Guerra económica y violencia social en Venezuela

Cuando yo era estudiante en Mérida, conocí a alguien en la Universidad llamado William que estaba estudiando medicina y dejó los estudios porque no tenía cómo costeárselos, pero al poco tiempo me lo encontré y me dijo que le iba de lo mejor: estaba por comprarse una casa y tenía un auto nuevo, salía con bellas chicas y tenía dinero de sobra. Por supuesto, ya no le interesaba la medicina. Le pregunté a William cómo se las había ingeniado para hacer tanto dinero en tan poco tiempo. Me contestó: soy intermediario. Se había comprado un camioncito, que manejaba él mismo hacia la frontera con Colombia desde el Táchira, llevaba quesos y lácteos y los revendía en Colombia a precios altos, con lo cual ganaba más que los productores y los dueños de los abastos.

El año pasado mi camioneta se dañó, pues me la vendieron con el motor defectuoso (primera estafa), y debí comprar otro motor usado por un alto precio, pues su verdadero costo se reveló cuando el presidente Maduro ordenó el estatus de precios razonables. Me lo habían vendido al doble (segunda estafa), incluyendo los demás repuestos del automóvil que se requirieron para ser armado en su totalidad (tercera estafa). Eso, durante el año 2013, culminó con un aumento en todos los electrodomésticos y alimentos vendiéndose con ganancias de hasta un mil por ciento. Cuando se descubren los sobreprecios a nivel nacional, se cierran negocios o se detienen comerciantes (mal llamados “empresarios”), la gran mayoría de venezolanos aprueba las medidas del presidente Maduro; los otros, los opositores y los alienados por el consumo, hacen colas en establecimientos para llevarse tres o cuatro televisores cada uno, para luego revenderlos al triple. La mayoría de estos establecimientos compran –como todos saben— esos insumos con divisas preferenciales emitidas por el gobierno nacional. Apenas el presidente Maduro anunció un aumento salarial en diciembre, los comerciantes volvieron por sus fueros y aumentaron los precios en un diez por ciento.

La guerra sigue. Es una batalla campal económica que tiene un claro objetivo ideológico: el de hacernos ver como un país fracasado, invivible o insostenible. En realidad, es una guerra política que se ha librado a través de un forcejeo mediático; por eso en nuestro país ya se agotaron las medias tintas y los eufemismos: no se trata de una oposición política seria o de unos naturales adversarios ideológicos: se trata de una guerra declarada que ha deteriorado al país a través de su signo o más traumático: el de la violencia y el odio. Los adversarios políticos se niegan sistemáticamente a reconocer la voluntad popular de una mayoría, y quieren a toda costa destronarla por vías de la incitación social de los estudiantes y trabajadores; una incitación que no es una rebelión estudiantil real, sino una invitación a la violencia, a quemar edificios, romper pancartas (con lo cual se ha logrado ya una víctima mortal por un accidente de electrocución a un joven iracundo); de nuevo algunos “líderes” como Leopoldo López vuelven a lanzarse a las calles a hacer arengas para llevar a grupos de jóvenes, estudiantes o fanáticos violentos a hacer tomas de espacios públicos o realizar marchas ilegales, con lo cual desean lograr que se tambalee el gobierno legítimo de Nicolás Maduro.

Con al acaparamiento y el contrabando de productos por las fronteras de los estados Táchira y Zulia (hacia Colombia principalmente) y un sabotaje mediático permanente, se acelera de modo automático una violencia interna que acelera la delincuencia, la cual, azuzada por el uso de la droga, llena a nuestras ciudades y carreteras de delincuentes, quienes han producido crímenes horrendos como el de la actriz Mónica Spear y su esposo, un crimen ciertamente deleznable si tenemos en cuenta que se trataba de una de las figuras dramáticas más queridas de nuestro país, y trajo como consecuencia el colapso sentimental de muchos de los que admirábamos a esta bella actriz, siendo ella dueña de una ternura, juventud y brillantez notables. Inmediatamente después del crimen, los medios televisivos e impresos se encargaron de montar con esta triste noticia los respectivos shows, espectáculos de índole perversa donde, entre otras cosas, entrevistaron al padre de la actriz para mostrar su dolor y así ganar rating y ofrecer el deprimente espectáculo patético que correspondía, con acusaciones veladas donde se hacía responsable del hecho al gobierno actual.

Todas estas incidencias han terminado por componer un nuevo campo de enfrentamientos políticos, donde el único perdedor es el pueblo, al que se intenta desmoralizar y llenar de zozobra, inseguridad y precariedad económica. Es por ello que debemos ser enérgicos para enfrentar esta nueva lucha contra toda esta manipulación, para no dejar decaer todo ese ideal fundado en la convivencia social sembrado por Hugo Chávez y muchos otros luchadores socialistas de nuestro país, con quienes tenemos la responsabilidad de enrumbar a Venezuela hacia un destino mejor, radicalmente diferente al de la deshumanización capitalista.

gjimenezeman@gmail.com


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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

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