Tenemos un Sur

Los colectivos

Quizás el mayor triunfo en la actual batalla entre la institucionalidad revolucionaria y las hordas fascistas, además de desnudar el odio y la cobardía de quienes demostraron su desprecio por la vida, por el bienestar de los venezolanos y por la naturaleza, sea que la parte opositora, cuantitativamente muy importante, haya hallado a los colectivos, y tenido que reconocer su existencia, así fuera con el propósito de satanizarlos. La sociedad no es una mera suma de individuos aislados sino más bien el conjunto de colectividades por medio de los cuales los seres humanos nos organizamos para producir, estudiar, prestarnos servicios, hacer deporte, disfrutar de la música y el baile, ejercer la política, etc.

Es grato pensar que el número de las organizaciones sociales se incrementa al ritmo de este proceso revolucionario, redundancia esta sin la cual no habría revolución, pues para ella son imprescindibles las organizaciones populares y no tiene sentido que el pueblo se organice si no es para empoderarse en lo económico, en lo cultural, en lo político.

Los consejos comunales y el colectivo que los engloba, la comuna, son las formas fundamentales de organización por medio de los cuales se concreta la revolución bolivariana. No podemos negar la existencia de una burocracia que por turbiedad ideológica o ceguera institucional, ha dejado mala impronta en los organismos creados precisamente con la misión de estimular y fortalecer la formación del poder popular, pues en la práctica se ha limitado a repetir consignas, clichés, franelas, gorras y el torpedear la configuración de las incipientes estructuras protosocialistas. Por esto nos agrada ver como, bajo el gobierno del presidente obrero e Iturriza al frente de la parte oficial, las organizaciones naturales son tomadas más en cuenta a la hora de diseños y planificación de políticas, desplegándose por todo el país un aura de democracia popular.

El colectivo mayor del proceso bolivariano se llama Chávez, pues todos nos convertimos en él en el momento de su consumación, por lo que en Venezuela habrá revolución mientras dure esta llama sagrada, esta fuerza moral e ideológica que la dirección político militar, en la cúspide organizativa, visible en el mundo entero, tiene el santo deber de alimentar y multiplicar. Tenemos el grandísimo reto, ante el chantaje imperial de lo uno o lo otro, de preservar nuestros recursos y la paz, por lo que la dirección de la revolución debe contar con la más amplia gama de jugadas tácticas para superar los actuales escollos sin limitarse a manuales o recetas; que no se nos olvide que somos un país vanguardia.

Nos nutrimos de una de nuestras raíces, la robinsoniana, que nos ordena inventar. No podemos cerrarnos a dogmas ni estereotipos preestablecidos en la conformación de nuestro modo de producción. Avancemos en las distintas formas organizativas, bordeando las dificultades, sin temerle a ningún tipo de colectivo productivo, sea privado, público, comunal o mixto, aprovechando las sinergias y/o simbiosis que se presentan, sin prejuicios (eso sí: teniendo al Plan de la Patria como guía, producto de una práctica de catorce años, legado del Comandante Supremo y que representa su diseño más acabado y holístico), para incrementar a corto plazo la producción de bienes sin descuidar la conservación de nuestro ambiente.

De la raíz bolivariana que nutre la ideología de nuestros colectivos chavistas, nos guía el pensamiento que nos impulsa a buscar la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política, cuestiones que sólo hemos podido lograr en una nación independiente. La resistencia al cambio de la élite norteamericana les impide ver esta realidad y actúan como si todavía fuéramos una de sus neocolonias, contando con el apoyo a su anacrónica visión de los lacayos traidores mercenarios o embobados por medio de la guerra de cuarta generación con la que pretenden hacernos retroceder la historia; aunque sí consiguen arremeter contra nuestra estabilidad política manteniéndonos en la constante amenaza del golpe de estado. Con el trabajo internacional y regional el Comandante fortificó en gran medida nuestra estabilidad, pero debilidades en las políticas hacia las capas medias dejan abiertas brechas por donde permean los intereses del imperio.

Esperamos que las mesas de paz se conviertan en colectivos donde se blinde la unidad nacional al entender todos los sectores sociales que nunca podremos estar mejor que con nosotros mismos y que, veámonos en el espejo reciente de Yugoeslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria y Ucrania, nunca la bota imperial podrá darnos la felicidad y seguridad a las que tenemos derecho.



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Oscar Pérez Cristancho


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