?, ¿vamos a la huelga general y la insurrección?, posiblemente, pero allí en ese movimiento obrero y comunero salpica la esperanza que nos queda. Se acabaron los “hombres fuertes”, la semilla o será colectiva, dura y fraternal o nos jodimos.



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Roland Denis

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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