El Todopoderoso

Si las ideas expresadas en literatura pudieran ser víctimas de la propiedad intelectual, los gobiernos de Washington deberían pagarle a Irving Wallace por la idea de Edward Armstead, el magnate de la prensa que, en la historia de ficción, se creó su propio grupo terrorista para producir acciones violentas capaces de alimentar, con el más claro amarillismo, las páginas de sucesos de su periódico, y vender más.

De ese mismo modo, el imperio se ha creado sus propios terroristas. Además de los que alimenta a través de sus servicios de inteligencia y medios de espionaje global, ha creado Al Qaeda, que sale realizando atentados o haciendo declaraciones cuando al señor Imperio le conviene; y aunque todo el mundo sabe que son patrañas, unas Naciones Unidas subordinadas al imperio unipolar, ya rumbo a venirse a menos, los respaldan claramente de hecho, así como la OMS, que también trabaja para las transnacionales farmacéuticas y tal vez se inspiró en la obra del escritor gringo para crear sus propias pandemias, ejerciendo su derecho imperial de modificar las reglas del juego, con el fin de facilitar la declaración de pandemia para una gripecita, fastidiosa pero no mortal, con el fin de vender medicamentos inocuos para los virus, pero peligrosos para la salud, lo cual les abre otra oportunidad de negocios, porque mientras más gente es enfermada, más venden ellos.

Ahora le tocó a Yemen, en la mira del imperio, unirse al grupo “diabólico” de los que están en peligro de ser tomados por la idea terrorífica de desobedecer al amo transnacional y gobernarse por sí mismo en favor de su pueblo. El diccionario internacional, en manos del afroamericano vendido que gobierna la casa matriz del Norte, ha creado una nueva definición de la tan manipulada palabra:

“Terrorista: Pueblo que quiere gobernarse a sí mismo sin intervención imperial, decide elegir a sus amigos y ayudar a su propia gente”.

Lo demás son condimentos políticos y propagandísticos, que pasan frente a todos por la sumisión escandalosamente abierta de un puñado de países con pasado imperial, que aspiran volver atrás la historia, para lucrarse con la sangre y los recursos naturales de los pueblos del tercer mundo, y de algunos empleaduchos del tercer mundo, capaces de vender hasta a su propia madre.

Siguiendo el guión encontrado por Wallace, el todopoderoso imperio creó Al Qaeda, entrenó a sus jefes, hoy en el Más Allá, listos para salir de la tumba y crear un atentado donde USA les ordene, y de las filas de sus cuerpos de espionaje mundial salieron los tres últimos nombres que sacan para justificar el terrorismo de Estado que ejercen contra países pequeños que “amenazan” sus intereses, como si la hormiguita pudiera noquear al elefante con un puñetazo: Antonio Noriega, a quien tienen preso en EE.UU, Sadam Huseín, el asesinado presidente de Irak, y el líder de la mítica Al Qaeda: Osama Bin Laden, que se encuentra en el lugar del planeta que al imperialismo le interese invadir.

Pero hay algo que el imperio y sus cabecillas prefieren ignorar: Que podrían padecer el mismo final de Armstead, enloquecido por su propio mito, porque la verdad es como la luz: Tarde o temprano resplandece.

Es admirable cómo Wallace, habiéndose dado cuenta de las triquiñuelas de los muy ricos para hacerse de más fortuna, las dio a conocer en forma de novelas, entre las que destaca El Todopoderoso, aquí reseñada. Algunos críticos dicen que, para escribirla, se inspiró en el secuestro de Patricia Hearst, hija del magnate Randolph Hearst, a quien le habría sido muy beneficioso el secuestro de su hija.


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Andrea Coa


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