Francisco en cuarentena (1)

A Francisco lo agarró la cuarentena en Caracas. Para un hombre de pueblo, de vida insertada en la dinámica del interior del país, en un ámbito semiurbano, estar en la capital no es fácil. Más aún, cuando ésta se encuentra bajo un proceso de emergencia y su población recluida en cuarentena.

¡Parecía un león encerrado, dando vueltas por la casa! - "¡Cónchale… tu como que tienes piquiña, que no te puedes quedar quieto!" - Le decía Mariíta en tono de cariño y reproche. Francisco se le quedó mirando sin decir palabras. Bajó la cabeza como muchacho regañado, se sentó mirando a su alrededor, en silencio, mirando por la ventana las viviendas del barrio apiñadas en el cerro. Evocó los recuerdos de su pueblo; seguía en silencio, como si temiera interrumpir las imágenes que afloraban en su mente.

– ¡Ah mundo! - Exclamo Francisco; como evocando la hora en que había llegado a Caracas! Sus recuerdos cruzaban todo su espacio y tiempo existencial. Aquel día, tempranito cerró la puerta del rancho y se hecho la calle. Todavía quedaba tiempo para la salida del youtong y la aparición de la bandada de loros, que cada día, con su algarabía característica, despertaban a los que aún permanecían en sus camas. En su marcha saludó algún vecino que a esa hora ya hacia la fila para recoger el número que le permitiría viajar a la ciudad vecina. Llegó a la autopista y se puso a un costado a esperar que pasara un carro que le pudiera llevar a la capital de la república.

No fue allí por gusto; al contrario, debía cumplir con un compromiso. Su compadre había partido a otra vida y su deber era despedirlo. ¡Los compromisos son los compromisos! Ya en Caracas, la separación con su pueblo le habían hecho tomar conciencia de lo mucho que lo extrañaba y necesitaba. Estaba fuera de su habitad, respiraba otra naturaleza, se sentía extranjero en su propia tierra. Su ser se transformaba en la otredad de aquella compacta y amplia multitud que se desplazaba de un lugar a otro, sin detenerse. -"Andan como apurados, caminan sin ver pa ´los laos", - se decía Francisco.

Cumplido el compromiso de despedir a su compadre en viaje a "mejor vida", Francisco aprovechó su estadía en Caracas para hacer unas "diligencias personales". Debía arreglar papeles en la Empresa donde había trabajado; aclarar algunas cuestiones con el Seguro y comprar algunos encargos médicos para su vecina Carmen. Así pues, Francisco empezó a recorrer las calles caraqueñas.

Encontró la ciudad con un clima sobrio. La Caracas pintoresca, bulliciosa, "jacarandosa", se había esfumado. No había ni sombra de los cuentos con que algunos "personajes" del pueblo daban cuenta de ella. Esos que se las daban de conocedores de mundo; esos que dicen que son "cosmopolitas" o algo así. – Decía Francisco. Definitivamente la ciudad era otra.

Habían declarado la cuarentena y Francisco no había entendido del todo sus implicaciones. Tomó conciencia de ello cuando fue a tomar el Metro y encontró abierto sólo uno de varios de sus accesos. Habían apostado, tras una barrera a tres militares y una operadora. Uniformados, con guantes, gorras que cubrían sus cabezas, lentes oscuros y un tapaboca, parecían personajes de la guerrilla zapatista mexicana. - ¿Su salvoconducto?, pregunto la operadora con voz firme e intransigente. Francisco se asustó. -¿Qué qué? Respondió Francisco de manera automática. – ¡Sólo se puede ingresar al sistema con guantes, tapaboca y un salvoconducto!; - ripostó la operadora.

Francisco renuncio a su intensión de usar el metro y siguió su marcha calle arriba. Se preguntaba. ¿Lo de la pandemia será una guerra? ¿Contra quién? ¿Y entonces, además del virus, el enemigo quién será? Era muy poco el tránsito de vehículos; pasaban despacio, con los vidrios cerrados y oscuros; por tanto, no se sabía quién iba dentro. Las calles estaban apenas transitadas por algunos peatones que circulaban con paso apurado, con gorras y tapabocas. Era extraño, … -¡Aquí la gente siempre ha vivido en la calle a toda hora! – Se dijo Francisco a sí mismo. Era como estar en una ciudad que sus pobladores la habían abandonado; recordaba a Saramago y su novela "Ensayo sobre la locura".

Al llegar a una esquina, donde desembocaban varios canales de calles principales y secundarias, se encontró con una alcabala militar. Conos amarillos y rojos, además de trípodes con pancartas alusivas al tránsito y la crisis cubrían las bocacalles y la avenida central. Una tanqueta y un par de patrullas estacionadas en el centro de la avenida mostraban la presencia intimidatoria de los Militares. Francisco recortó aún más el lento paso que llevaba; se pegó más a la pared del costado de la acera y paso lo más alejado que pudo de los militares, como si fuera huyendo.

Superado el obstáculo de la alcabala militar, aligero el paso rumbo a las oficinas del Seguro y la Empresa donde había trabajado. La información que necesitaba no la consiguió; por tanto, el trámite no lo pudo hacer. Había poco personal en la oficina por el coronavirus; pregunto, más ningún empleado sabía darle información. El encargado no está, dijeron. En la Empresa, en "Recursos Humanos" le "informaron" que ellos ya no llevaban el control de esa cláusula del contrato colectivo, que todos los recursos asignados a esa cláusula la administraba el sindicato. Que "ellos no tenían nada que ver con eso".

Francisco regreso a casa de su compadre con las "tablas en la cabeza". El camino le permitiría un largo trecho para reflexionar y así lo hizo. -"¡Claro esta! –Dijo Francisco después de andar varias cuadras. "El sindicato y la Empresa se pusieron de acuerdo para presionar a los trabajadores que critican y que están en contra del sindicato y las arbitrariedades de la empresa. Los que identifican que no están de acuerdo o están fichados como sospechosos les niegan los beneficios del contrato y los sacan de los listados por cualquier pretexto. Mientras más trabajadores saquen de los listados, mayor será el beneficio que se repartirán los del sindicato".

Francisco añoraba su tierra, su gente y la cotidianidad de sus costumbres; era el mundo al cual pertenecía. No había duda; siempre la había sentido así, a pesar que alguna vez se quejó de él; incluso ahora añoraba hasta aquellos vecinos que muchas veces se le hacían insoportables. Hoy ese sentido de pertenencia latía con mayor fuerza, se le manifestaba con un mayor énfasis. Añoraba el verde paisaje y su inmensa planicie presta para la agricultura que no la desarrollaban, que estaba en espera de acciones de gobiernos que la reivindicaran.

Añoraba sus montañas plantadas hacia el Nor-Oeste ya que al este la cordillera se diluía en los predios del mar. La temperatura y el sol transparente hacían sentir el calor con una sensación pegajosa en la piel, debido a la traspiración de la vegetación que hacía que se adhiera las ropas a los cuerpos. Eran signos que identificaban esa tierra. La sentía, tanto en el colorido que impactaba sus ojos, como el olor a tierra y su vegetación que crecía a ritmo de estación tropical. Paisaje que bajo un cielo generalmente despejado, cuyo azul era manchado por la blancura de algunas nubes que adquiriendo la forma de figuras geométricas convertían en lienzos el azul pintado del cielo.

Se encontró pues, que Caracas estaba bajo un régimen de control especial, de emergencia, con su población enclaustrada. Caracas daba la sensación de una desolada ciudad en estado de guerra, cuyos habitantes temerosos esperaban la aparición de un enemigo invisible. ¡Francisco estaba desorientado, sin norte! Sin embargo, el anhelo de vivir su vida como siempre la había vivido, y no de esta manera tan extraña, marchitó el sueño de vivir una vida de progreso como siempre lo había representado Caracas. Su sueño de país se lo habían postergado para más adelante. Francisco inició la espera con la esperanza de terminar, de alguna manera, con la pesadilla de la cuarentena.

Notas.

(1). Para información adicional puede consultar la sección Crónica Banana City en el Blog «América en su Historia, Literatura, y Filosofía», a través de la dirección: «americaseryliteratura.blogspot.com».



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Luís Enrique Villegas


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