Vicente Piñate ha dicho que, en breve,
Delcy "hará anuncios en materia salarial".
Espero que de eso y contratos hable y no de bonos.
El toro, pese su bravura, se desvanece.
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El salario, incluso para aquellos que se fueron a la guerrilla, sigue siendo, en teoría, algo importante y motivo de justicia; es, en muchos de ellos, un derecho no sólo por el trabajo, eso de la “venta de la fuerza”, sino por aquello que oyeron decir a otros, que llaman plusvalía. Para ellos pareciera que el asunto llega hasta allí. Por eso, les parece suficiente una ley, como aquella de la que escuchamos hablar en la década del 60, de escala móvil de salarios.
Aquel proyecto de ley, pues se quedó en eso, estaría destinado a que, llegado a cierto tiempo y de acuerdo a la relación precios y salarios, automáticamente, los patronos harían ajustes salariales. Entonces, habiendo esa Ley, los contratos y las luchas que estos suelen desatar y desataban, parecían no tener sentido.
En el seno de la izquierda tal objetivo tuvo simpatías y adherencias, pero también contrarios. Hubo algunos economistas que advirtieron acerca del peligro de tal norma. Si mi memoria no me falla – y miren que ella es buena cuando se trata de ir al pasado medianamente remoto, no al presente, pues el celular lo pierdo a cada momento – algunos talentosos economistas de la izquierda de entonces, entre ellos el carupanero Héctor Malavé Mata, advirtieron del peligro envuelto en aquella ley. Hablaron del riesgo de dejar todo sujeto a ella y su cumplimiento por parte del Estado y los patronos todos; pues eso implicaba rebajar y hasta paralizar las luchas obreras por los contratos, donde el salario se le definía como una importante “bujía”, por el cambio.
Pero en la década del 60, entre nosotros, por eso que llaman el “efecto ecuménico del proceso cubano”, que lo primero que hizo fue definir a su Estado y sociedad como socialista, inspirados en lo que había acontecido en la URSS, tomó fuerza la idea que el cambio de modelo de sociedad es como hacer un sancocho sólo con candela. Como montar la olla sobre tres piedras, entre estas colocar suficiente madera seca, prender fuego y esperar que, con esos elementos, se haga un sancocho de lo que uno quiera.
Dije sancocho, son vainas mías, de cumanés. Otro puede pensar en lo que quiera, que ese artilugio le cocine. Son cosas de gustos de cada quien y la libertad es primordial y hasta edificante. Pues mucha gente creyó y hay bastantes quienes todavía en eso siguen creyendo que, el cambio de modelo de sociedad es cosa de la simple voluntad y fuerza de una vanguardia. Entre aquellos combatientes de la década del 60, abundaban quienes decían que todas condiciones estaban dadas, lo “único que falta son bolas”. Las bolas implican arrojo y violencia; esta para defenderse y atacar. Y luego, llegado al poder, bolas para imponer normas que según ellos llevaban o mejor al movimiento y el cambio.
Entonces, de acuerdo a lo anterior, a la multitud, se ponía en fila, una vez la vanguardia asumía o asume el poder, se le califica y ordena, un poco como en la fábricas de humanos, sólo mirándolos a las caras, haciéndoles gritar consignas. De allí en adelante, el Estado empezaría a lanzar leyes, órdenes y todo marcharía sobre ruedas.
De acuerdo a esa extraña manera de percibir la vida, la realidad que, falsamente se la atribuyen a Marx, el cambio de modelo, que es un cambio global, como decimos los cumaneses, hasta “en la manera de caminar”, sería más bien el resultado de las órdenes dadas por esa vanguardia que, por la fuerza, se apodera del poder. Sólo fuego.
Esta concepción fortaleció aquello del “peligro del economicismo”, que se refiere y tiene sustento, cuando al trabajador sólo se le estimula a luchar por el salario y no a descubrir los secretos y mañas de un modelo que lo explota y determina. Y por no hacerlo, se conforma con reclamar aumento salarial y poco o nada en crecer intelectualmente y en capacidad crítica para favorecer el cambio global. Pues quienes intentaron poner énfasis en las luchas por los problemas inmediatos de la gente, como el salario, educación, etc., fueron descalificados con el adjetivo economicista; pues quienes optaron por la lucha armada, una de vanguardia y sin interés alguna para la gente toda, se valieron de aquella “mágica” palabra, casi sinónimo de reaccionario para intimidar y hasta restarle mérito a los luchadores sindicales. O a todo aquel que pusiese en el plano correspondiente el salario y los problemas comunes de la gente.
La idea de la vanguardia, una que llega al poder hasta de carambola y al azar, como en “Queimada”, que se le asigna la capacidad de decidir todo, aunque no tenga idea cómo hacerlo, tomó como demasiada fuerza.
En mi opinión, esto lo he dicho varias veces y desde hace tiempo, uno de los tantos errores del presidente Chávez, estuvo en tomarse para sí el derecho de aumentar los salarios, sin que para nada mediase la lucha sindical, de trabajadores. No es nada difícil comprobar que aquella conducta del entonces presidente, rebosante de buenas intenciones, fue como un soporífero para los trabajadores y la dirigencia sindical. Hasta como una domesticación.
Hay opositores, de un factor de la izquierda, que han venido reclamando los derechos contractuales y manejo justo del salario, pero en los tiempos de Chávez, también incurrieron en aquél error. Se hicieron cómplices.
En vida de Chávez y lamentablemente muerto él, los trabajadores, nos dedicamos a esperar determinadas fechas, sobre todo el 1° de mayo, por los aumentos de sueldos. Los contratos, con sus diferentes reclamos, si bien siguieron existiendo y firmándose hasta que, por la aparición de aquella cosa horrenda que llaman ONAPRE, a lo que no debemos amnistiar, perdieron todo interés. El Estado, con complicidad de la dirigencia sindical y hasta de los trabajadores, estos por la incompetencia de los primeros, asumió el derecho de decidir cuándo dar aumentos y hasta no darlos. Y, es más, hasta se llegó al extremo del congelamiento y los sindicatos, sin necesidad de represión, como pudiera decirse, se extinguieron o como decimos coloquialmente, “se borraron del mapa”. Los trabajadores y sindicatos renunciaron a su derecho y obligación de luchar por sus mejoras y cambios.
Por razones demasiado discutidas y hasta conocidas, por lo que luce innecesario volver sobre ellas, en Venezuela desapareció el salario o quizás sea más justo y conveniente decir, está “congelado”. Las sanciones estadounidenses, inflación y las depreciaciones de la moneda, hicieron de Venezuela un país extraño, donde los trabajadores no tienen salario, sino bonos.
Marx, si estuviera vivo, no sé cómo juzgaría esto, más cuando todo emergió en un estado de cosas, donde “marxistas” de fuera y dentro, han tenido influencia y hasta responsabilidad. Por supuesto, pese lo que dije, cuando hablé de Marx, si me sujeto a la dialéctica, seguro estoy que no sería partidario de apagar esa bujía, pese los conflictos que genere y hasta por ellos mismos; pues el cambio emerge en la medida que se agudizan las contradicciones. Y los cambios de modelo y sociedad, no están sujetos o comprometidos con personas y partidos, sino con la clase que los impulsa y anhela.
Al llegar aquí, es bueno volver sobre una reflexión antes hecha. La clase social y política, que más oposición ha hecho al gobierno, tanto que ha insistido en tumbarle desde el año 2000, no menciona para nada el salario y menos el incumplimiento o desactivación de los contratos de trabajo. Lo mira como algo que ella haría con interés, pero es preferible que lo haga el enemigo y llegado al caso, como que, si asumiera el poder, aquello mantendría con convicción e interés, culpando de eso “al gobierno anterior”. Lo que niega que, hay en ese mundo, individualidades que, si han luchado y reclamado, pero sin el apoyo de su dirigencia política. Esta sólo las usa para ahondar el descontento y sin comprometerse en nada.
Ahora, cuando las cosas toman un rumbo diferente y se habla de un aumento sustancial de los ingresos a mediano plazo, un poco más corto o más largo, Delcy Rodríguez, la presidenta encargada, habla de una constituyente laboral para abordar sus calamidades. No habló de revisar los salarios y contratos.
Habló de una opción, pese el nombre - eso de constituyente - con carácter vanguardista, siendo el salario un asunto inherente a los trabajadores todos y por áreas. Lo emergente e inmediato es un aumento salarial en correspondencia con los contratos y derogando lo relativo a las tablas de la ONAPRE.
En estos días, he estado leyendo noticias de un gran número de países de América Latina, donde se habla de discusiones acerca del salario mínimo. Lo que, en todo caso, no colide con el derecho de los trabajadores a contratar. ¿Por qué en Venezuela, un gobierno con una herencia distinta, se muestra reacio a abrirse ante un asunto que está en la cartilla de la lucha por el cambio?
“Normalizar” el salario en Venezuela, lo que debe abarcar reconocer el derecho de los trabajadores a contratar, una meta alcanzada bajo gobiernos de la IV República, y por muchos llamados de la “derecha”, es una obligación del gobierno, tanto desde el punto de vista del derecho, la justicia y hasta los sueños de quienes ansían una sociedad justa y equilibrada.
Hoy he leído unas declaraciones del Ministro del Trabajo, Vicente Piñate, en las cuales dijo que, el gobierno tiene previsto hacer en breve anuncios en materia salarial y, como para darle dramatismo a un asunto ya de por sí muy dramático, agregó “aunque no me corresponde a mi anunciarlo”.
https://www.aporrea.org/
Esperemos, es lo sensato, para reactivar las luchas populares por el cambio, se activen y reanimen las luchas por el salario, los contratos colectivos, pues es como prender el fuego al sancocho, pero en este caso, uno donde en la olla hay verduras, aliños, pollo, carne o pescado y hasta quienes soplan el fuego.
Pero también, viendo el acontecer desde la perspectiva de quienes, estando en el gobierno, no se conforman con lo que eso significa y reporta personalmente, sino que aspiran a cumplir, hasta donde le es posible y real, la tarea inmediata que demandan los bellos sueños, lo pertinente es encontrar la forma de recomponer los salarios y reactivar el derecho a la contratación, pues es una manera de dejar el fuego inherente al cambio encendido. O lo que es lo mismo, esa espada hay que desenvainar como corresponde a quienes anhelan el cambio.