A Margarita la pintaron de rojo rojita hasta los tequeteques en el estadio de Guatamare

¿Y esto qué es? Acaso un pedazo de cielo que se desprendió por las seguidas lluvias que han caído en estos días en nuestra terraza insular que nos ampara, o quizás se están reflejando como un arcoíris los viejos tiempos del pasado de adecos y copeyanos al poder, pues no. Ni tampoco era una invasión de rusos por conocer nuestras maravillas de región insular como tostados de arena y playa, o de paseo frente a las tetas de María Guevara.

¿Y, entonces? Quién me coge ese trompo con sus uñas, y vaya usted a saber con qué sabor nos aromatizaron por tanta gente juntas -¡margariteños a montón uníos en las trincheras de las luchas por el porvenir!-, la espada de Bolívar recorre a Margarita o la penetra sin dolor, la Margarita que padece y siente por tanto egoísmo acumulado y, no para pelear con palos y machete en un Matasiete pintado de verde con sus araguaneyes que florecen al amanecer y después se esparcen y reflejan su atractivo color amarillo.

En fila autobuses que esperan, uno tras de otro, por sus pasajeros metidos en el estadio de Guatamare, quién sabe en qué, y no jugando al béisbol de temporada, y la brisa pasa casi invisible, pero el observador también pasa intrigado, algo anormal lo despierta en su sentir pueblerino, la supervivencia de un pensar, juramentos que hay que cumplir, pues la Patria existe y la bulla ensordece cuando se padece de fe de lealtad, un respirar profundo que puede ser unísono, los tiempos cambian por bien o por mal, quizás la lucha continúa, los enemigos existen, no todo es complacencia, pero lo cierto es que eran muchos, muchos los seres humanos que este segundo sábado de octubre como día nublado de los primeros del mes de octubre: acogen un respirar profundo de unión, un sentimiento de hermandad en acción los reúne a miles de personas en concentración de ideas, ideas nada abstractas, el poder llama y, una parte del pueblo de Margarita responde al llamado, la cita no es incierta, yo juro, y juro por el dios de mis padres en este acto multitudinario que, lucho y lucharé por la revolución y me hago sentir que jamás seré esclavo de nadie y menos de potencia alguna.

Juro que será posible que, nuestros pensamientos jamás serán sometidos por la barbarie de otros, ni olvidaré que los problemas existen con guerra o sin ella, que siempre seguiré adelante por los caminos de la convivencia y de la cooperación, ni un paso atrás, y las rodillas de mi fuerza moral buscarán la orientación que podemos ser mejores, no importa que el agua llegue tardía por los tubos del desarrollo espontáneo, pero no moriré en el intento de estar con el pueblo, ese pueblo que siempre ve para los lados para saber que existe, además juro por mi honor que es lo único que tengo, juro por mi vida que no daré reposo a mi brazo ni a mi alma hasta romper las cadenas que me quieran imponer para someterme, lo juro solemnemente y, juraron.

Veni, vidi, vici, es decir, vine, vi, y venci, ¿y saben quién estaba presente en su lucha por el poder en ese acto? Nada más y nada menos que, Diosdado Cabello, no como jinete del apocalipsis, sino como el secretario del Psuv, él mismo, que viste y calza, y vaya usted a saber que como un impacto emocional pocas veces visto, cumplió en que le reunieran ese fermento de esperanza que sí se puede, aunque el hambre y los bajos salarios, y el dólar subiendo todos los días, sacuden a diario a toda Venezuela de variadas inconformidades, tatuajes permanentes, pero si se quiere se puede, pero no podemos seguir esperando a ciegas, saben que la espera es cansona y hasta fastidiosa, mientras la piñata guinda.

La alegría de muchos, quizás de miles colmó el recinto deportivo de acción política en veremos, donde la esperanza colmó de ilusiones ese aperitivo momento, en que ellos aspiran a seguir trabajando duro y a defender la Patria de Bolívar que una vez fue de Chávez y, ahora es de Diosdado, quien flamea la bandera de ser más y mejores como una dicha esperada, ojalá lo logre y Margarita a sotto voce lo espera, mire que lo espera.

Fin de un acto, alegría que se esparce, reír o llorar no da lo mismo.



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Esteban Rojas


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