La depresión masiva

Cuando en economía se habla de depresión, no es una expresión figurada. Es efectivamente una patología masiva del ánimo y de la mente colectiva. Tiene la particularidad de que los políticos se alarman culpando de ella al adversario y los medios la alimentan a diario.

"Lo principal es crear empleo", "para curar la recesión es imprescindible la creación de empleo", "el crédito, la inversión y el consumo dependen del empleo"... "España y Europa están en máximo riesgo" es uno de los titulares de cada día. Pero ¿en máximo riesgo de qué? ¿Se puede estar peor de lo que estamos? Lo único que falta es que los políticos y en general las clases privilegiadas (no hay lucha de clases pero haberlas haylas) se empobrezcan también. Y también que la ciudadanía renuncie a sacarse una muela o a aferrarse a la vida porque nadie le va a operar de un tumor maligno. Por lo demás, si bien se mira, no es una tragedia no poder comprarse un coche despampanante, ni desistir de unas vacaciones por todo lo alto, ni comprarse un yate o un rolex, o no tener un piso en propiedad...

Se ha perdido el sentido -y aun el placer- de la frugalidad, de la austeridad, de la sobriedad y de la continencia. Sobre todo cuando sabemos que todo lo que no podemos adquirir es capricho. Eso es lo que pasa, esa es la depresión, en eso consiste el "máximo riesgo". Después de la dictadura y una vez cerrada en falso la transición, España, espoleada por los bancos europeos, se ha dedicado a endeudarse hasta las cejas y al despilfarro. Los sucesivos gobiernos no han hecho más que cebar esa propensión. Al despilfarro, además, de los bienes escasos: agua y energía. Al despilfarro en la construcción de obras faraónicas innecesarias. Al despilfarro en la de viviendas sin compradores solventes. Al despilfarro de la serenidad: el bien más cotizado y preciado en una sociedad ya irremisiblemente enferma, pero especialmente en los políticos.

¿Qué más da el riesgo si sabemos que el riesgo es la quiebra? Pero si sabemos que quienes sufrirán la quiebra y sus consecuencias son los poseedores, estemos tranquilos quienes no tenemos nada que perder. El cataclismo reiteradamente anunciado se cierne sobre los que precisamente han provocado la ruina general. Pero los “sin techo”, al igual que los “sin tierra”, ya conocen bien qué es escasez. Ya nos le importa dormir en la calle. De aquí proviene el peligro máximo para los cresos…

Y todo... porque no hay empleo. El empleo, crear empleo, es la obsesión de los políticos. Pero no empleo creado por el Estado, que eso es comunismo, sino el empleo creado por la iniciativa privada, la del simple ciudadano. Eso es lo que quieren los políticos, cuando el ciudadano que no ha hecho más que probar las mieles de la modernidad y está harto y desalentado. Todo depende de que unos inventen empresas, y por haberlas inventado han de llevarse la parte del león de las ganancias…

Hasta ahora y durante décadas, un país que carecía de infraestructuras "modernas", ha estado resolviendo coyuntural y provisonalmente el asunto del empleo con la construcción tumoral. La mayor parte del dinero recibido de los bancos europeos se destinó a la obra pública sin ton ni son; al lujo de autopistas, algunas de ellas innecesarias, duplicadas con carreteras en buen estado; a aeropuertos fantasmales; a viviendas inaccesibles para la mayoría cuya solvencia consistía sólo en mantener un puesto de trabajo luego perdido. En estos diez últimos años en España se ha construido más que entre Alemania, Francia e Italia juntas. Todo obras nuevas, pocas o apenas ninguna, de mantenimiento y de reparación.

Abundantes cantidades de dinero llegadas de Europa y de sus bancos salieron por el grifo crediticio para el alborozo de millones de españoles. Así empezó una gran parte de la población de este país acariciando la sensación de “riqueza” encerrada en una vivienda “propia” pero al fin prestada; así entró en el peligroso mundo del crédito y de la espantosa "Deuda: del estado, de las comunidades, de los ayuntamientos y de los particulares. Y así se desembarazó de las ideas de la prudente administración, del ahorro, del no gastar más de lo que se ingresaba, etc. Así fue cómo, mientras unos cavaban su posterior ruina, otros se dedicaban desde sus despachos a enriquecerse. Unos repartiendo una parte del dinero recibido de fuera de mala manera quedándose con la otra parte, y otros traficando con el crédito convertido en punta de lanza del trabajo y del estímulo, pero exigiendo comisiones torticeras.

Pero ¿qué empleo, qué clase de puestos de trabajo imaginan que puede crear un país acostumbrado durante tantos años a la dolce vita, al dinero fácil y al escaso o nulo esfuerzo que no sea la impaciencia por saber qué pasa con su dinero invertido en especulación miserable?

Obras y más obras, crédito y deuda se han convertido en la bestia negra de los países pobres y de los ciudadanos más pobres todavía que a duras penas se han asomado por corto espacio de tiempo a eso que llamamos una vida digna...

Nadie quiere pensar que en España la creación de empleo es una quimera. Están saturados todos los sectores productivos. Habría que recurrir a iniciativas relacionadas con las energías renovables y con la ecología: con la limpieza a fondo de ríos, montes y mares, con el reciclado de todo lo que va a hundir al mundo. Pero no se va a hacer así. Todo esto es trabajo penoso que, después de tanto dinero plástico y una vida fácil gracias a años de crédito fácil, va a ser imposible emprender. El país y los pueblos que han contraído el vicio de la deuda y del crédito, perecen a falta de ellos. Este es el drama principal. Quien se ha acostumbrado a vivir del cuento, no es capaz de vivir la realidad honestamente. Sin crédito y sin endeudamiento llega la profunda depresión. Como los drogadictos. Por eso no se creará empleo. Sólo se reducirá en las oficinas de empleo cuando centenares de miles de mujeres de ricos que se dieron de alta para agravar la imagen de los gobiernos que no eran de los suyos, se den de baja en el paro. Además, unos, los que fueron falsos "emprendedores", porque son víctimas del vicio del dinero con un chasquido de dedos y de la especulación, y otros, porque no existe ya imaginación ni inventiva empresarial ni ideas nuevas, agotadas por simple consunción.

Por otro lado, unos, los más supuestamente espabilados, están en la cárcel o amenazados por ella, otros están sin empleo y sin subsidio, y otros, los llamados a crear empleo, vegetan ahí, indiferentes, renunciando a la iniciativa porque están enfermos del espíritu. He aquí el drama: una masiva depresión colectiva.

richart.jaime@gmail.com


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Jaime Richart


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