El cínico Uribe

Los mandatarios colombianos y sus acólitos parecieran cortados por la misma tijera. Tienen un fenotipo que los identifica: son blanquitos, de sonrisa plástica, modales casi amanerados y pisan pasito, por supuesto. Eso que llaman lenguaje corporal es cónsono con su modo de pensar.

Hipocresía en pasta, pues.

Provenientes todos de clases acomodadas, están atornillados al poder de una manera que los distingue del resto de sus colegas del continente. En su país, hace sesenta años las clases populares pretendieron hacer que las cosas cambiaran y desde entonces, miles de asesinatos por delante, esa oligarquía se ha instalado en el gobierno apelando a la cruenta práctica del paramilitarismo, al exterminio incesante de rebeldes, incluidas poblaciones enteras, con la anuencia del Estado colombiano.

En el interín, floreció la más próspera industria de los dos últimos siglos, el narcotráfico, protegida y alimentada para nutrir la adicción de los pobladores del primer mundo, léase Norteamérica y Europa, también bajo el amparo cómplice de unas autoridades que se han enriquecido del lucrativo negocio. Ese par de juntas, el paramilitarismo y el narcotráfico, nunca han sido verdaderamente perseguidos.

Cualquier aguaje al respecto, no es más que puro formulismo para parapetear la imagen neogranadina ante el resto de mundo.

Aquí se han refugiado nada menos que cuatro millones de colombianos. Han venido huyéndole al hambre y a la violencia. Pocos países latinoamericanos confrontan una situación similar: la de ver su población incesantemente incrementada producto de una inmigración en estampida.

Una decena de colombianos resultaron muertos en Táchira, aparentemente a manos de paisanos suyos. Nos están trasladando su tremendo rollo hacia acá y al cínico de Uribe no se le ocurre otra cosa que hacer un llamado internacional al Presidente Chávez para que garantice "la paz" en la frontera. Nuestro vulgo tiene una frase muy expresiva para llamar situaciones como ésta. El decoro impide usarla aquí. Pero, francamente, se necesitan unas cuantas dosis de "hipocrilina" para no mandarlo al mismísimo infierno.


Mlinar2004@yahoo.es


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Mariadela Linares


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