Naturaleza Intervenida

Existen acontecimientos en la vida que producen desesperanza, desaliento y amargura por lo torcido de sus efectos. A una acción de sentido constructivo, se presentan y oponen acciones de pretendido sentido contrario, que resultan en apariencia de poca o ninguna lógica; en efecto resultan incomprensibles. Todo ello de la mano de seres, que estimamos raya con lo patológico, y es una infame muestra de la sociedad que tenemos. Esto lo afirmo cuando observamos la actuación de seres "humanos", que maltratan animales, talan y queman indiscriminadamente, lanzan desperdicios y basura en sitios inapropiados, contaminan cuerpos de agua y más allá de ello maltratan niñas, niños, ancianos, discapacitados e indigentes desvalidos, vulnerando los derechos del prójimo. En términos sociales de comportamiento y expresión lingüístico comunicacional la insolencia, el insulto u ofensa a sus semejantes es cosa cotidiana; la viveza criolla, en plena manifestación. La urbanidad –en oposición a campo-, de pretendida muestra de civilidad, está ausente cada día más, en algunos coterráneos que habitan predios de dominio del cemento, el asfalto y el bloque armado; es decir en la ciudad.

Todo lo anterior se desprende de la acción contra la naturaleza intervenida, urbanizada, como es el caso en nuestra Tucupita sempiterna. Puntualmente me refiero a la Plaza de nuestro prócer universal, el Generalísimo Sebastián Francisco de Miranda. Resulta que en ese espacio de nuestra ciudad el sábado 22 de abril, próximo pasado; Día de la Madre Tierra se realizó una hermosa actividad de plantación de varios ejemplares de nuestro árbol nacional El Araguaney. Esta actividad contó con participación representativa, participativa y protagónica de varias instituciones educativas, movimientos sociales, ministerios, gobiernos local y regional, logias masónicas, diplomantes del pensamiento y obra de nuestro Libertador, programas formativos, sociedades históricas, cátedras de la academia libre de nuestra Universidad Territorial Deltaica Francisco Tamayo –figura cimera del amor a la naturaleza-, y personalidades de nuestra sociedad deltana. Transcurridos unos días de ese hecho, se desató la canalla, en contra de esta acción de reconocimiento y muestra de amor de nuestra sociedad urbana deltana hacia nuestro entorno citadino: hurtaron arboles plantados y otros fueron rotos por la acción anónima e infame de individuos enfermos.

No faltará quien se pregunte ¿en momentos difíciles que se ve afectada nuestra cotidianidad, vale la pena preocuparse por estas pequeñeces? Al respecto es importante detenerse a entender el significado de un hecho de aparente poca o ninguna relevancia. Considero que es una muestra de nuestra relación con la madre naturaleza, que se mantiene impactada por la suma de estos pequeños actos, hasta los más aberrantes y magnificados exponencialmente por acción de una sociedad globalizada, impregnada de modernidad y colonialidad, por un Modo de Producción Capitalista, en su fase Imperialista, que ignora e irrespeta la naturaleza en su esencia y limites.

Esto es, una muestra de la colonización sembrada en nuestras mentes y acciones contra nuestra Abya Yala, desde la invasión Europea a partir del año 1492, y que se ha extendido desde esa fecha a todo el planeta. Todo ello constituye un sistemático procedimiento globalizado y soportado en un pensamiento que legitima los maltratos con riesgo ecocida y genocida contra nuestra intervenida y atropellada naturaleza. Son tiempos de enfrentar la arbitrariedad con la herramienta del pensamiento emergente descolonizador del Conocimiento, del Poder y del Ser –planteado desde las Ciencias de la Descolonización-, pero también de la descolonización de la naturaleza, que bien vale la pena asumir y en otro momento abordaremos y ampliaremos al respecto.

Concluyo diciendo a quienes han tenido el valor y honor de leer hasta aquí esta pequeña narrativa, vamos a insistir y persistir en plantar y replantar ejemplares de árboles nacionales de nuestro Araguaney. Esto con insistencia hasta consolidarlos, de manera que resplandezca el amarillo profundo de nuestra naturaleza deltaica, mirandina, bolivariana y definitivamente con raigambre y valor nacional venezolano. He allí nuestro reto para enfrentar la ignominia y florezca el honor y se manifieste plenamente la virtud ciudadana deltaica.



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Aquiles J. Amares P.

Dr.. Docente universitario

 aquilesjap@gmail.com

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