G-20, COP26 y la crisis climática

Cuando todas las personas alrededor del planeta parecen percibir la gravedad de la crisis climática que amenaza con acabar con toda manifestación de vida sobre su superficie, valdría recordar el mensaje emitido en Estados Unidos por el Jefe Seattle en 1854 cuando les expresó a sus coterráneos y generaciones posteriores que «lo que le pasa a la tierra le pasa a todos los hijos de la tierra. Sabemos que la tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que nos une a todos». Con la perspectiva de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) a realizarse en Glasgow (Reino Unido), los gobiernos del G-20 (representando el 85% de la economía mundial) aunque tuvieran en agenda discutir, bajo el lema de «gente, planeta y prosperidad», lo que podría hacerse para minimizar el impacto negativo y destructivo sobre la naturaleza en general, no sabrían cómo aplicar las sabias palabras del Jefe Seattle en el diseño de una estrategia común que lo revierta, dados los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, especialmente extractivistas, las que, por añadidura, tienen entre sus antecedentes no solamente la explotación de todos los minerales posibles del subsuelo, causando una devastación ecológica creciente e irreversible, sino que son responsables (directa o indirectamente) de los asesinatos de líderes indígenas, campesinos y ambientalistas; lo que para sus representantes sería un completo contrasentido, puesto que su principal objetivo es lograr siempre el máximo de ganancias.
 
Hasta ahora, los planteamientos  del Acuerdo de París, al cual se adhiriera la mayoría de las naciones para disminuir el deterioro de la capa de ozono y demás efectos nocivos de la contaminación ambiental, no han incidido en la modificación del consumismo desenfrenado que promociona el sistema capitalista aún cuando se observa cómo, día a día, se incrementan los niveles de sequía, incendios y calor extremo que comienzan a ser parte de la cotidianidad de casi todos los continentes. En tal escenario, se trata de invisibilizar la lucha de los pueblos indígenas y de sus aliados ambientalistas y campesinos, tildándola en muchos casos de retrógrada y lesiva para el desarrollo económico, siendo su visión la mejor (por no decir la única) alternativa que se tiene para proteger y resarcir la naturaleza, en una simbiosis necesaria donde cada elemento resulte beneficiado. Muchos ven en ella la posibilidad de brindarle a las nuevas generaciones las condiciones de futuro más sostenible, por lo que concluyen en que, si no se modifica radicalmente el sistema capitalista, éstas podrían perderse irremediablemente, provocando un caos general en todo el orden civilizatorio actual.
 
La ecuación pareciera ser simple: según muchos analistas, bastaría que los gobiernos hicieran suyos los planteamientos que se vienen emitiendo en cada cumbre sobre el clima. Los más radicales exigen un cambio estructural del modelo económico vigente. Entre ambos extremos, se manifiesta una posición intermedia que propone una flexibilización del capitalismo, sin llegar al punto de comparársele con los postulados del comunismo o del socialismo. Mientras tanto se discute qué y cómo hacer que la crisis climática no se incremente peligrosamente, las diversas corporaciones capitalistas prosiguen su marcha indetenible, armadas con seudo informes o estudios científicos que niegan el hecho de estar el planeta asediado por la devastación y la contaminación ambiental. Su lógica -heredada del eurocentrismo, el cual impuso la creencia de ser dueños, «como hijos de Dios», de una tierra provista de inmensos e inagotables recursos naturales a nuestra entera disposición- ha causado que la flora y la fauna, además de las fuentes de agua, el aire y el suelo, estén mermando, sin escándalo para muchos. Esto último debe hacerse a un lado y entender, como lo afirmó el Jefe Seattle, que la tierra no pertenece al hombre sino que el hombre pertenece a la tierra, como otro ser vivo, que le corresponde convivir en armonía con el resto de los seres vivos.
 
En razón de lo anterior, entendiendo que la crisis climática requiere de acciones mancomunadas urgentes de todos, lo que se discuta y apruebe en el G-20 y en la COP26 tiene que tomar en cuenta que los derechos humanos y los derechos de la naturaleza no pueden ni deben verse como derechos aislados unos de otros. Habrá que prestar oídos a los dirigentes indígenas, campesinos y ambientalistas que, desde hace décadas, nos están alertando sobre las graves consecuencias si extiende por mayor tiempo la explotación capitalista alrededor del mundo; lo que no significa adquirir una visión romántica o bucólica de las cosas sino tener plena conciencia de lo que esta explotación, al parecer imparable, afecta la continuidad de toda forma de vida que conocemos.
 
 


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Homar Garcés


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