La conspiración alienante y las luchas paralelas de los pueblos

Fruto de la conspiración alienante de los poderes hegemónicos del mundo, la mayoría de los seres humanos no tienen en la actualidad suficiente confianza en sí mismos, tanto para imaginar como para emprender y, menos, encabezar, en beneficio de todos, una transformación estructural de la sociedad en que moran. Como escribe Fernando Buen Abad, «están intoxicados con odio y rabia y muchos son incapaces de identificar correctamente los estragos que la burguesía ha hecho en sus gustos, en sus personalidades, en sus amores y en sus sueños». La idea central de quienes controlan las finanzas y el poder hegemónico es moldear en toda la población mundial un comportamiento insensible, crédulo, obediente y carente de humanidad y de empatía; siguiendo sus directrices, intereses y matrices de opinión, seguros de su capacidad para influir en el comportamiento individual y colectivo. Esto ha logrado que las tendencias más retrógradas o conservadoras, como el ensalzamiento de la riqueza (según ello, los multimillonarios tecnológicos exitosos son el mejor ejemplo a seguir), del poder (Trump, Bolsonaro, Bukele, Milei) y de la virilidad tradicional (las mujeres no tendrían más que dedicarse a la procreación y los oficios del hogar) marcan la pauta de muchos que, escudándose en la preservación de los valores tradicionales, tomados como esenciales para la existencia de la sociedad, esconden sus más recónditos miedos frente a los diferentes cambios que se han generado, por establecer alguna cronología, en los últimos treinta años.
 
En su artículo «Por qué los datos no frenan los bulos: nuestra indignación moral es el combustible de las noticias falsas», Antonio Ríos Ron destaca que «en las redes sociales las noticias falsas corren como la pólvora y los desmentidos con datos se abren paso a ritmo de tortuga. Un nuevo estudio liderado por el psicólogo de la Universidad de Princeton Killian McLoughlin, y publicado en la revista Science, explica este fenómeno y demuestra que el combustible que alimenta los bulos es la indignación moral: las publicaciones en las redes sociales que contienen información errónea provocan más enfado que las que tienen información fiable y esa respuesta emocional facilita su difusión». Según eso, el resentimiento, el prejuicio y la ignorancia hacen que muchos individuos actúen de forma irracional, sin atender ni permitir argumentos que contradigan sus convicciones; cuestión que se incrementa exponencialmente gracias a los diferentes medios de difusión existentes, varios de ellos dedicados a una labor fundamentalmente propagandística, apelando a medias verdades y, generalmente, a mentiras de la más burda formulación. El ejemplo más inmediato es lo hecho con Venezuela y su presidente Nicolás Maduro.
 
En «Generación ofendida: De la policía cultural a la policía del pensamiento», libro de la periodista y feminista militante francesa Caroline Fourest, su autora establece que «el problema del “derecho a la diferencia” es que, en lugar de borrar los estereotipos, los consolida y termina provocando una disputa entre identidades». Así, se produce la situación inversa con aquellos individuos que son objeto de la intolerancia y del racismo más crudos; llegando a establecer límites y opiniones que niegan, discriminan o hacen ver al resto que no comparte su forma o visión de la vida como seres malévolos o predispuestos a dañarlos moral y físicamente. Esto ha facilitado, aunque no se crea, que una parte de este resto de individuos pueda agruparse y actuar en su contra al recurrir a la moral establecida durante siglos sobre la sociedad en que viven. No justifica su homofobia, su xenofobia, su misoginia y, menos, su segregación racial. Pero, sí en parte coadyuva, indirectamente, al no estar consciente de ello, a mantener sin riesgo la hegemonía de los sectores dominantes, quienes consienten en que se visibilicen, evitando una comprensión objetiva de cuáles son las bases que sustentan tal hegemonía.
 
En muchas naciones, los ejércitos y las policías se atienen a una moral que solo es aplicable o protege a quienes son considerados personas. En el resto, como ocurrió (ocurre) con la gente de la izquierda revolucionaria, los afrodescendientes, la comunidad LGBTQ+, los movimientos campesinos y ecologistas, los palestinos, los kurdos, los zapatistas, los mapuches y los inmigrantes en general, esta moral no tiene por qué ser observada, ya que -para quienes dirigen la sociedad- se trata de seres a los que se deben controlar, reprimir y someter, dada su persistencia en diferenciarse de aquellos que sí aceptan (pasivamente, generalmente de una manera subconsciente) el orden establecido y responden a sus valores primordiales. Por eso se les tacha de estar al margen de la ley y, como tales, son víctimas de la violencia institucionalizada, despojándolos de su condición humana, como observamos en Estados Unidos, Chile, Palestina, Argentina y Europa occidental, con el uso sádico y excesivo de la fuerza física y de armas de fuego, en lo que es una evidente violación de los derechos humanos, consagrados en cada Constitución nacional y en la Declaración de la Organización de las Naciones Unidas, pero que son vistos como una cosa normal y necesaria para conservar la paz social. Esto conforma, si lo percibimos con minuciosa atención, una nueva lucha de resistencia, antistémica, antiautoritaria y antiimperialista, que no podrá emprenderse desde un solo lugar sino simultáneamente en diversos lugares y en muchos frentes.


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Homar Garcés


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