La ferocidad de los Viajeros de Indias en nuestra América:

Los conquistadores y la destrucción sin motivo

La ferocidad de los Viajeros de Indias en nuestra América:

Sin embargo no se circunscribe ni al campo de batalla, ni a las ciudades tomadas por asalto después de un largo asedio. La mayor parte de los pueblos indígenas caen en las manos de los españoles tras breves escaramuzas o por “golpe de estado frio”. No es, pues, sólo el caso de Venezuela, el que nos podrá explicar porque murieron en el Nuevo Mundo millones de aborígenes a manos de los conquistadores. Como tampoco radica en la batalla campal, amplia y franca, la causa fundamental del fenómeno.

A los indios de la Española (actual República Dominicana y Haití) y de las Antillas circunvecinas los mataron de hambre, a palos y malos tratos, trabajos forzados, cuando no era con la punta de sus espadas o en el cebamiento de sus perros.

No fueron las cargas de caballería, ni el impacto de los cañones sobre la carne desnuda, lo que nos explica la mortandad que cayó sobre el Nuevo Mundo. Fue algo más que el tributo que la guerra impone. Matanzas sin causa ni razón es lo que vemos en todos los pueblos y naciones del Nuevo Mundo. ¿Qué razón asiste a Pánfilo de Narváez cuando hace aquella horrible carnicería en Cuba? Su fiel capellán, lleno de indignación, le dice con los ojos de un contemporáneo: “Después de esto sólo el infierno os prometo”. ¿Por qué causa Esquivel y su gente ejecutan a seiscientos prisioneros en Santo Domingo, después que el enemigo ha huido y la victoria no ha producido bajas? Años más tarde extermina a 40.000 jamaiquinos sin que mediara ni siquiera una protesta de aquellos pacíficos isleños. Balboa pasa a sangre y fuego al pueblo del bondadoso Careta, donde hacía apenas un rato había almorzado. Salvo  contadas excepciones, no hay expedición o conquistador que no tenga en sus anales hechos sangrientos semejantes.

Las matanzas sucedían en plena paz; cuando ya los soldados son honorables terratenientes y señores feudales que distan por lo menos tres leguas de sus vecinos. ¿Qué puede explicar, en medio de esa tranquilidad bucólica, el hecho de que un veterano cuelgue en un día a trece de sus sirvientes porque le entendieron mal una orden, o que degüelle a dos niños por un chiste inocente? ¿Qué puede justificar en un hombre una crueldad tal que los esclavos prefieran el suicidio, como pasó en Santo Domingo y en toda América?

El daño sin motivo implica, por lo general, una grave perturbación mental. El placer de hacer mal es una tendencia que se origina en los campos más pavorosos de la psicopatología. El sádico, o el hombre que se deleita con la muerte y el sufrimiento de sus semejantes, es un enfermo mental. No un enfermo mental cualquiera, el sádico es un enfermo que va o viene de la locura.

Cabe, sin embargo, preguntarnos: ¿Hasta dónde consideraban los españoles a los indios como sus semejantes? Es una verdad  que no hay nada que exalte más la ferocidad de un pueblo contra otro que la negación de la igualdad. Los ingleses, que tan “caballerosos” se han mostrado en las guerras europeas, han sido particularmente feroces con los pueblos no blancos. ¿Sucedió esto a los españoles?

No hay razón psicológica que aminore la anomalía de un torturador o que justifique la razón de un suplicio. ¿Mediante que razonamiento se puede comprender a un Valdivia, a un Losada, a un Garci González de Silva o a un Pizarro, que aplicaban la tortura del empalamiento? En todas las épocas se han llamado crueles a los hombres que hacen sufrir, aunque sea a sus animales. La humanidad de todos los tiempos ha repudiado con las peores palabras a los hombres que se deleitan con el sufrimiento de sus víctimas. Hasta los aztecas, que tan despiadados se muestran a nuestros ojos, daban el “hongo divino” para drogar a los que iban a ser conducidos a las piedras del sacrificio. ¿Cómo se explica entonces el descuartizamiento vivo de los prisioneros a que los españoles eran tan aficionados desde México hasta el Río de la Plata? Los indios de Venezuela los llamaban ochíes, que quiere decir tigre, calificativo que no es ninguna nimiedad en boca de los más feroces aborígenes del Continente.

“Fue una extraña crueldad” —como anota Las Casa— lo que en diez años reduce a cero a una población de dos millones en las Antillas. Obsesión homicida es lo que vemos en los rancheos de Velázquez y en los monteos de Esquivel. No cabe otra explicación. Locura es lo que se siente en aquella descarga epiléptica de los hombres de Narváez, cuando en un santiamén degüellan a todo el pueblo de Caonao por obra de un brusco impulso inexplicable. Sensación de extrañeza y malestar es lo que acusamos, por tanta ferocidad, ante aquellos actos, sacramentales donde se colgaban y ahorcaban lentamente a trece indios in memoriam de Jesús y de sus doce Apóstoles. Ni la guerra ni la época pueden justificar en modo alguno las matanzas y barbaridades que aquellos dos mil hombres hicieron en Santo Domingo y en las Antillas circunvecinas.

En Venezuela, los gobernadores se suceden a golpe de mandoble. Carvajal mata a los Welzares, Tolosa a Carvajal, Cobos a Fajardo, los margariteños a Cobos. ¿Qué  está pasando en América? ¿Es que el trópico enloquece a los hombres? ¿O es que la locura viaja a bordo de las carabelas?

No es ninguna nimiedad que dos gobernadores en Venezuela se vuelvan locos, y con ellos un conquistador, una gobernadora, un alto jerarca de la Iglesia y uno de los trece Caballeros de la Fama. La locura entre los ilustres, que no llegarían a ciento, es una cifra muy elevada según se ve. ¿Qué pensaríamos de un pueblo de 8.000 habitantes si se volviesen locos el fundador, dos de sus alcaldes, el cura y la mujer del gobernador, además de cincuenta aldeanos?

 

¡Los que quieran Patria vengan con Chávez!

¡Pa’lante Comandante! Lucharemos, Viviremos y venceremos.

Hasta la victoria siempre y Patria Socialista.

¡Gringos Go Home! Libertad para los cinco héroes de la Humanidad.

 



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Manuel Taibo


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