Romero Anselmi: La Ultima Vez que lo Vi

Sólo hubo una llamada previa, corta, para especificar la dirección del apartamento en donde guardaba reposo. Fue en una tarde ordinaria y corriente, vadeando los sobresaltos de la Caracas enloquecida, la capital de la imparable violencia urbana y barrial, la del Poder rodeado de pobreza, la de los habitantes – sonámbulos, los que andan con ansiedad por vivir, ansiedad que nunca cesa, porque nunca se vive como manda Dios sino que “se dura”, hasta cuando la vejez prematura o la bala perdida, escriban el epitafio.

En la agenda estaba, casi como una Obligación de Honor, visitar al amigo con la voz de cigarra silvestre. En él uno encontró el espejo hecho humildad y bohonomía, para mirarse como Periodista, con la elevada “P” mayúscula. Nada de adulancia postmorten menos de encontrar heroicidades que no existieron. Es que nada era tan ajeno y ofensivo a un hombre de la estatura moral de “Chucho”, como la frase lisonjera e hipócrita. Su tránsito por esta longitud que habitamos, fue una línea recta que algunos quisieron torcer y otros pisotear, pero no pudieron.

Llegué a la hora convenida porque, de reportero a reportero, sabíamos la importancia de la puntualidad. La noticia era él, porque el lector-televidente- radioescucha-discípulo, era yo. Se había convertido en un personaje, innegablemente noble y generoso. El sabía que en el periodismo se libra, permanentemente, una batalla brutal entre el bien colectivo, la manipulación mediática, el acoso gubernamental y la estoicidad del Periodista. Más de una vez la libró…y salió con el brillo de cinco soles.

La espera duró 10 minutos. Salió de su cuarto con el paso lento. Con la mirada de halcón montañés. Era un cuerpo agrietado. Encogido. Tenía historias clavadas en sus costillas. Cuántas heridas en el alma. Cuántas victorias conquistadas sin venderse al mejor postor, fuese patronal o burócrata de Miraflores.

Juro que por primera vez, una lágrima me humedeció el corazón al ver aquel guerrero tachirense, al Periodista del afecto llano y la camaradería a flor de piel, arrinconado entre sus huesos debilitados pero con el espíritu indomable. Fui hasta él para abrazarlo como se abraza a un maestro. Le besé la frente y nos miramos con la sonrisa de dos viajeros siempre con las maletas listas para emprender la hermosa aventura de encontrar la Noticia que saldrá en la Primera Página de la edición matutina. Abrirá el noticiero del mediodía y será el “tubazo” que nadie olvidará.

- ¡Qué alegría verte!, le dije.

-Aquí estoy, recuperándome porque vuelvo al combate, me respondió.

Y el resto de la tarde se fue, a su lado. De frase en frase, echando cuentos fraternales, contando detalles, obsequiándole mi penúltimo libro publicado. Sabiendo que la conciencia de un Periodista no tiene precio ni se alquila por ratos, aunque muchos ceden ante el olor del dinero a cambio de la mentira intencionada y el mensaje tramposo.

Si alguien quiere saber cómo debe ser un reportero venezolano, aun desde el punto de vista químico, sólo hay que ver la gigantesca figura de “Chucho” Romero Anselmi. Fue un testarudo cazador de reportajes. Un alquimista de la información como si el mundo fuera una inmensa bola, llena de noticias por transmitir, escribir y editar al mismo tiempo. Recogió con su vida, la cantidad de sucesos que pudo, con los cuales se llenó de dignidad y respeto.

Murió un cuerpo con el nombre del Jesús Crucificado. Falleció el militante de conciencia que no pudieron vencer ni siquiera los sanguinarios que solían llamarlo, “compatriota”. Se sembró el Periodista en la memoria de un país que diariamente convulsiona y, en ocasiones, pareciera advertir que hay hombres y mujeres que aun sepultados, brotan en las hojas de árboles frondosos, en la sencillez de un riachuelo de pueblo, en el grito de los olvidados y en la sonrisa de los niños.

Al despedirme de “Chucho” Romero Anselmi, aquella tarde moribunda. Verlo regresar a su dormitorio, con una ética profesional echada al hombro, arada con valor y pasión, supe que el “-Nos volveremos a ver”, en verdad era un “Adiós”, definitivo. Los mensajeros de la muerte estaban estacionados a un costado del edificio…

Volvió al combate, pero en otra dimensión, a encontrarse con otros colegas, quienes como él, hicieron del Periodismo “… un compromiso ineludible con la verdad, la ética y la patria”.



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Elmer Niño


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