Boves: el Espartaco de nuestra América

José Tomás Rodríguez de la Iglesia: (Boves) Nos adentraremos en la interpretación del más fiero arquetipo que haya tenido nuestra América, pues la tragedia de José Tomás Boves, más que la historia de un hombre, es el arrebato de todo un pueblo buscando su síntesis. Boves es fermento y estallido de un hontanar profundo. Es héroe y antihéroe, villano y adalid, según cabalgue en el Urogallo de las academias o en las consejas del pueblo.

Hecho que necesariamente nos lleva a una serie de reflexiones sobre la singular personalidad de José Tomás Boves, pues no basta la decisión auténtica o torcida de un hombre, de convertirse en caudillo o dirigente, para que las masas le otorguen sus favores. Los caudillos no surgen por su libre decisión, sino por el asentimiento de todos para dejarse conducir. Si Boves resultó el caudillo de las masas desvalidas de Venezuela, fue porque esas masas le otorgaron sus favores. Tenía maná o prestigio, aura personal o carisma. No era, pues, un simple capitán de bandoleros como cuentan irreverentes textos escolares, y decimos irreverentes porque no merece otro calificativo quien así juzgue a un hombre que por diversas circunstancias, se convirtió en el depositario y conductor del pueblo venezolano. Boves fue el hombre que, en un momento determinado, despertó a las masas explotadas del país y aceleró un proceso igualitario que, en otros países hermanos, no ha comenzado todavía. Y lo hizo porque tenía una profunda significación y ascendencia para ese pueblo. Todo conductor de almas da a los hombres que conduce, lo que ya tienen contenido. El conductor, el líder, el caudillo no es más que el comadrón que vigila el parto de un pueblo en el camino.

El hecho de haber sido azotado en la plaza pública, pena reservada sólo para villanos y gente de baja extracción, señala el afán que tuvo la oligarquía calaboceña de expulsarlo de su seno y mostrar claramente que no era miembro de su grupo, acto que, sin duda resultó más doloroso para José Tomás Boves que los mismos vergajazos que dejó caer sobre su espalda el verdugo Sebastián. La particular saña con que trató después a los calaboceños y al viejo Zarrasqueta, muestra la huella de su resentimiento. Es el momento en que rompe definitivamente con la imagen del padre e insurge sistemático y destructivo contra todo aquello que se lo recuerde, tal la clase dirigente colonial. Y así, de aldea en aldea y de pueblo en pueblo, va destruyendo sistemáticamente todo cuanto encuentra a su paso como un verdadero ángel exterminador.

Boves, en un instante determinado, siendo blanco, rubio y acaudalado comerciante, se pone al frente de las masas pardas e insurge contra el régimen de casta que lo favorece. Como a muchos aquejados de sentimientos y resentido por el desdén de los que él considera sus iguales, se erige en defensor de aquellos intereses y enemigo jurado de su propia casta, a quien comienza a inmolar cruelmente desde su primera salida de Guayabal. Su tesis política es muy simple, pero eficaz: liquidar físicamente a los blancos poseedores de la riqueza y distribuir todo entre el pardaje, que era el resto del país. Suprimir un grupo privilegiado, de rasgos físicos indelebles, para que cese la heterogeneidad, para que todo se iguale, pues en nuestra América el problema de las clases sociales se complicó al confundirlo con los grupos étnicos.

José Tomás Boves busca a través de la vía expeditiva y sangrienta la igualación que, desde sus orígenes, exige el país y que le impide operar la necesaria síntesis socio-histórica. El cabalgamiento de grupos humanos, como el régimen de castas, sólo produce un sistema incoherente. La represión y el malestar existentes entre las diversas clases, implica terribles tensiones. Venezuela, como toda nuestra América, estaba urgida (está) de la desaparición del régimen de castas. Boves, porque tenía prestigio o lo que se llama personalidad, maná, estuvo a la altura de ese arquetipo, y las masas venezolanas lo acogieron como a su héroe y a su libertador.

Si Boves el asturiano hubiese sido una figura similar a la del Tirano Aguirre, (como nos cuentan irreverentes historiadores) le envolvería a todo lo largo de su acción, el siniestro halo fantasmal que rodeaba al vizcaíno; de la misma forma que no se invocaría su nombre como espíritu milagrero en los pueblos de Venezuela. En un país como el nuestro, que no ama la historia, cuando suceden fenómenos como éste, estamos realmente ante algo extraordinario. No puede caber otra explicación que la del impacto con que este hombre golpeó a sus coetáneos, hasta el punto que a doscientos años de una agitada vida histórica, no han sido capaces de borrar su huella, pese a que su intervención en nuestra vida pública se redujo apenas a dieciocho meses. En abril de 1813, es un desconocido segundón que pide permiso a Cajigal para hacer la guerra por su cuenta. En diciembre de 1814, yace sepultado en la iglesia de Urica.

Boves odia al sistema social en que ha nacido y los valores que lo rodean. Todo llega a parecerle falso e injusto. Niega los efectos. Se mofa de las virtudes. Se complace en demostrar y en demostrarse la falacia de la existencia humana. Y un deseo de hacer tábula rasa lo embarga. No somos lo que queremos ser dice el siquiatra sino lo que los demás quieren que seamos. No elegimos nuestro destino decía Nietzsche somos elegidos. Su ego se infla, su individualidad se funde, pierde la noción de la realidad y su yo estalla en delirio esquizofrénico. A Boves lo enloqueció el arquetipo del héroe que lo dominaba. La matanza de Cumaná ya tiene el sello de la locura. El arquetipo del héroe, al inflar su ego, le movió a sentirse omnipotente, eufórico y megalomaníaco. Llega entonces el regalo de la Corrales, la novia mantuana de Calabozo. El, tan buen conocedor de caballos, monta temerariamente sobre un corcel al que no conoce y deliberadamente camina hacia el suicidio.

Hay muchas versiones sobre los que ultimaron a Boves, pero más que afirmaciones jactanciosas, son acusaciones solapadas que revelan miedo a la venganza, pues si Boves encarnó un arquetipo, como se cree, su muerte, como la del animal totémico, exige el sacrificio cruento del victimario y de su familia. Porque Boves fue sin duda un arquetipo, o se dejó penetrar por el arquetipo del héroe, tal como se habla en la teoría del inconsciente.

Boves, como todos los héroes, puso fin a su vida en el momento de su máximo esplendor y por eso vive y pervive en nuestra historia como un luminoso arquetipo a quien los historiadores oficiales no lograron arrebatarle sus laureles.

Consigna de Boves: ¡Todo es para los Pardos! ¡Todo es para los Negros!

Como bien dijo el profesor Rolito Martínez: ¡Boves es el Espartaco de nuestra América!

¡Chávez Vive y Vivirá por Siempre!

¡La lucha sigue!

¡Patria socialista o Muerte!

¡Venceremos!



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Manuel Taibo


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