De cómo pudieron haber asesinado a Hugo Chávez (IV)

Continuamos dando algunos elementos, indicios que pudieran orientar una verdadera investigación con el rigor científico que el caso requiere, sobre la muerte de nuestro Comandante Eterno y Supremo de nuestra Revolución Bolivariana, Hugo Chávez Frías, tomando en cuenta los elementos que se desprenden del libro "Las armas secretas de la CIA", del periodista Thomas Gordon.


En la entrega anterior, habíamos cerrado con confesiones de pilotos de la Aviación estadounidense que habían participado en la Guerra de Corea, y arrojaron las denominadas "bombas de gérmenes", aunque un tiempo después, dichos pilotos trataron de desmentir la misma confesión que habían hecho. De hecho, dichos pilotos habían descrito con lujo de detalles los tipos de bombas que habían transportado para dispersar gérmenes y los diversos vectores que habían usado. Habían dado detalles acerca de las bases de las Fuerzas Aéreas estadounidenses desde las que habían despegado y del número de misiones que habían llevado a cabo antes de ser derribados por los norcoreanos. Una de las confesiones hechas describía que "la bomba bacteriológica más usada era la de 250 kilos. Cada una tenía una serie de compartimentos para contener diferentes tipos de gérmenes. Pulgas y arañas estaban separadas de ratas y topillos".

Para entonces, Fort Detrick se había volcado en cuerpo y alma a crear un enorme arsenal bacteriológico. Estados Unidos había renunciado a la idea de no usar las armas bioquímicas más que como represalia. Un documento confidencial, “Doctrina de las Fuerzas Armadas concerniente a la defensa y a la utilización de armas químicas y biológicas”, preparado por el Pentágono, afirmaba “en lo sucesivo, la decisión de que las fuerzas estadounidenses utilicen armas químicas y biológicas debe ser sólo de Estados Unidos”. La política de contraatacar había sido sustituida por la de asestar el primer golpe.

El doctor Gottlieb y sus científicos empezaron a crear juegos de guerra en los que China era el enemigo. En un memorándum que había enviado el general de brigada J.H. Rothschild (pariente lejano de la familia de banqueros muy famosa por cierto), al mando de Fort Detrick, Gottlieb decía: “La guerra biológica puede tener un importante papel como elemento disuasorio para evitar que China inicie una guerra. China está sometida a olas de frío polar: de octubre a marzo, el aire frío baja desde Siberia hasta las populosas zonas costeras chinas. De mayo a agosto, el monzón estival forma una capa de 3.000 metros de espesor que va desde el mar de China y el océano Pacífico hasta esas mismas zonas. Es posible introducir agentes biológicos por aire o por el agua en cualquiera de estas regiones. El ántrax o la fiebre amarilla serían apropiados”.

En 1951, un equipo de científicos de la CIA encabezados por el doctor Gottlieb voló a Tokio. Cuatro japoneses, de los que se sospechaba que trabajaban para los rusos, fueron llevados en secreto a un anexo en el que doctores de la CIA les inyectaron varios fármacos depresivos, estimulantes durante un período de veinticuatro horas. Privados de sueño, los hombres se desorientaron. Sometidos a un interrogatorio despiadado, confesaron que trabajaban para los rusos. Los llevaron a la bahía de Tokio, les pegaron un tiro y los lanzaron por la borda. Ese mismo equipo de la CIA voló a Seúl, Corea del Sur, donde se repitió este mismo experimento con veinticinco prisioneros de guerra norcoreanos. Se les pidió que condenaran el comunismo, a lo que se negaron. Fueron ejecutados.

Al doctor Gottlieb se le consideraba el experto en venenos de Fort Detrick, y cuantos más esótericos, mejor. Había explorado las junglas de Africa, de Centroamérica y Asia en búsqueda de nuevas y mejores toxinas para matar. Su opinión acerca de matar estaba muy clara. “Normalmente matar está mal, pero si está en juego la seguridad de Estados Unidos, es aceptable. La decisión de matar no debe tomarse a la ligera; pero una vez tomada, hay que llegar al final: no es momento de plantearse dudas morales”, escribiría tiempo después.

En la silla de respaldo de la oficina del doctor Gottlieb había una pequeña vitrina llena de frascos y botellas que contenían insectos y pedazos de hongos conservados en soluciones. Se trataban de varios de los especímenes que el doctor Gottlieb había reunido de sus expediciones por América Central y del Sur en busca de agentes botánicos capaces de matar.

En la década de los 50 del siglo pasado, Sidney Gottlieb trabajaba en ese momento en dos grandes frentes. Uno era descubrir como lavaban el cerebro a la gente los chinos y los rusos. El otro era seguir desarrollando un arsenal biológico para hacerles frente. Fort Detrick se había empleado considerablemente desde su llegada a las instalaciones. Las cuadrillas de obreros habían construido nuevos laboratorios para las decenas de científicos y técnicos que eran reclutados. Se habían levantado viviendas para sus familias tras las alambradas con carteles que prohibían sacar fotos. Guardias armados patrullaban el perímetro.

La División de Operaciones Especiales (SOD) tenía su sede en una edificación alargada y baja de bloques de cemento pintada de un incongruente amarillo, el color del maíz en sazón. El edificio 470 era una estructura más imponente, con la fachada de ladrillo visto; era allí donde se probaban las armas y su contenido para que las Fuerzas Aéreas las usaran en Corea.

Había una rama de dispositivos, sucesora de la Unidad de la OSS que producía equipo especial para los agentes secretos durante la Segunda Guerra Mundial. Este servicio creó toda una gama de sistemas de lanzamiento para que los operarios de la CIA activaran armas biológicas. La rama de agentes contaba en su plantilla con varios de los botánicos más destacados de Estados Unidos. Todos eran expertos en hongos, como una seta venenosa utilizada desde hacía más de dos mil años. La emperatriz Agripina había sabido que seta usar cuando envenenó a su marido, el emperador Claudio, para que Nerón pudiera ocupar el trono imperial. Los científicos de la rama de agentes estaban creando un veneno parecido, extraído de los hongos de las selvas de Centroamérica. Su arsenal de lociones y pociones no tenían parangón. De vez en cuando el doctor Gottlieb citaba a un agente de alto rango de operaciones clandestinas para hablar con los científicos acerca de la idoneidad para el asesinato con un producto botánico.

Entre quienes se habían incorporado a Detrick estaba William Capers Patrick, cuyos antepasados procedían de las lejanas tierras pantanosas de Irlanda y Escocia. El doctor Gottlieb había seguido el desarrollo de la carrera del joven mocrobiólogo. Bill era muy independiente y estaba siempre dispuesto a aceptar desafíos y a profundizar en sus conocimientos sobre ese mundo casi invisible de los gérmenes donde combaten entre sí en guerras microscópicas. En cuestión de meses, animado por el doctor Gottlieb y supervisado por Frank Olson, el microbiólogo creó minúsculas bombas biológicas. Ninguna era mayor que una mota de polvo que flotara en el aire durante horas con el viento, y estaban diseñadas para penetrar en lo más profundo del sistema respiratorio humano, entrando por la boca y la nariz hasta los pulmones. Allí, en su esponjosa humedad, cada mota se multiplicaba a pasmosa velocidad para producir millones más.

Para determinar su eficacia, se realizaron ensayos sobre centenares de soldados estadounidenses desprevenidos en cámaras selladas de Fort Detrick y en el campo de pruebas de Dugway, un enclave de ensayos militares situado en el desierto de Utah. Se dijo a los soldados, todos ellos voluntarios, que participarían en un proyecto de investigación para encontrar una cura al resfriado común. También se reclutó a presos de la penitenciaría de Ohio con la promesa de una reducción de sus penas. Las muestras de esputo confirmaron que las minibombas eran ideales para transmitir una amplia gama de gérmenes. A continuación el doctor Patrick y Frank Olson se pusieron manos a la obra para convertir el ántrax en un arma. Calculaban que un solo galón (3,78 litros) de la bacteria, una vez pasada a aerosol, proporcionaría ocho mil millones de dosis, lo bastante para matar hasta la última persona de la Tierra, además de toda la vida animal.

Esto solo es parte de la manera criminal de como los Estados Unidos actúan en contra de lo que ellos consideran sus enemigos. Por razones de espacio, dejamos esta entrega hasta aquí. Pero esta historia continuará.

¡Bolívar y Chávez viven, y sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!

¡Hasta la Victoria Siempre!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!



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Juan Martorano

Abogado, Activista por los Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiter@s Socialistas (RENTSOC).

 jmartoranoster@gmail.com      @juanmartorano

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