El llanto de un hombre frente al espejo

Ya no aguanto más, esperaba que alguien dijera algo, pero pasa el tiempo y nada, y eso preocupa, porque seguimos llorando, duro, muy duro, con lágrimas abundantes llenas de dolor no sólo en el alma por esta guerra económica que no acaba de terminar, sino también en la carne; es un dolor en el que uno siente puyadas intensas, tan intensas, que pareciera que nos traspasan la piel con clavos calientes que nos perforan la cara al rojo vivo hasta el infinito.

Escucho a la gente decir que no hay leche, veo a padres de familia en las colas de las tiendas cuando llegan los pañales desechables, veo el corre y corre de las amas de casa buscando el pollo que quieren poner a cien bolívares el kilo y no se encuentra, veo a la gente buscando jabón, detergentes, en fin..., pero nadie dice que no hay prestobarbas de las buenas, de las que tienen tres hojillas, de esas en las que sí a la primera se le pasa las otras dos la repasan. Todo el mundo hace silencio en torno de la falta de este importante artículo. Ni las mujeres que son tan combativas se quejan… ¿Será porque a ellas no les salen pelos gruesos en el bozo?

Es terrible. Cuando los hombres llegan a las tiendas les meten por los ojos unas maquinitas que no cortan a ras como las otras, sino que halan pelo por pelo. Hay unas amarillas que en lugar de hojillas, parecieran tener pinzas, son en definitiva, una guarimba silenciosa en contra de los varones de vellos en la cara y gustan de afeitarse.

Ah y no se confundan, se los digo para que no les ocurra lo que a mí. Llegué a un local y vi un lote de prestobarbas negras colgando en un armario y le pregunto por la calidad del producto a la vendedora, una muchacha hermosa de mirada extraña con una sonrisa que a veces parecía espontánea y otra fingida como para agradar a la fastidiosa clientela, y me aseguró sin vacilar que eran de las buenas mientras ampliaba su risa leve con gozo y satisfacción. Yo no entendí nada y ni hice el menor esfuerzo por entender.

Pero cuando la bella chica salió a bajar una prestobarba negra para mostrármela, una señora que tenía al lado esperando el turno para comprar me dijo con actitud compasiva: "Ay señor, mi marido da gritos cuando se pasa esa maquinita por la cara".

Vuelvo a consultarle a la linda vendedora y me respondió: "son buenas, te acordarás de mí", y le creí aun sabiendo que podía ser mentira, como en efecto fue, lloré como un bebé sin leche a la hora del tetero cuando me pasaba la prestobarba negra por la cara, y entonces me enteré de que las había de varios colores, pero en esencia son iguales: malas hasta más no poder. Así que no se confundan.

Después vi a la vendedora, le hice la advertencia y se comportó peor: no rio sino que me lanzó una estruendosa carcajada en el rostro y me dijo: "en este mundo hay que sensibilizar a los hombres sin excepción, que sientan como nos duele a las mujeres la piel, la cara, el alma, cuando nos pegan de manera brutal y cobarde, como si tuvieran el derecho de castigarnos, y no veas en eso una venganza de mí parte, tómalo como una lección de hombría por parte de las damas que exigen respeto. "Arriba la Ley del Derecho de la Mujer a Vida Libre de Violencia" arengó y se marchó dejándome con la palabra en la boca, sin la más mínima posibilidad de defenderme, de decirle si quiera que yo no he castigado a las mujeres ni en el amor, porque siempre que me ha tocado enfrentarlas en ese terreno, soy yo quien termina con el corazón roto, y lloro frente al espejo como cuando me rasuro con una afeitadora amarilla, negra, azul o cualquiera de esas de mala calidad.



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Alberto Morán


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