Otra pesadilla americana

En los días que estuvimos en la misión venezolana que acompañó al presidente Maduro a la Cumbre del Cambio Climático de las Naciones Unidas tuve la oportunidad de conversar, varias veces, con personas que hacen vida en el servicio diplomático venezolano. Desde los representantes políticos, hasta el personal de mantenimiento. De todas ellas, recuerdo particularmente al chofer de la misión venezolana que se encargó de nuestro traslado durante la visita.

Era de origen colombiano (antioqueño), el chofer. Cruzó la frontera nadando, pasando el río, con coyote, pagando su paso por la frontera de México hacia los Estados Unidos. Un mojado.

Dejó la familia atrás y se fue instalando. Después de un tiempo, logró llevársela a Nueva York. Tiene catorce años trabajando en la misión venezolana, y pasa verdaderas dificultades para "estar al día" con impuestos que en moneda norteamericana, le resultaban impagables. Tuvo que llegar a un acuerdo para pagar en cuotas.

Pero éste no era para él –me cuenta– el problema más grave. Después de catorce años comprende que tiene una familia disgregada. Que abandonó, dejó su casa en Medellín arrendada hasta que logró traerse al resto de la familia. El compañero se dio cuenta de que el principal motivo por el cuál quiso cumplir "el sueño americano" en realidad no existe.

El sueño se queda en abstracción porque en la práctica él trabaja doce, catorce horas diarias. Cuando llega no encuentra a nadie con quien conversar, echarle el cuento de cómo fue su día; no tiene con quien compartir la cena. Y tampoco el desayuno. Cuando se levanta, todos se fueron; cuando llega a la casa, todos duermen.

Todo aquello que había soñado, todo aquello que arriesgó al momento de dejar su tierra atrás, no lo consiguió. "Yo vine buscando el sueño americano y lo que me encontré fue con una pesadilla", me dijo sin variar el tono.

"Después de tantos años lo que ahora aspira mi familia es regresar a Colombia. Nunca tenemos nada, sólo tenemos deuda, pero además como familia no logramos estar unidos". Con franqueza y transparencia, y de viva experiencia, el compañero lo llamó de forma demoledora: una pesadilla.

Es algo que se ve en estas ciudades: ellos aquí siempre son extranjeros. Podrán integrarse entre ellos, entre los grupos latinos, pero por los otros ojos siempre serán vistos como migrantes que aspiran integrarse a una sociedad que los excluye pero que sin ellos, además, el motor económico que la moviliza, no existiría.

En el mismo recorrido, mientras avanzaba la conversa, irremediablemente recordé otra historia que también narra otra parte de la misma pesadilla. Habla más de la imposibilidad de tener seguridad social en los Estados Unidos.

Un grupo de la misión venezolana en un restaurante cerca de la misión, conversamos con una señora ecuatoriana, mesonera en el lugar. Como ella, la mayoría del personal que ahí trabaja son inmigrantes. Ellos no reciben un sueldo, su pago es el porcentaje del servicio que luego es repartido entre todos. Eso significa que en un día en el que coma poca gente el pago es menor. Y se ponen en riesgo las obligaciones del mes.

"Yo después de tantos años trabajando acá en Nueva York, estoy pagando seguridad social pero en Ecuador, con lo que aquí cotizo, nunca podré tener un seguro digno para lo que me quede de vida. Estoy pagando por mucho menos un seguro allá (en Ecuador) que me permitirá regresar".

Ella también trabaja catorce, dieciséis horas para que en veinte, treinta años pueda regresar y vivir con seguridad social. Otra versión de la pesadilla, le comenté al compañero.

De la fulgurante Nueva York, del mito, del éxito, les queda "solo mirarla", como me dijo. Acceder a ese universo les resulta impagable.

Y serán extranjeros en esa tierra, pero de ambos también pude escuchar que entre ellos, la comunidad latina, no sólo se reúnen para los momentos difíciles, sino que también, con esa misma gente comparten los momentos felices. Entre ellos no hay extranjeros.

Muchas personas todavía creen que es en Venezuela donde suelen ocurrir esas aberraciones. Y así, atraídas por el espejismo de las sociedades de los países más industrializados, creyendo que los recibirán con los brazos abiertos y que contarán con todos los beneficios y seguridades, huyen, ciegos, sin valorar que en nuestro país cuentan hasta con mayores garantías de estabilidad para ellos y sus familias.

Ni el compañero colombiano de la misión, ni la compañera ecuatoriana a la hora de una emergencia de salud pueden acudir a un sitio sin pagar, van sin poder contar con ninguna clase de apoyo.

De regreso a nuestra patria, recordé aquella extraordinaria novela de John Kennedy Toole, La Conjura de los Necios, cuyo personaje, apoyado en el contrafuerte del mito consumista norteamericano, elaboró un expediente demoledor contra esa cultura del trabajo y se convierte en su propia víctima para, luego, en la vida real, y en el desolador anonimato, terminar suicidándose, creando así una de las paradojas más terribles de su época: su obra fue galardonada por el premio Pulitzer en 1981.

Orfandad, desprecio, negación a la condición humana, esa es la pesadilla americana.

Misionverdad.com

 

 

 



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Miguel Leonardo Rodríguez


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