La mediación de Chávez

El presidente francés, Nicolás Sarkozy, no había terminado de expresar su convencimiento de que si alguien pudiera aportar la solución en el asunto "extremadamente difícil" de los rehenes de las FARC, fuera el mandatario venezolano, Hugo Chávez, cuando su homólogo colombiano manifestó su desacuerdo con la continuación de éste como intermediario.

Aunque el ex marido de Ingrid Betancourt y los comités de apoyo a la política colombiana secuestrada en 2002 por las FARC expresaron su pesar y su sorpresa por el final de la mediación que llevaba a cabo el presidente venezolano, Hugo Chávez, no fui sorprendido por esta decisión del presidente colombiano; al contrario, el supuesto acuerdo de que Chávez fuera mediador, si despertó mis sospechas.

Tampoco creo que el presidente francés esté extrañado por la decisión de Uribe, aunque su portavoz anunciara que “Francia desea que la mediación del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, prosiga en el caso de los rehenes de las FARC y el jefe del estado francés, Nicolás Sarkozy, enviará en los próximos días una carta a su colega colombiano, Álvaro Uribe”.

Para poder comprender esta cruda realidad es necesario tener presente que la ultraderecha mundial forma un grupo “permanentemente activo, coherente y disciplinado”, y que Sarkozy y Uribe son dos de sus más conspicuos representantes en Europa y América; mientras que la izquierda internacional apenas empieza a despertarla Chávez del sueño cataléptico en el cual se sumió después de la “desaparición” de la Unión Soviética.

Además, el referendo sobre la reforma de constitución venezolana está a punto de llevarse a cabo en medio de un protagonismo internacional sin precedentes, del presidente Chávez. La derecha mundial está muy clara en cuanto a la trascendencia de esta reforma y el inicio de una transformación social de carácter universal que pondría en duda la legalidad de su poder establecido sobre los fundamentos de leyes, costumbres y procedimientos heredados de un imperio, que dos mil años después continúa ejerciendo su fatídica influencia.

¿Cómo justificar entonces que se acuse a Chávez de promover una reforma, la cual –supuestamente– es violatoria de los derechos humanos, al tiempo que se apoya internacionalmente su mediación para liberar unos rehenes; primer paso, hacia un acuerdo de paz en un país que lleva cincuenta años sumido en un baño de sangre? Como ha ocurrido en un gran número de ocasiones anteriores, fue subestimado y la derecha no creyó que llevara a feliz término su misión.

Casi a punto de lograr su propósito, había que detenerlo; con justificación, o sin ella. ¿Con cuál argumento? ¡Cualquiera! La derecha no requiere que sea cierto, o valido; sólo que se esgrima alguno. También pudo haber sido que Uribe no logró recuperarse del sentimiento que le produjo el que Chávez “no respetara la majestad del rey”; ya que la oligarquía colombiana es una de las cuales guarda más respeto a las normas palaciegas, puesto que aún añoran su “perdido linaje real”. El presidente colombiano recibirá la misiva de Sarkozy y la meditará detenidamente durante algún tiempo: ¡el suficiente como para que el referendo haya pasado y la derecha venezolana grite “fraude”!


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Luis E. Rangel M.


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