Feliz año, a los que no están

El "feliz año, a los que no están" no es para los ancestros ni los amores que pasaron, sino para los que partieron de Venezuela, si bien resuena un sentimiento luctuoso y pesimista en ello. Es que se han ido de todas las clases y con todas las excusas. Los perseguidos y los que lo hacen creer. Los pobres y los que no. Gente honesta y deshonesta. Los de oposición genésica y muchos corruptos que rompieron la quilla y ahora se dicen opuestos al rumbo. Se fueron amigos que eran aquí creadores reconocidos y allá, en cualquier parte, sirven a quienes no son suyos en los más precarios oficios. Se fueron profesores universitarios a intentar enseñar a otros, investigadores, científicos y técnicos de tantas áreas a hacerse preguntas para ser oídos; obreros y mano de obra calificada y descalificada, muchos por sueldos también miserables, pero en otras monedas. Es cierto, los honorarios y las pensiones se hicieron vergonzosamente bajas, casi inexistentes en este país, el sistema de salud va por el piso empedrado del infierno, la seguridad social es totalmente insegura. Los maltratos burocráticos son muchos. También se fueron estudiantes que conquistaban futuros en nuestras universidades, y cuando las expectativas se enrarecieron aceptaron en cualquier parte un trabajito mientras tanto, cambiando sus destinos, porque el estudio es tan caro y ser inmigrante es tan duro. Muchos de nuestros profesionales, ingenieros y doctores y dentistas también se fueron, con tantos años de estudio, incluso algunos que desperdiciaron aquellas famosas becas Gran Mariscal de Ayacucho en corrupciones de otra índole, raspándole mensualidades al Estado, y se fueron a ser asistentes mal pagados de quienes sabían menos. "Feliz año, doctor, atienda esa boca con acentos extranjeros, que aquí mordemos duro".

Cierto, hay tantas razones para irse, pero quizás más para quedarnos. Y hoy pesa porque el primero del año anuncia los días que vendrán, y no dudo que sigan siendo más los que se van que quienes regresan, generalmente con menos de lo que se llevaron. Sigue el impulso tanático de tierra arrasada "con tal de salir de esto", llenando estadísticas de las que no sabemos. No les endilgo nada, en el fondo la propia tristeza que produce. Cada quien según sus posibilidades se labra la vida y hace de su venezolanidad un proyecto de supervivencia individual. Pero me resulta extraño que tantos opten por exponerse al desprecio violento y al racismo en países que otrora nos atiborraron de refugiados, no sólo políticos y no pocos oportunistas, porque los hay en todas partes, aunque hoy los llamen venezolanos.

Y cuánta ofensa para la patria única del Libertador y de sus miles de soldados es la trata de venezolanas emigradas nada menos que en Colombia. La del mayor narcotráfico del mundo y las bases militares norteamericanas. La de las guerrillas y los paramilitares, los desplazados y las masacres. La Colombia de la narcopolítica y del normalizado asesinato de líderes sociales y periodistas. Desde la década del 50, los colombianos fueron la mayor población inmigrante y pobre instalada en una Venezuela generosa, que llegó hasta el raspado de cupos en dólares y el contrabando de finales de siglo con el que muchos se despidieron, implantando sus propias formas de saqueo y latrocinio. Ahí, y de seguro en tantas otras partes, nuestras mujeres son obligadas a la esclavitud sexual. Qué tendrá que ver esto, me pregunto, cuando hasta hace poco nos llenábamos la boca con las bellísimas misses que salían a regalar su incultura por el mundo o a relucir sus curvas de bisturí en las pasiones rebajadas de las telenovelas. ¿En esto se consumió el ego nacional?

Cuanta contradicción en un solo ejemplo. Este horrible año que finalmente pasó se impuso un pírrico récord musical en un concierto, mientras nuestras escuelas de música están destruidas; la maravillosa historia del conservatorio nacional de Santa Capillas (la Escuela de Música José Ángel Lamas) sigue en ruinas, y la importantísima Fundación Vicente Emilio Sojo desaparecida por los bárbaros Atilas que nos mandó la muerte. Poco tiempo después, supimos de la vergüenza nacional en unos niños músicos, atriles contados en ese concierto, expulsados como inmigrantes ilegales. No distinto, las calles europeas se llenan de virtuosos nuestros como diablos danzantes por unas pocas monedas, y se hacen orquestas de exilados, quizás inspirando más lástima que admiración, aprovechando para alguna propaganda política en contra del país (más que del gobierno), que la oposición institucionalizada también derrocha en egos enfermos y corruptos. Cómo se muestra injusto el capital intelectual y creativo perdido en esta desbandada, luego del esfuerzo inmenso que para todo el medio cultural nacional ha significado casi medio siglo de presupuestos inauditables del Sistema de Orquestas y el fracasado lobby internacional de su creador nunca "nobelado". Cien Dudamel no valdrían tanto. El Guiness es de todas las ilusiones perdidas, las oportunidades falsificadas, la fraternidad mancillada.

Recuerdo una infeliz caricatura de Roberto Weil en la que caracterizaba a quien se quede en Venezuela como un gorila con los bolsillos repletos de dinero. No importa que sea un empresario honesto, un trabajador esforzado, un creador afincado sobre la tierra. Todo se duda. Ahora sabemos que tantos cómplices del defalco también se fueron. Tan torpe pensamiento es equivalente a las burlas insensibles de miserables gobernantes sobre quienes no están, en parte debido a ellos mismos. De ese maniqueísmo tanático se nutre la infelicidad hambrienta que se abre a un nuevo año. Cuán inmerecido para los que resisten es la pregunta del "¿todavía en Venezuela?", como si fuera obligatorio abandonar el barco en vez de remar, así sea en contra de la corriente. Qué oscuro ese deseo de que Venezuela sea peor para justificar los sufrimientos del haberse ido. Que absurdo que los venezolanos sean los peores propagandistas de Venezuela, que prefieran que todo se hunda, por haber adorado a San Diego y no a Santa Bárbara Bendita.

Sí, en algo se han muerto los que se han ido. Los niños exvenezolanos hablarán con horribles acentos el idioma de sus padres, mientras lo pierden definitivamente, ansiosos de la mímesis y la aceptación ajena. Qué poca alegría tienen esos que ni siquiera pueden venir a compartir las navidades y el Año Nuevo porque se vistieron de refugiados y bajan la cabeza hasta negarse a sí mismos. Esos que deciden estar ausentes en la muerte de padres, abuelos, amigos, y si acaso, uno que otro convertido en remesa. Si el refugio político fue un gran logro de la humanidad para quien es perseguido (ese mismo derecho que le arrebataron a Assange), cuántos de nuestros emigrados lo han sido, pero antes que de esa diáspora holocáustica preguntemos por Carlos Lanz, aquí dentro. Si fueran suficientes los perdigones y la violencia animal de la policía en cualquier manifestación en cualquier parte del mundo, ya se hubiera vaciado Estados Unidos de afros y latinos, pero, por el contrario, cada bala los acerca a ser quienes cambien esa sociedad de tantas injusticias.

Como dijo Dario Fo de Ícaro: es metiendo las manos en el estiércol, involucrándose con la realidad como se construye la realidad, no limpiándoselo a los otros. Que se vayan, sí, los corruptos que han defalcado la vida nuestra y quienes falsearon la ilusión compartida. Que los juzgue quien pueda juzgarlos, qué nos importa, sea pollo o gallo pataruco; que humillen donde sea al ladrón del Estado y a sus hijos e hijas, que desperdician sin-vergüenza lo tanto que hoy falta en la Venezuela más pobre. Y no sabemos de un sólo céntimo de los miles de millones robados que haya regresado al país. Que se quede fuera Leopoldo López ayudando a perder a la peor derecha internacional. Que se vaya el bolichico de nombre lustroso y la rastrera burocracia corrupta con quien compartió su robo. Que los apresen por su oscuro blanqueamiento de conciencia como ladrones vulgares. La historia sacará conclusiones y, quizás por una vez, no se olviden sus nombres cada año nuevo.

No hay una Venezuela en cada rincón donde esté un venezolano, Venezuela es una sola. Hoy, sin xenofobia alguna, debemos decir que Venezuela es la de los venezolanos aquí reunidos, porque más que nunca esto es un proyecto colectivo, que hay que hacer, rehacer, buscar, inventar, pero colectivo. Y el rasero que distingue no será idológico, ni el de una política y unos políticos desprestigiados en ambas esquinas; no es una clase social que se cree llamada al poder. Habrá que cortar por el lado de la integridad ética y de lo ofrendado al todos, se trata de hechos y no de palabras. Nuestra historia conjunta abrirá cauce. Es un esfuerzo compartido que tiene un año nuevo de prueba, ojalá que finalmente feliz. Pero igual, también deseamos "feliz año" a los que no están o no estarán, sin embargo, en esto ya no cuentan.



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Alejandro Bruzual

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas. Cuenta con más de veinte publicaciones, algunas traducidas a otros idiomas, entre ellas varios libros de poemas, biografías y crítica literaria y cultural. Se interesa, en particular, en las relaciones entre literatura y sociedad, vanguardias históricas, y aborda paralelamente problemas musicales, como el nacionalismo y la guitarra continental.


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