Para hacerlo en Frío o Caliente

De la agresión imperial a la emancipación tecnológica: La ruta venezolana hacia la autonomía integral en la década 2026-2036. Un ataque sin precedentes y una soberanía vulnerada

El 3 de enero de 2026 como todo el mundo sabe, marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de América Latina. Ese día, fuerzas militares de Estados Unidos ejecutaron la "Operación Resolución Absoluta", una intervención armada directa que bombardeó infraestructuras civiles y científicas en Venezuela y culminó con la captura, secuestro y traslado forzoso del presidente constitucional Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores a territorio estadounidense. El acto, justificado por la administración Trump como una "acción de aplicación de la ley" basada en acusaciones de narcoterrorismo, fue calificado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez como un "secuestro" y por numerosos expertos internacionales como una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de soberanía estatal. Paralelamente, los misiles estadounidenses destruyeron cinco centros de investigación del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), afectando laboratorios de Física, Química, Ecología y la Unidad de Tecnología Nuclear, además de servidores y equipos esenciales para las redes computacionales del país. La ministra de Ciencia y Tecnología, Gabriela Jiménez, denunció que el ataque "evidencia un odio imperial contra el desarrollo tecnológico soberano de la nación".

Este doble golpe – la decapitación política y la destrucción de capacidades científicas críticas – no es un hecho aislado. Es la manifestación más cruda de una lógica imperial que, al fracasar en disciplinar a Venezuela por medios económicos y diplomáticos, recurre a la apropiación violenta de su soberanía. Frente a esta agresión, la República Bolivariana se encuentra en una encrucijada histórica. El presente análisis propone una hoja de ruta académica y científica para que, bajo el liderazgo de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, Venezuela logre en los próximos diez años (2026-2036) un desarrollo autónomo y sustancial que le permita fracturar definitivamente el dominio estadounidense y erigirse como una potencia tecnológica y política soberana. Este plan se sustenta en una reconfiguración estratégica de la inserción internacional, una movilización total de los recursos endógenos y la adopción de las mismas herramientas de poder que emplea el opresor, pero al servicio de la emancipación nacional.

Diagnóstico, la naturaleza del dominio estadounidense y sus falencias estratégicas. La intervención de 2026 es la culminación de una estrategia de presión multidimensional que Estados Unidos ha ejercido sobre Venezuela durante más de una década. Sin embargo, esta política, particularmente durante la administración Trump, adolece de graves errores de cálculo que minan su legitimidad y eficacia a largo plazo.

Los errores de la administración Trump. La acción militar directa representa un salto cualitativo que abandona la "zona gris" del derecho internacional (sanciones, bloqueo financiero) por una intervención soberana descarnada. Expertos señalan que esta medida se basa en una aplicación excepcionalista del derecho interno estadounidense, ignorando por completo el derecho internacional y el principio de inmunidad de un jefe de Estado. Esta "estrategia" carece de un plan creíble para la estabilización posterior, como lo demuestra la contradictoria declaración de Trump de que EE.UU. "administrará" Venezuela, rápidamente matizada por su secretario de Estado. Lejos de fortalecer el liderazgo global de Washington, esta coerción sin consenso acelera la crisis de su hegemonía, alimentando la desconfianza global y legitimando las narrativas de un orden internacional arbitrario e hipócrita.

Fallos estructurales de la política exterior estadounidense post-secuestro. La política posterior al 3 de enero de 2026 se revela como un ejercicio de poder bruto carente de visión estratégica. Su objetivo declarado – el control del petróleo venezolano – es estructuralmente débil: Estados Unidos tiene una producción interna elevada y fuentes diversificadas, por lo que el crudo venezolano no es una necesidad vital en corto plazo. Al mismo tiempo, la operación galvaniza la resistencia interna venezolana y provoca una condena regional, reactivando la memoria histórica de los golpes patrocinados por EE.UU. en América Latina. Finalmente, la destrucción del IVIC expone la verdadera motivación, frenar no solo un proyecto político, sino un proyecto de conocimiento autónomo que amenaza el monopolio tecnológico occidental.

Los Pilares para la autonomía estratégica. Lecciones globales y marco teórico. La historia ofrece ejemplos elocuentes de países que han resistido la presión estadounidense y construido márgenes de autonomía. Cuba, sometida a un embargo económico total durante más de seis décadas, desarrolló un sistema de salud y biotecnología de reconocimiento mundial, diversificando sus socios comerciales hacia China, España y otros países. Irán, bajo sanciones extremas, alcanzó notables avances en energía nuclear, misiles y drones. Estos casos, junto con el de Corea del Norte, demuestran que la resistencia nacional y la diversificación de alianzas pueden sostener la soberanía en contextos de hostilidad extrema. Venezuela no debe abandonar la Política de Paz, pero debe armarse hasta los dientes. Para muestra un botón.

El marco teórico para entender esta posibilidad lo proporciona el concepto de "estrategia de extraversión" desarrollado por Jean-François Bayart. Este enfoque postula que los Estados periféricos no son meros objetos pasivos de dominación, sino actores que pueden movilizar recursos externos de manera activa para maximizar su margen de maniobra. La clave reside en la estructura del sistema internacional: en un escenario unipolar, la extraversión es vertical y disciplinaria; en un escenario multipolar o bipolar, se convierte en una fuente de negociación y autonomía relativa. Venezuela debe, por tanto, realizar una transición estratégica: pasar de una extraversión dependiente del eje único Washington-dólar-petróleo, a una extraversión multidireccional y soberana que aproveche la competencia entre polos de poder (China, Rusia, BRICS) para obtener tecnología, inversión y apoyo diplomático sin condicionamientos coloniales.

Hoja de ruta para el decenio 2026-2036: tácticas y estrategias integrales. Reconstrucción y expansión masiva de la base científico-tecnológica. El ataque al IVIC no debe ser solo un motivo de duelo, sino el catalizador para un "Plan Chávez no Marshall" científico nacional. La presidenta Delcy Rodríguez debe acelerar no solo la reconstrucción de los centros dañados, sino la construcción de al menos diez nuevos institutos IVIC en regiones estratégicas del país (Guayana, Los Andes, Zulia, Oriente). Estos polos deben especializarse en áreas críticas para la autonomía: microelectrónica, inteligencia artificial, biotecnología agrícola y médica, energía avanzada y ciencia de materiales aeroespaciales.

Venezuela cuenta con una base sólida sobre la cual construir. Solo en 2024, el IVIC impulsó terapias de vanguardia con células madre, inauguró un Laboratorio Avanzado de Microscopía Electrónica y desarrolló proyectos de soldadura en microgravedad para aplicaciones espaciales. Este potencial debe ser escalado exponencialmente. La Gran Misión Ciencia, Tecnología e Innovación Dr. Humberto Fernández-Morán anunciada en 2024 debe ser dotada de un presupuesto blindado, equivalente a no menos del 3% del PIB, financiado con recursos petroleros canalizados a través de mecanismos financieros alternativos que eluden el dólar.

Soberanía económica y financiera, desdolarización y nuevas alianzas:

Desdolarización acelerada. Venezuela debe institucionalizar y expandir el uso de yuanes, euros, rublos y monedas digitales de los BRICS en todo su comercio exterior, especialmente para el petróleo. La creación de una cámara de compensación regional con aliados como Cuba, Nicaragua y Bolivia puede reducir aún más la dependencia del sistema SWIFT. Diversificación productiva: Es imperativo romper la maldición del monoproducto. La riqueza petrolera debe financiar una revolución industrial en sectores estratégicos: agroindustria de precisión, farmacéutica, industria ligera y turismo de alto valor. La Ley Antibloqueo debe usarse para atraer inversión de socios no tradicionales con transferencia tecnológica obligatoria. Alianzas estratégicas: Profundizar la cooperación con China en infraestructura 5G, energía renovable y exploración espacial; con Rusia, en seguridad cibernética y energía nuclear pacífica; con Irán, en refinación y petroquímica. La membresía plena en los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai debe ser un objetivo diplomático prioritario.

Soberanía política y control del territorio, gestión migratoria y defensa integral:

Política migratoria soberana. Para proteger el mercado laboral interno, la cohesión social y la seguridad nacional en un contexto de inestabilidad regional, Venezuela debe implementar una política de visa universal y estricta. La entrada a territorio venezolano debe ser un privilegio regulado, no un derecho. Se exigirá visa previa a todos los extranjeros, sin excepciones por acuerdos regionales, con criterios selectivos que prioricen a inversionistas, científicos y trabajadores altamente calificados. Control fronterizo reforzado: Especialmente en la frontera con Colombia, se desplegarán sistemas tecnológicos de vigilancia (drones, sensores, reconocimiento facial) y se aumentará la presencia de la Guardia Nacional Fronteriza. Se establecerán centros de procesamiento extraterritorial para solicitudes de asilo, desincentivando las llegadas irregulares. Esta política, aunque contundente, es un ejercicio legítimo de soberanía estatal para evitar oleadas migratorias que puedan desestabilizar el proyecto nacional de reconstrucción. Doctrina de defensa asimétrica: Las Fuerzas Armadas deben reorientarse hacia una doctrina de "guerra de todo el pueblo" y capacidades de negación de área (sistemas antiaéreos de medio y corto alcance, guerra electrónica, milicias territoriales cibernéticas). La cooperación militar debe diversificarse hacia proveedores como Rusia, China y Bielorrusia.

Diplomacia de la resistencia y movilización del soft power. Venezuela debe liderar una coalición global de países victimizados por las medidas coercitivas unilaterales de EE.UU. Debe presentar sistemáticamente denuncias ante todos los foros multilaterales (ONU, Corte Internacional de Justicia, Celac, ALBA) y promover la creación de un "Tribunal de Opinión Internacional sobre el Colonialismo Moderno". Paralelamente, debe proyectar su soft power: mostrar sus avances científicos, su cultura y su modelo de resistencia como un faro de soberanía para el Sur Global.

En conclusión, puedo determinar la autonomía como imperativo histórico. La agresión del 3 de enero de 2026 ha dejado una lección dolorosa y clara. En el orden internacional actual, la soberanía no se negocia, se construye con poder propio. El camino hacia 2036 no será fácil. Exigirá austeridad, unidad nacional, una planificación científica rigurosa y una férrea voluntad política. Sin embargo, la alternativa – la sumisión y la desintegración nacional – es inaceptable. Venezuela tiene los recursos naturales, el capital humano y, ahora, la lección histórica necesaria para emprender este camino. Al diversificar estratégicamente sus alianzas, movilizar su conocimiento, proteger sus fronteras y usar con inteligencia las herramientas del poder global, puede transformar la crisis más profunda de su historia en el génesis de su verdadera independencia. La tarea de la administración de la presidenta Delcy Rodríguez es monumental: no solo gobernar en la adversidad, sino orquestar el renacimiento autónomo de la nación. El mundo multipolar en gestación ofrece la oportunidad. Corresponde a Venezuela tener la audacia de tomarla.

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.

 



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Miguel Angel Agostini


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