Cierre de año: Futuro polvoriento

El cierre de año lleva, a veces en la más pura soledad, al inventario personal de lo que ayer hicimos, hoy somos y mañana seremos. Tres dimensiones del tiempo que, por lo general, olvidamos comprender de manera sustantiva y sistémica, convirtiéndonos en renegados o prisioneros del pasado, obsesivos o displicentes del presente, soñadores o fatalistas ante el futuro. Mirarnos hacia adentro es un acto de conciencia avanzada y madurez real. Vivir al día es colgar peligrosamente de un hilo que, en cualquier instante, se rompe. Caemos en el abismo mientras el corazón palpita, la sangre fluye y envejecemos biológicamente.

Pero este 2020 fue totalmente diferente a los anteriores. Ocurrieron hechos trascendentales cargados de retos, desafíos, dolor, miseria y muerte tanto de seres humanos como de modelos político-socioeconómicos desiguales y contradictorios. El planeta fue atacado sin piedad ni lejanía, por un virus desconocido pero letal. La Humanidad fue estremecida en los cuatro puntos cardinales.

Los países industrializados aportaron la mayor cantidad de cadáveres y exhibieron el frío desprecio al prójimo. No solo desarrollaron un poderoso parque industrial, tecnológico y militar sino también la codicia, el individualismo, la envidia, el consumismo, la explotación del hombre por el hombre, xenofobia y carencia deliberada de identidad planetaria.

Los países pobres y subdesarrollados sumaron cruces en el cementerio y dejaron cuerpos desahuciados en la calle. Con gobiernos dirigidos por tecnócratas y lacayos de los imperios de EEUU, Europa y Asia quedaron al descubierto, como otros infelices de la historia que convirtieron el poder en un medio para el enriquecimiento personal, grupal y de clase. Además de la pobreza y de otros tipos de violencia económica y social, la mayoría de los habitantes siguen atrapados por el hambre, la desesperanza y escasez de vanguardia ideológica, humanística y soberana, con visión estratégica.

Otros fines de año fueron precedidos por guerras de ocupación, masacres en cada continente, bloqueos económicos, vil manipulación mediática, movimientos telúricos con resultados trágicos, gobiernos pequeños derrocados con el garrote de los gobiernos "grandes". La desproporción entre una minoría poderosa y una mayoría llena de lombrices y barrigas vacías era (…y es) más profunda.

Desde el punto de vista religioso fue develada la hipocresía e inmoralidad de los que se auto califican voceros de dios en la Tierra y pastores del nuevo evangelio. Algunos capturados y sentenciados a cumplir varios años de prisión, por actos de pedofilia y pederastia, por ladrones y cómplices. Otros siguen cometiendo fechorías contra niños y niñas. Elevan oraciones al cielo y al cerrar las puertas de la iglesia o del tabernáculo, se quitan el disfraz y lanzan contra el piso el viejo y nuevo Testamento para que el animal que llevan por dentro, cometa los detestables crímenes de lesa humanidad infantil y juvenil.

En esta clausura del 2020 no basta el acto de arrepentimiento. Tampoco buscar en los libros sagrados, argumentos que justifiquen los desmanes provocados por quienes detentan poder político, económico, mediático, religioso y militar. Pareciera que estamos en un antes y después del 2020. En trescientos sesenta y cinco días continuos se desató un torrente de fenómenos que hizo trizas las proyecciones multisectoriales de la sociedad mundial.

Sin necesidad de disparar una bala contra un presidente reaccionario, invasor, supremacista, títere, imperial o pro imperial fueron varios los destituidos o suplantados por otros operadores políticos, financiados por las transnacionales que controlan el mercado mundial. Las nuevas avanzadas ideológicas de derecha y de una izquierda champañizada e insípida, antes que consolidarse como sucesores administrativos de gobiernos neoliberales, quedaron en estado de shock y no terminan de adaptarse a la realidad pos-Covid 19.

El estallido social de las mayorías oprimidas es de corto alcance y apenas revienta con cierta camisa de fuerza. Las medidas sanitarias contra el invisible pero criminal virus dieran la impresión de haber frenado, sigilosamente, los sueños por una sociedad al servicio del ser humano y no del capital. El dolor por los millones de caídos en plena batalla anti-Covid 19 congeló, transitoriamente, la protesta convertida en ira. La rebeldía frente al patrón explotador se quedó encerrada en la casa del explotado.

Las tecnologías de la información y comunicación (TIC) arrasaron el liderazgo despiadado de los convencionales "mass media". El protagonismo de las redes sociales, al expandir en fracciones de segundos y en tiempo real, la noticia ocurrida al otro lado del mundo echó por tierra la grosera manipulación del mensaje trasmitido por TV o radio, privados y públicos.

Los mercados financieros, las exportaciones a granel, la industrialización irrefrenable, los vuelos internacionales y nacionales, la presunta solidez de algunas monedas y el peligroso ajedrez del Capital, están pasando por un trance estremecedor. No están en peligro de extinción pero tampoco gozan de buena salud.

¿Qué hemos aprendido con semejantes sucesos colocados frente a nuestras narices? ¿Seremos el mismo planeta del 2019? ¿Hemos descubierto que, al final, somos hermanos, independientemente del color de piel, idioma, formas de vestir y maneras de expresar amor? ¿Qué diferencias hay entre un chino, un húngaro, una venezolana y una etíope cuando la muerte toca la muerte y la vida está bajo constante amenaza? ¿Acaso el delincuente político norteamericano es diferente al español, colombiano o mongol? ¿Es el capitalismo de Francia mejor que el chileno? ¿El hambre del haitiano es diferente al del japonés?

Es hora de un nuevo modelo de pensamiento ideológico, doctrinario y espiritual capaz de ir más allá de las contradicciones inevitables entre capital y trabajo. Construir una alternativa de revolución anidada desde el alma hasta materializar formas de organización horizontal y multidisciplinarias, es un tema para debatir con carácter de urgencia y mente abierta. Admitir la diferencia como necesidad para crecer colectiva e individualmente. No sólo basta la fe racional para dar un salto cualitativo que detenga y destruya el esquema tradicional de las sociedades actuales, en donde el sujeto es desechable y el objeto enaltecido cual mito de iglesia.

Los partidos políticos de bandos aparentemente irreconciliables, ya no convencen, pues, los mismos argumentos de hace 50 años hoy son "paja y polvo". Tienen pies de barro y lengua de reptil. Al controlar el poder político comparten la misma mesa con quienes amasan millonarias fortunas extraídas del sudor del obrero y campesino, del empleado y buhonero. Entre tragos y sonrisas negocian hasta el pellejo y se reparten una insaciable tajada, arrancada de los prepuestos públicos estimados para los próximos cinco años.

El cuerpo militar, por su lado, padece las mismas enfermedades antiéticas e inmorales que hunden a la sociedad civil. Las alcabalas están tarifadas. Unas "producen" más que otras. Las fronteras vivas son minas de billetes verdes que van a parar a las cuentas bancarias de generales y otros altos oficiales. El combate entre los honestos y deshonestas, es un secreto a voces.

Está a la vista el desafío por elaborar un pensamiento político creíble, sostenible por su sentido de la realidad. Es una tarea de proporciones inconmensurable. Lejos del obrerismo y desintoxicado de populismo. Es comprender que la civilización por venir tiene hoy el deber de replantearse el tipo de destino que podemos "fabricar". Hemos dado pasos gigantescos desde la separación de los primates pero ahora, corremos el peligro de desaparecer como especie. No solo el Covid 19 anuncia un contraataque despiadado, incluyendo una mutación, sino el mismo capitalismo y socialismo "de mercado" son ojivas nucleares escondidas en sus intestinos. Pero si explotasen al mismo tiempo las verdaderas bombas atómicas de la Tierra almacenadas en varios países, podrían destruir todas las ciudades del planeta con más de 100.000 habitantes, y aún sobrarían 1.500 bombas. 3.000 millones de personas morirían en cuestión de minutos, y después habría que añadir los efectos de la radioactividad. El dedo índice de algún clon de Trump, Bush, Reagan, Putin, Kim Jong Un, Xi Jinping puede hacer de la muerte en masa, una verdad espantosa.

Este cierre de año anuncia pronóstico reservado y un futuro polvoriento. Recordemos que solo el Ser Humano salva al Ser Humano.

 

 



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Elmer Niño


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