El de la Capa Roja

En la segunda mitad del siglo XVI vivía en Pamplona (Colombia) un joven extremeño, natural de Mérida (España), a quien el Cabildo dio el siguiente encargo:

Es voluntad de este cabildo, don Juan Rodríguez Suárez, que avancéis hacia el Este el país de los timotes, de donde sabemos de buena fuente que brota el oro y las esmeraldas.

A Rodríguez Suárez, por hallarse siempre cubierto de una hermosa capa color de grana, lo llamaban también el Caballero de la Capa Roja.

A pesar de tener rica encomienda en la ciudad, aparte mujer y dos hijos pequeños, el de la capa roja se puso en marcha sin dilación hacia la Sierra Nevada. Largas jornadas cubrió el extremeño, arriba de su caballo, batiendo al viento la prenda que le daría el apodo. Era un hombre alegre, valiente y generoso, a quien sus hombres querían al igual que todo aquel que se adentraba en su trato.

Arrecia cada vez más el frio, ¿he, teniente?

Así es, mi capitán… Es que la altura es mucha… mirad como la nieve y la escarcha han bajado de la montaña…

Rodríguez Suárez: ¡Cuán hermoso paisaje nos rodea! No hay en todo el camino recorrido mejor sitio que éste para fundar una ciudad…

Teniente: En efecto… lástima que no tengáis permiso de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá para proceder en consecuencia…

Rodríguez Suárez: ¡Bah! ¡Para lo que me importan a mí los tinterillos (uribistas) del Ayuntamiento! Aquí he de fundar la más hermosa villa de la Sierra Nevada y la llamaré Mérida, en honor de la ciudad donde vine al mundo, allá en Extremadura. Se llamará Mérida de los Caballeros (09/10/1558) y aquí he de vivir con mis dos queridos hijos hasta el fin de mis días. ¡Caballeros, preparaos para hacer nacer en este valle a una nueva ciudad: Mérida de los Caballeros! Apenas tomó posesión de la tierra y cumplió el ceremonial que se acostumbraba en estos casos, envió una comisión en busca de sus hijos.

El Caballero de la Capa Roja tenía debilidad por los dos chiquillos. La historia nada refiere de la mujer que los dio a luz. Posiblemente había muerto o era una india de su encomienda, que luego de parirle —como sucedió tantas veces— a uno o dos hijos de su preferencia, retornaba en silencio al serrallo de donde alguna noche la sacó el amo para satisfacer sus apetencias.

Rodríguez Suárez: La ciudad ya está casi terminada y mis hijos no llegan. ¿Habrán tenido algún percance? Hace más de dos meses que fueron en su búsqueda… ¿No os parece, teniente? Así es, mi capitán… Temo sobre todo a los motilones que no cesan de hacer sus incursiones… Enviad, por vida de Dios, dos de vuestros hombres a recabar noticias… Si me lo permitís, iré yo mismo junto con mi ordenanza… Os lo agradeceré mientras viva, teniente… Id con Dios.

A menos de una semana, y cuando llegaba al paroxismo la ansiedad del fundador de Mérida, entró al galope el ordenanza: Una comisión de seis hombres viene hacia acá… están a media jornada… Mi teniente me ordenó que me adelantara a daros la noticia…

Rodríguez Suárez: ¿Y mis hijos? No vienen con ellos; pero sí de cierto que nada malo les ha sucedido… Han quedado en Pamplona… El señor sea bendito… pero ¿qué habrá sucedido entonces?

Ordenanza: No os lo puedo decir, mi capitán. Pero me barrunto que nada bueno se traen los que vienen hacia acá… Cuando un escribano vestido de negro se hace acompañar en estas tierras de cinco soldados de aspecto fiero, ello es de tan mal agüero como ver zopilotes por el camino donde se fue el amigo. Si queréis un consejo de viejo soldado, poned tierra de por medio. Idos al Tocuyo, en la Gobernación de Venezuela, que además de quedar fuera de la jurisdicción de Bogotá, allá vive nuestro paisano y buen amigo vuestro Diego García de Paredes.

No erró el ordenanza en sus sospechas. El Caballero de la Capa Roja, víctima de la intriga que ayer como siempre han perseguido los (uribes) de la Colombiagranadina las buenas iniciativas, fue apresado por la comisión que venía desde Bogotá:

Rodríguez Suárez: ¿Y se puede saber cuál es mi delito?

Juez (uribista): El de fundar ciudades sin la debida autorización de la Audiencia…

Rodríguez Suárez: Pero esto es de oírlo y no creerlo… Os regalo la más bella puebla que posiblemente ojos humanos verán en esta Sierra, y me dais como premio el trato de un criminal.

Juez (uribista): La ley es la ley…

Rodríguez Suárez: ¿Y se puede saber, señor mío que al parecer tenéis por oficio maljuzgar a los que hacen bien, cuál será mi destino?

Juez (uribista): Por los momentos llevaros maniatado a Santa Fe de Bogotá para ser juzgado…

Rodríguez Suárez: Y si no es mucha indiscreción de mi parte, ¿se puede saber qué establecen las leyes para estos delitos de hacer cosas donde nada había?

Juez (uribista): No soy yo quien habrá de juzgaros… pero si queréis una respuesta, ahí os va: seréis condenados a muerte… Degollado posiblemente en la Plaza Mayor de Bogotá… Habéis cometido el terrible crimen de haber hecho nacer un pueblo sin habernos pedido permiso. Teniente, haceos cargo del malhechor…

Tal como lo refirió el juez (uribista) pesquisador, Juan Rodríguez Suárez, el Caballero de la Capa Roja, el fundador de la hermosa ciudad de Mérida, fue condenado a muerte por el delito de haberla sembrado al pie de la Sierra Nevada.

La extensión de este episodio nos obliga a hacer una apretada síntesis del resto de la vida de este hombre que merece todo un film de capa y espada, no sólo por sus peripecias sino por estar íntimamente asociado a los orígenes de nuestra nacionalidad.

Con la ayuda de manos amigas logró fugarse de la cárcel de los (uribistas) en Bogotá cuando se hallaba en capilla ardiente. A mata caballos llegó a Pamplona con el sólo propósito de recoger a sus hijos. De allí remontó nuevamente la Sierra; quizás en una noche oscura con sus dos chicos bajo la capa roja pasó por última vez por la villa que le acarreó su infortunio. De allí paso a Trujillo, ya gobernación de Venezuela, donde se encontró y fue bien recibido por su paisano y amigo Diego García de Paredes.

En ese entonces el mestizo Francisco Fajardo informaba en el Tocuyo sobre la existencia de minas de oro en el país de los Caracas.

Castizo: Eso es demasiado para un mestizo… que se haga cargo de las minas un español. ¿Queréis ese puesto, Rodríguez Suárez? Os haréis rico en un santiamén.

Rodríguez Suárez: Ciertamente, señor gobernador…

Castizo: Debo advertiros que los indígenas del país de los Caracas son fieros y aguerridos… Y tienen por Cacique a un hombre temible llamado Guaicaipuro…

Rodríguez Suárez: ¡Vamos, señor gobernador, que luego de lo que me sucediera en Bogotá no hay perro que me ladre! Me pondré en marcha apenas pueda.

Castizo: Pues, enhorabuena, caballero de la Capa Roja; las minas de los Teques están a vuestra disposición.

Rodríguez Suárez, por su innata habilidad para granjearse el aprecio de todos cuantos trataba, pronto se entendió de maravillas con los temibles Teques y su terrible caudillo Guaicaipuro. Hasta el punto de atreverse a hacer una incursión hasta la recién fundada villa de Fajardo, donde más tarde se levantaría Caracas.

Fue precisamente al llegar a la villa y encontrarla reducida a cenizas que comprendió que había sido víctima de un engaño: los indios se habían alzado contra sus dominadores. Casi de inmediato se enteró de una noticia aún más terrible:

Indio: Aprovechando vuestra ausencia, Guaicaipuro cayó anoche sobre la mina y mató a todos…

Rodríguez Suárez: ¿Y mis hijos?

Indio: Muertos fueron… yo soy el único sobreviviente…

El dolor y la ira hacen presa en Rodríguez Suárez. Sólo tiene un pensamiento: dar caza a Guaicaipuro para darle muerte atroz. Se dispone a organizar una batida contra el cacique cuando una noticia le hace cambiar de idea y postergar su venganza:

El Tirano Aguirre ha desembarcado en Borburata, y el Gobernador hace un llamado a toda la población para enfrentar al “forajido”. Sin pensarlo dos veces se pone en camino. Al llegar al Peñón de los Teques, precisamente, estalla de pronto una tremenda algarabía, entre guaruras y tamboriles. Los Teques, con Guaicaipuro al frente, lo tienen completamente rodeado.

Uno a uno sus compañeros fueron cayendo muertos. Todo un día el de la Capa Roja estuvo tirando mandobles, matando a más de cincuenta indios con su propia mano. Hasta tales extremos llegó su valor que el propio Guaicaipuro le gritaba que se fuera, que dejara de combatir, que respetaban y admiraban su heroísmo. Para darle más fuerza a su protesta los indios Teques se retiraron a las colinas, mientras al borde del peñón permanecía sólo el fundador de Mérida. De pronto… Juan Rodríguez Suárez cayó del caballo, quedándose inmóvil en el suelo, cubierto por su capa roja. Por varias horas los indios, teniéndolo por dormido, lo contemplaban aprehensivos. El propio Guaicaipuro fue el primero en acercarse. Rodríguez Suárez no tenía una sola herida en su cuerpo. Estaba, sin embargo, muerto. Había muerto de cansancio por defender su vida el bravo sembrador de pueblos. Guaicaipuro tomó la espada del conquistador y la tramoleó en el aire con sesgos de triunfador. No menos heroico sería el abuelo indio que el abuelo español. Hasta su muerte, en 1569, el gran cacique de Los Teques hizo suya la espada del caballero de la Capa Roja.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!

¡Patria, Socialismo o Muerte!

¡Venceremos!



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Manuel Taibo


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