En la ciudad

Desde la butaca, disfruto el ambiente de la amplia y cómoda sala de teatro. El público silencioso sigue con mucho interés el desenvolvimiento de la trama. Una especie de apología al fantasioso y enteco caballero.

En el escenario se desarrolla la obra teatral: "El hombre de la triste figura".
Yo veía con asombro la actuación de aquel magnífico actor que asumía su personaje con realismo, su papel nos lleva hacia uno de los reiterados, conocidos y más frecuentes dramas de la vida real en las ciudades, desde la antigüedad.
Yo me transportaba imaginariamente hacia esos episodios de películas en algún conglomerado cosmopolita donde la gran urbe engulle gente solitaria, abandonadas a su suerte, personas nómadas, sin lugar donde vivir. Es el mundo del asfalto, edificios, vehículos, vida nocturna y sobresaltos.

Sentí temor por un momento, creí que de pronto podía ser yo el harapiento en la realidad.

No se trataba de aquel frágil hombre con una adarga en el brazo, sino un miserable y desaseado mendigo con los ojos desorbitados, desnutrido. Mirando la luna y en una escena de dramatismo, grita y tiembla de dolor, expresando sus nostalgias. El pobre infeliz comenzó a llorar por su madre, golpea el piso con las manos cerradas y dice que su tristeza no ha muerto.

Al terminar de llorar, las luces se apagan. Luego en otra escena aparece el infeliz de la miseria y la basura, saca de uno de los bolsillos de su chaqueta raida una botella, la destapa y la lleva a su boca, bebiendo una buena cantidad de su contenido.

Un segundo personaje, obeso, con sombrero maltrecho, se sienta a su lado, bosteza, se le queda observando detenidamente con su mano estirada. El mendigo le entrega un pan. El recién llegado dice que ese pan es el mismo que comió ayer, aparece en las facciones de su rostro una expresión de asco ante el huesudo ser con manos tan negras como la tierra, llenas de mugre, tan asquerosas como las alcantarillas por donde corre el agua sucia. Echado en el rincón de una calle, en medio de dos paredes de un centro comercial, Lee un anuncio donde dice lo siguiente:
¡ Aquí puedes ser feliz !
El desconocido hambriento fuera de sí y gritando, echó a correr y desaparece. El mendigo, en medio de la noche, iba a dormir su miseria y decrepitud recordando que un día un desvariado salió a luchar por los más débiles y las cosas justas, pero solo encontró burlas, fantasías y gigantes falsos.
La última escena, es en un ambiente al amanecer. El pobre desdichado, rodeado de una multitud, yacía muerto en una acera y a su lado dejó un escrito que decía:" Los más justos padecen el desprecio de la humanidad. La justicia no llegará nunca a este mundo".
La ovación fue ensordecedora y los aplausos duraron varios minutos.
Se apagan las luces en el escenario, la sala fue quedando solitaria, solo en el pensamiento iban las imágenes de los actores, el público iba desapareciendo en el trajín de la ciudad: restaurantes, cafés , bares, ruido de los automóviles, sirenas de patrullas policiales y ambulancias. También la presencia de mendigos pidiendo comida y dinero.



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Orlando Balbás

Prof. en Ciencias Sociales. Magister en gerencia educativa. Jubilado del MPPE.

 orlandobalbas27@gmail.com      @orlandobalbas

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