La ciencia proscrita

Cuando la querella sin sustento penetra en los ámbitos de la creación científica y la innovación, tiende a sustituir el cartabón de la calidad del pensamiento y la originalidad, instrumento que constituye el portón por excelencia a través del cual se drenas potencialidades para construir propuestas con pertinencia en los distintos campos del saber, de manera que ‘los caballos’ permítase el símil logren arrastrar el pesado carro de la innovación, la búsqueda del saber exacto, dando así concreción a los aportes que toca dar a la ciencia y tecnología para la solución de problemas concretos y la mejora de calidad de vida de la sociedad y a favor de la humanidad.

Y en la Venezuela del siglo XX se hizo ostensible esa postura de lo pequeño respecto a figuras que dieron contribución invaluable al desarrollo del conocimiento básico y aplicado, así como a la divulgación de la ciencia con miras a comprometer en grado significativo a las nuevas generaciones con una visión de indagación, método y disciplina, en lo concerniente a la comprensión del modo en que funciona el universo, la realidad, el mundo...la naturaleza física y humana y social, incluso. Así, tres nombres de la Venezuela Petrolera, concitan el interés de quienes hurgan en el mérito de investigar y ofrecer soluciones desde el laboratorio, la nanotecnología y la bata blanca, o desde el taller metalmecánico y el embobinado de cables de cobre, imbuídos de su profundo amor a Venezuela: sí, quienes se abocaron a carreras científicas, o a la difusión sobre estos temas: uno es Luis Caballero Mejías, formulador de un programa de educación técnica e ingenieril, urbana y rural, escuelas granjas y agropcuarias, desde primaria hasta la universidad; otro ha sido el soslayado Humberto Fernández Morán, creador del IVIC, nada menos que el IVIC, equivalente hoy -en las propociones de la capacidad científicotecnológica instalada dentro del país-, al Silicon Valley de California (EEUU) o Shenzhen (China), sendos emporios estos últimos del descubrimiento y la innovación científica y tecnológica con impacto planetario. Prejuicios contra el talento de alto nivel y que nacen en el caldo de la mediocridad, parafraseando a José Ingenieros, proscribieron estos dos nombres de la institucionalidad venezolana durante los cuatro decenios finales de la 4ta República. Y ello debe ser reparado (¡Nunca es tarde cuando la dicha llega"! sostiene el viejo refrán). Y el tercer nombre es el del comunicador Arístides Bastidas, máximo divulgador de la ciencia y la tecnología en la historia republicana de Venezuela. Arístides promovió durante décadas la ciencia en su nivel básico, así como la investigación aplicada, escribiendo sus columnas en medios impresos, ofreció decenas y quizá centenares de charlas y conferencias en escuelas, liceos y universidades, concitando la atención del público juvenil; obtuvo, a propósito de su labor constante sobre temas de ciencia y tecnología, el Premio Kalinga-Unesco a la Divulgación Científica; y dio a la imprenta obras como El Anhelo Constante, La Ciencia Amena y Científicos del Mundo. Fundó asimismo el Círculo de Periodismo Científico y el COCETUP, para impulsar alianzas entre la ciencia y tecnología con la industria nacional. No fue marginal su aporte al país en la materia, no obstante la malla de indiferencia, mediocridad, celos y prejuicios tontos, que cercan muchas voluntades solitarias en la construcción del conocimiento y su extensión a guresos contingentes de la población.

Los tres, Caballero Mejías, Fernández Morán y Bastidas, hoy desaparecidos, merecen los máximos honores de la nación que se edifica como proyecto histórico de País-Potencia. Y una de dichas honras debería contemplar que sus restos mortales sean trasladados en ceremonia oficial al Panteón Nacional ¡Sí! ¡Que los restos de Humberto Fernández Morán, Luis Caballero Mejías y Arístides Bastidas sean reivindicados con los honores del Panteón Nacional!

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"Una Revolución Política, pide una Revolución Económica" Simón Rodríguez

 

nestor5030@gmail.com

 

 



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