Es interesante observar cómo algunas naciones se las arreglan para posicionar determinadas imágenes o conceptos en el dominio público. Buena parte de ellas lo logran, primero, forjando constructos culturales con la intención de imponer a cualquier costo conceptos, ideas o imágenes que les permitan manejar entornos, haciéndose pasar como culturas superiores o avanzadas, mientras relegan a otras a segundos o terceros planos. En esto, la cultura occidental es muy diestra: sus símbolos e imágenes de progreso han sido calculados para que les ubiquemos en pedestales de arte o civilización. De hecho, en los últimos seis siglos la cultura europea ha logrado imponer sus símbolos históricos, haciéndolos pasar como referentes principales de progreso mundial. Sin embargo, mucho antes, a partir de la caída del Imperio Romano y luego de las Cruzadas francesas de Carlomagno en los ochocientos, desembocando luego en las guerras napoleónicas a principios del siglo XIX, la cultura europea comenzó a presentar severas fracturas en su interior, e instituciones poderosas como la Iglesia dieron muestra de un marcado retroceso como instituciones.
Primero, los gobiernos europeos, en los siglos dieciséis y diecisiete, presentaron contradicciones internas que les obligaron a enfrentarse entre ellos o, en el mejor de los casos, a negociar productos en desventaja o unirse en matrimonio jóvenes monarcas de países distintos a fin de evitar sus propios desmoronamientos internos, producidos casi todos por permanentes crisis económicas o comerciales, que les obligaron a mejorar sus tecnologías navales y armamentistas para tratar así de conquistar nuevos territorios, como es el caso de España cuando emprende el proyecto del "Descubrimiento" de América y sus embarcaciones se dirigen a las Indias Occidentales. En estos siglos catorce y quince, Francia, Inglaterra y España comienzan a reñir entre ellas por detentar tal poder territorial en ultramar: los ingleses fundan Norteamérica y los españoles el sur de América, mientras los portugueses entraban sigilosamente en Brasil con menor resistencia, presentando, en los primeros casos, una resistencia indígena convertida en ocasiones en verdadera carnicería humana. Al intentar de nuevo hacerlo durante el siglo diecinueve, se encuentran con incipientes sociedades criollas lideradas por hombres ilustrados como George Washington, Simón Bolívar, José Gervasio Artigas, José de San Martin, José Joaquín José de Silva Xavier o Arturo Pret Chacón, asumiendo la defensa y dirigencia en sus respectivos países.
Sin embargo, cronológicamente hablando, fue George Washington uno de los primeros en reaccionar en la defensa del norte de América: Estados Unidos se presenta desde entonces como país de avanzada dentro de las luchas políticas de América. Poco después, en el mismo siglo diecinueve, surge la figura de Abraham Lincoln y con ella una nueva etapa en la historia de ese país, revelando intereses nobles, más amplios y complejos, cuando aspira y plantea el fin de la esclavitud. Primero, está el asunto del racismo perpetrado por blancos en contra de tribus (o más bien naciones) originarias de América del Norte, y un racismo elemental ejercido contra grupos de africanos (tal ocurrió también en Colombia y Venezuela) por parte de blancos caucásicos y europeos que pretendían adueñarse de casi todas las tierras, satanizando inmediatamente a los indios como razas inferiores, cuestión que lograron, primero, escribiendo una historia sesgada desde los centros de poder, y luego creando los debidos arquetipos culturales para el siglo XX.
Los historiadores coinciden que el basamento ideológico de Estados Unidos en el siglo diecinueve es sustentado por la llamada Doctrina Monroe, atribuida al Presidente James Monroe y redactada por el Secretario de Estado de entonces, John Adams, cuando en 1823 se refiere al Estado de la Unión ante el Congreso de los Estados Unidos, y las colonias españolas de América estaban cerca de lograr la Independencia. Según Monroe, estas colonias seguían siendo esferas de influencia y los esfuerzos de las potencias europeas para intentar separarlas se considerarían una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, quien reconocía y no interfería con las colonias existentes ni se entrometería en los asuntos internos de los países europeos. Al principio todo iba bien, pero luego cuando Inglaterra pretendió imponer a través de esta doctrina la llamada Pax Británica en el siglo XX, Estados Unidos aplicó la doctrina Monroe a su política exterior, y sus principios fueron invocados también en el pasado siglo para justificar sus guerras.
Esta doctrina viene antecedida por otra doctrina: el Calvinismo. Según ésta doctrina de la predestinación, esgrimida por el reformador Jean Calvin en el siglo dieciséis, Dios ha escogido a ciertas personas para salvarlas antes de crear al mundo y a otras no, un concepto conocido como Doble Predestinación. También sostiene Calvino, que Dios seleccionó a ciertas naciones para hacerlas libres y a otras no, asociando así la idea de Dios con la idea de Estado, y ello le vino muy bien a Estados Unidos para continuar su labor redentora y política en América; de este modo, el Calvinismo y el Monroísmo, al juntarse, han funcionado muy bien para los intereses de Estados Unidos, agregándose a otra nueva tendencia en el siglo XX: el Supremacismo, alimentado por ideas de superioridad blanca y masculina que han sumido a muchos ciudadanos norteamericanos en una suerte de droga ideológica basada en el lema: "País de las oportunidades" o "In God We Trust", país convertido a estas alturas del siglo XXI (2026) en un caos direccionado por el presidente del Partido Republicano, el señor Trump, perteneciente a una casta de magnates.
Pero sigamos con el examen de los medios ideológicos en EEUU, país que, a través de la industria del cine, ha perfeccionado sus técnicas fílmicas fundando estudios que derivarían en lo que hoy conocemos con el nombre de Hollywood. Promocionan, por ejemplo, la imagen del pistolero autosuficiente del lejano oeste y de la fiebre del oro, en producciones donde se maneja el consabido esquema de un solitario pueblo en cualquier parte del oeste (Arizona, California, Colorado, Idaho, Montana, Nevada, Oregon, Utah, Wyoming o Washington) organizado bajo una estructura narrativa que puede ser: un sheriff con una oficina y su respectiva cárcel; un Banco local objeto permanente de asaltos de bandoleros; un terrateniente y su familia de hijos atropelladores que hacen negocios con quienes deseen por encima de la ley; una pandilla de asaltantes o un caza fortunas; unos indios que han sido víctimas de violaciones y ultrajes y desean vengarse; un Saloon donde la mitad del bar se emborracha, juegan cartas, riñen, se acuestan con chicas o se caen a tiros; una viuda joven viviendo son su hijito huérfano que espera la llegada de un hombre bueno y apuesto; ese héroe anónimo llega al pueblo y se enfrenta a cualquiera de los demás personajes, esquema que no deja de proporcionar infinitas tramas para las historias.
Esta aparente simplicidad de los argumentos oculta turbios mensajes ideológicos racistas o supremacistas, cuando la ley del revólver se impone mas allá de la ley de un Estado guardián, en este caso el gobierno de los Estados Unidos de América.
En general, Hollywood ha servido, entre otras cosas, como vehículo para entronizar a otros mitos posteriores, como el mito del gánster del siglo XX que hace negocios de contrabandista de alcohol o de narcóticos, pudiendo derivar en narcotraficante hiper poderoso; después el arquetipo del detective privado que asume la responsabilidad de descubrir un crimen que la policía por sí sola no puede hacer, debido a su ineficaz burocracia; un cuerpo policial que apenas puede pescar ladronzuelos que trabajan para una mafia gigantesca. En fin, el cine sirve a cualquiera de los intereses fraguados por el sistema, de acuerdo a determinados intereses. En este sentido, la producción de películas continúa siendo copiosa.
Entre el siglo diecinueve y el veinte, las películas ideológicas han campeado en Hollywood, ayudando a acuñar símbolos de la industria moderna: armas de fuego, barcos, aviones, drones, misiles, bombas letales: toda una galería de imágenes de poder funcionando a la vez, para posicionar determinados "valores" de dominio o supremacismo cultural: EEUU salvador o policía del mundo, tal la Libertad encarnada en una estatua cedida por Francia a EEUU con motivo de celebrarse su Independencia en 1886, y usada como símbolo de poder ofrecido a los visitantes del país como "tierra de promisión", nación cuna de oportunidades. Pero tal libertad no es tan completa: todos los visitantes o emigrantes que allí arriben deben adaptarse al American Way of Life, al modo norteamericano de vida donde se conjugan propiedades, dinero, poder adquisitivo, reconocimiento personal, fama, prestigio, respetabilidad, honor y por qué no, también la posibilidad de convertirte en magnate.
Al fundar EEUU un espacio social de tal dimensión y naturaleza, los individuos pueden llegar a sentirse también superiores a sus semejantes, llegando a optar por nuevos espacios de opulencia, lujo, ambición… ciudadanos que compiten constantemente unos contra otros, más allá de convivir unos con otros. Se sienten quizá tales ciudadanos habitantes de un verdadero imperio: sus presidentes adoptan a menudo rasgos de reyes o emperadores, en espacios donde se generan recursos que parecen inagotables, infinitos. Ya no se requieren tantos conocimientos para comprender determinadas realidades, todo se reduce a obtenerlas, comprarlas, todo tiene un precio, y ese "precio hay que pagarlo", según reza la frase ya clásica. De hecho, Estados Unidos se comporta hoy como un imperio moderno, superando con creces a los gobiernos europeos. Cualquier ciudadano estadounidense, llegado a la mayoría de edad, pueden adquirir armas en la tienda teniendo la debida autorización, razón que también explica la enorme cantidad de violencia que se respira a diario en ese país.
Después de la Segunda Guerra Mundial, siguió la llamada Guerra Fría, guerra del espionaje internacional para captar información más amplia sobre los recursos tecnológicos y tácticos de otros países a fin de someterlos a escrutinio, se fueron posicionando en las mentes de los ciudadanos norteamericanos el concepto de seres superiores, blancos caucásicos dominadores (de indios o de negros) que podrían proceder a colonizarlos o reducirlos, idea mantenida por años en el seno de ese país.
Otros símbolos a los que han recurrido en Estados Unidos son el dominio del espacio sideral (el viaje a la luna), el cual por cierto terminó siendo un fraude, al descubrirse que la imagen des astronauta que pone por vez primera su pie sobre la superficie lunar es un estadounidense (se descubre luego que se trata de un truco de elevada tecnología realizado por Hollywood bajo la dirección de Stanley Kubrick) y así pasa a constituir una imagen mundial de conquista del espacio (o del universo) superando así EEUU a otras potencias como Rusia en la carrera espacial, y a la vez ubicando a EEUU como primera potencia militar del mundo. Con este logro, tal nación permanecería en el imaginario mundial como república modélica de progreso, cuando en verdad se trata de un país con una deuda externa gigantesca, con una moneda (el dólar) que imprime billetes sin tener la suficiente reserva en oro que la respalde; así sucesivamente, EEUU lograría permanecer en este sitial de nación número uno, cuando en verdad posee un récord de países intervenidos por sus fuerzas militares, como Vietnam, Afganistán, Libia, Irán y ahora Venezuela.
En lo que concierne a medios de transporte o locomoción terrestre, vemos cómo pasamos del caballo a la carreta y de ésta al tren y de éste al metro y al bus colectivo y luego al automóvil personal. Al volverse el automóvil personal símbolo de status, también se convierte en el medio de transporte que cobra más vidas por accidentes viales o colisiones, mayores a veces a los índices de infartos o de accidentes cerebrales.
La industria del entretenimiento conduciría al cine, la televisión y la música en similar dirección: posicionando a sus figuras como símbolos universales, mientras pone a la verdadera arte musical en segundo plano y a los verdaderos artistas los desplaza; la educación universitaria también se vuelve asunto de segunda categoría, relegando el pensamiento filosófico a una corriente de cultura "complicada" volviéndola light, viviendo sólo para el consumismo o la alienación a objetos, y provocando el nacimiento de lo que hemos llamado la contracultura, las rebeliones estudiantiles universitarias y el desarrollo de espacios musicales para el jazz, el country, el rock, el pop y la música electrónica intentando también formar parte de tales expresiones contraculturales.
Cuando de filosofía hablamos, nos referimos a la invisibilización de la filosofía de Ralph Waldo Emerson o Henry David Thoreau, padres del pensamiento estadounidense, y de los casi ausentes en los debates actuales de ese país como William James o George Santayana, para sólo citar a algunos. El Estado norteamericano omite en sus discursos los nombres y obras de sus grandes escritores o pensadores, prefiriendo citar a economistas y científicos expertos, entre los cuales sólo se percibe los nombres de Carl Sagan o Noam Chomsky. Tampoco debemos olvidar el importante legado literario de Estados Unidos en materia de poesía, ficción y dramaturgia.com incontables nombres de autores relevantes que han enaltecido el espíritu de esa nación y cuyo examen he realizado en otros ensayos
El Estado se ha blindado, amparado en una cultura clasista-corporativista, eludiendo los alcances de un espacio académico basado en nociones de prestigio social, donde los profesores aparecen como figuras tutelares, mientras a los verdaderos científicos les roban las ideas para emplearlas en tecnologías destructivas, tal ocurrió con Albert Einstein para la confección de la bomba atómica en el siglo XX, lanzada en Hiroshima y Nagasaki. Se comporta el Estado a la manera de un Mega-Ente conformado por la Reserva Federal, el Estado Profundo, el Complejo Industrial y las Corporaciones que manejan comunicaciones, medicinas y alimentos, con una responsabilidad en la formación del gusto y el consumo, las cuales a su vez influyen en las campañas de los candidatos políticos. La institucionalidad no funciona de modo independiente, ni las cámaras legislativas o ejecutivas tampoco, sino que están supeditadas a los intereses de las corporaciones en el momento de tomar decisiones importantes. Todo ello hace que el real funcionamiento de la sociedad se atrofie, que muy pocos lo adviertan y sólo salgan a flote cuando ya nadie puede percibirlos. El desmesurado culto al automóvil, a las armas de fuego y al sexo (en sus más variadas formas del placer, juego o desviación sexual) hace que estos sean tratados sólo cuando se presentan bajo sus variables extremas.
Los Estados Unidos de América viven hoy un colapso tanto económico como ideológico, donde sus instituciones presentan graves problemas de funcionamiento, y han cedido el paso a una disparatada manera de conducir un Estado que crece de manera amorfa, arrastrando consigo a numerosas economías de Europa y asestando duros golpes a trabajadores y ciudadanos que desean vivir en paz en ese gran país del norte.