Amor zombie

Sus verdes ojos no miraban al cielo, estaban frente a mí y no recordaba el tono de esos verdes ojos, ya no sabía si eran la sangre de esmeraldas derretidas en un mar caribeño al atardecer, o eran la selva creciendo justo después del incendio. Sólo escuchaba de sus labios rojos las palabras que salían como cascadas, a veces salpicándome, a veces mojándome las espaldas. Yo retenía el aliento para no gritar, ella contenía el aire para no volar. Tampoco retenía en mis manos, sus blancos dedos, ellos se agitaban como tecladista frenético, dibujaban en el sordo espacio de nuestras interconectadas soledades, invisibles caracteres de una nada electrónica capaz de llegar a una multitud también invisible.

Yo pensaba irme pero ella sin alzar la vista retenía mi cuerpo como magnetizado por un campo de energías también imperceptibles, mientras hablaba, interrumpía sus palabras con mis pensamientos. Pensaba que era posible poder estar en diferentes lugares y momentos y a la vez participar en uno sólo físicamente con el cuerpo visible y a la vez estar multiplicada en otros que era imposible para mi conocer o alcanzar, ni siquiera imaginar. Cualquiera pensaría si nos viera que yo hablaba con un robot cabizbajo. Pero a nuestro lado otras personas igualmente habían mantenido el mismo hábito impenetrable de estar y no estar al mismo tiempo, de ser y no ser simultáneamente.

Interrumpía sus palabras y risa, comentarios y chistes con mis pensamientos. Pensaba, puedo irme sin que se dé cuenta. En algún momento imaginé sus dos esmeraldas derretidas en las aguas de mi corazón en alguna isla utópica de mis inéditas canciones salpicando soledades como la lluvia que era producto de haarp. Y sin embargo la energía de ese campo magnético me retenía como a la mosca la tela araña, como a la abeja la flor…

Mis manos eran incapaces de tomar su mejilla y elevarla hacia el cielo y mostrarle como las falsas nubes simulaban un cielo frenético de químicas estelas desparramándose tóxicamente sobre nuestras cabezas sumergidas en la electrónica tela araña de nuestras inconsciente manera de estar y no estar, de ser y no ser al mismo tiempo…Cruzadas como serpientes alrededor de un imaginario nido sobre la montaña de mis rodillas, mis manos sólo podían anudar un sueño donde ella recostada sobre un florido campo de una eterna primavera cogía entre sus dedos de nieve un narciso para mi…

¿Cuántos inviernos habrían sostenido mis ojos el celeste de otros ojos para desvelarme con estos de estallidos luminosos de jade y de menta y miel que sólo observaban el suelo de una cristalina agua congelada? Mientras ella compartía conmigo sus palabras de viento y lluvia artificiales, yo preparaba mi brusco desaparecerme. Yo sabía que el próximo encuentro ofrecería a mis oídos el reclamo de haberle faltado el respeto y haberla dejado hablando sola…

Quería besarla y sostener por instantes infinitos el húmedo de sus escarlatas labios. Pero ya oía el casco de mis cuatro oscuros caballos relincharme en los oídos. Sólo yo podía oírlos. Señal que mi carro andaba a mi lado. Sabía que su piel se erizaba ante mi silencio mirándole el alma convertida en transparente mariposa revoloteando una helada mañana sin verdes brotes de selva. Te quiero mía, pensaba y ella sin salirse del espejismo que retenían sus verdes ojos, tal vez oía mis gritos desde otro mundo paralelo.

Sin tocarle y sin besarle fui desvaneciéndome en la noche de sus palabras como cascadas bajo el frío viento del invierno electrónico que serpenteaban sus blancos dedos sobre letras invisibles. Sabía que me quería, y sentía su alma junto a la mía, cantando y bailando sobre nubes de verdad. Cuando levantó la vista e iluminó al cielo con el verde esmeralda de sus dos luceros, no había rastros del hombre que retenía en su corazón latiente, y mientras giraba su cabeza a derecha y a la izquierda para encontrarse conmigo, no pudo contener el miedo de perderse en el bosque electrónico de sus solitarios pensamientos…Se levantó como de un susto. Caminó sin mirar atrás velozmente hacia su carro, y desconectando las alarmas, penetró en él y se marchó como la lluvia que deja haarp sobre los techos y bajo el cielo tóxico.


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Mario Forti

Astrólogo, filósofo, músico, tatankisi, escritor, poeta, critico, ddhh, tarotista, taoista, lector, meditación, yoga, sanación, terapias shamánicas integradoras

 mforti9@gmail.com      @mforti9

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