La patria es una mujer


A mediados de junio de 1827,el Libertadorse embarcó en La Guaira hacia Cartagena. Sabía que era su última visita a Caracas. Así lo comunicó al ver, desde el mar, el Ávilaen lontananza. Iba profundamente melancólico. Su ciudad natal ya no era la misma que dejó seis años atrás, cuando entró triunfante después de Carabobo. Por eso le dijo al Marqués del Toro al despedirse: “Marqués, el Ávila y tú son los únicos que no han cambiado”.
A ratos se desliza, como hace ese día, con los recuerdos que le dejó su querida novia, Pepita Machado, la hermosa caraqueña que hizo suya a los pocos días de entrar triunfante en Caracas en 1813 y otorgársele el título de Libertador. Con Pepita, la relación, aunque incendiada siempre de profundas ganas, era diferente. Ante su presencia se desvanecía la inmensa soledad que lo agobiaba desde sus tiempos de niño. Su presencia lo reconfortaba y le daba tal plenitud en su visión de las posibilidades, que era capaz, como lo demostró dos veces en la expedición de los Cayos, de hacer toda clase de locuras, sin importarle lo que pudiera suceder por anteponer el embeleso por verla a su responsabilidad.Pepita, desde que perdió a su primera mujer dieciocho meses atrás, hubiese sido el único ser que hubiese quebrantado su voto de permanecer viudo hasta el final de sus días. Por ella, a pesar de todos sus triunfos y laureles, hubiese aceptado “el ser un pacífico alcalde en San Mateo”.¿Quién sabe sí, preso en aquel amor, detenido en el encanto de una pasión serena, sin las tempestades que lo asaltaron, sin las dudas que lo persiguieron, hubiera sido El Libertador de pueblos?
En los primeros años necesitamos una madre. Pero en los segundos, en la época de la juventud, necesitamos una mujer a quien amar castamente para no perdernos. La Patria no es la Bacante que imaginan los reaccionarios del mundo, sino la fiel esposa de austera virtud y de casta fecundidad. Podemos padecer, pelear, por ella, seguros de que los siglos por venir recogerán el fruto de todos estos sacrificios. Pero los odios conjurados contra Bolívar le forzaron a dejar la Patria. Aquella separación de Bolívar no fue un viaje, fue un destierro. El mismo nos dice que salía de la Patria triste como Adán del Paraíso.

—Cuando nuestra patria nos cree incompatible con su reposo, con sus instituciones o con sus creencias, no hay más remedio que abandonarla, aunque abandonemos con ella la mitad de la vida. Por todas partes hay aire, pero no es aquel aire que ha recogido los suspiros del primer amor. Todas las naciones tienen hogares que ofrecernos, pero ninguno es el hogar donde habíamos recibido la bendición de nuestra madre.
—El cielo es grande y se extiende por todo el universo, pero no es el cielo bajo el cual soñamos con nuestras esperanzas muertas en flor, y fuimos felices con las recientes ilusiones. Toda la tierra puede ocultar nuestro cadáver; pero ¡hay!nuestros huesos estarán más solitarios en la tierra impía que no tenga también los huesos de nuestros padres.
—Morir en tierra extranjera es el mayor de los castigos. No en vano hemos nacido en un país. Tenemos de su suelo un jugo semejante al que recoge de la tierra la raíz del árbol; tenemos de su cielo un beso inmortal en la frente. Nuestro corazón está amasado de aquella arcilla. Nuestras ideas se confunden casi con las palabras que la Patria ha puesto en nuestros labios. El destierro concluye por convertirse en una enfermedad mortal del corazón. Deseamos, anhelamos marchar entre gentes con las cuales tenemos esa comunidad de origen, de sangre, de lenguaje, de vida, que constituye el ser de nuestra patria, dilatación de nuestro propio ser. Y después de haber visto nuestra Patria adoptiva, las ciudades más célebres, los monumentos más sublimes; después de haber tratado a los ciudadanos más ilustres; volvemos tristemente los ojos allá al lejano país donde tuvimos la cuna, y resumimos todas nuestras ambiciones, por tener hoy entre nuestra familia y nuestros amigos un hogar, y mañana en la tierra de nuestros padres una sepultura.
—El amor, sólo el amor podía haber creado un nuevo mundo de felicidad y de esperanza. Pero el amor más intenso de nuestra vida, el primer amor verdaderamente grave de nuestro corazón, se muere el que acaso fuera su eterna felicidad. El corazón solitario, sólo engendra serpientes, como el desierto. Nadie se cura de nuestra vida ni se interesa por nuestra suerte. Los más bellos pensamientos caen por su propio peso en el abismo del alma, pues no tenemos a quien comunicarlos, y la hieren y la destrozan. Podemos salir cuando queramos de nuestra casa sin que nadie nos detenga y volver sin que nadie nos aguarde. Como la salud es nuestra solamente, la exponemos al primer peligro, la jugamos a la primera carta. Como la muerte ha de herir un corazón solitario, la aguardamos indiferentes. No tenemos con quien compartir ni penas ni alegrías. El alma que, partida en dos, se agranda hasta lo infinito, en el egoísmo se encoge y seca a la manera de esas frutas caídas verdes del árbol.
—Cuando las fuertes emociones de un corazón varonil, cuando las rudezas de un carácter que ha peleado mucho por darle libertad a los pueblos, no están por la sonrisa de una mujer querida templados, toman algo de salvaje, como los campos abandonados del cultivo. Después de una tempestad, no hay calma; después de la noche no hay aurora; después de la duda, no hay fe; despuésdel dolor no hay consuelo. Una vida sin amor es un cielo sin astros.
Todosmetraicionaron,mevolvieronlaespalda.¡AmarlaPatriaynoseramado! ¿Concebísmayortormento?

¡BolívaryChávezViven,laLuchasigue!
¡Independencia y Patria Socialista!
¡ViviremosyVenceremos!


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Manuel Taibo


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