El cohete chino, el “matacura” y la “piro-piro”

El 29 de octubre se convirtió en un día feliz para recordar. Un cohete chino, que debió ser rojo-rojito en vez de blanco (hubo allí un pequeño descuido), se dispuso, con sobrada eficiencia, poner en órbita geoestacionaria a nuestro satélite Simón Bolívar. Y lo puso. Pero, como todo lo que ocurre hoy en Venezuela, no dejó de estar el acontecimiento circundado de una gran expectación.

Poco antes de iniciarse la cuenta regresiva para el despegue, hubo de sufrir atraso el lanzamiento por diecisiete minutos obedeciendo a razones de chequeo mucho más exhaustivo, sin descartar, por supuesto, que hayan sido vainas de Chávez para alborozar, de manera infructuosa, a muchos escuálidos y escuálidas que debían (y debieron) brincar en una pata ante la muy deseada por ellos explosión de fracaso del cohete. Pero, eso resultaba más difícil, que pelar una jugosa mandarina peruana… Y sería tanto así, presumo, que seguro muchos de ellos, que encontrábanse emparejados frente al televisor con los meñiques entrelazados, debieron haber reaccionado además hasta de manera impropia, dejándose llevar del súbito reflejo emocional de un aborto por ellos tan deseado.

No sería exagerado imaginar, entonces, que la impropiedad de tal reacción ante el atraso premonitorio de fracaso, los hubiera llevado hasta el extremo de hacerles ligar los labios, de manera homosexual, como lo hiciera el viejo y varonil Kirk Douglas con John Travolta, no acordándome en cual de tantos eventos faranduleros por allí. Me imaginé, así: a Berloco con Nixon Moreno, a Teodoro con Miquilena, a Santos Yorme con Caballero, a la piro-piro con caimán con sueño, a Baltasar con Lücker, a Marta Colomina con Isa Dobles, a Poleo con Ortega, a Kiko con el gordito de Buenas Noches, a Uribe con Santos, y así, en sucesiva cadena de infinitas figuraciones, a muchas otras parejas harto compatibles dentro de la zoología política oposicionista.

Pero lo cierto es que, el satélite Simón Bolívar, hubo de quedar indemne en su órbita a salvo de toda actitud sortílega o maléfica, y que, la explosión de éxito, y el candelero del cohete, debieron sentirla o experimentarla, pues, los escuálidos (frustrados y frustradas), en el mero trasero… ¡Ay, perdón, creí que era Margot!

Pero la noche del mismo día, el “matacura”, que hallábase como bajo los efectos de algún ácido de los que corrían por aquellos cauces sicodélicos, pegaba lecos con su potente voz de trufaldín y trufador, antes de entrevistar a la “piro-piro”, llamado así, este sujeto, por el agudo camarada y periodista, Alberto Nolia, quien es todo un misil verbal, con un particular y tímido gracejo además. Pero en la entrevista la piro-piro se notaba nerviosa y muy maquillada, alabando su bondad espiritual al decir que los registros del día anterior, los quemaba, burlándose del cohete chino con unos chistes que desdicen mucho de su condición de maracucho, gentilicio que, como sabemos, resulta muy ocurrente. Y que, estaba dispuesta también a demostrar, la falsedad del “masijo” de cosas que se le señalaban. En ese momento, había un acto chavista multitudinario en Bolívar, que, fijo le incrementó el intenso ardor que le produjera la explosión victoriosa del cohete chino en el trasero, poco antes.

Que como defensa pediría a Colombia que le enviara un informe selectivo y autenticado del computador de Raúl Reyes sobre la corrupción de Chávez con las FARC y que, hablará con mucha seriedad, sobre un motel de alta rotación carnal dizque tiene Di Martino en Maracaibo, negocito que luce más bien como más propio de ella (de la “piro-piro”, quiero decir). Y que, las grabaciones telefónicas que le hicieran hablando con diversos cómplices, eran montajes perfectos realizados por técnicos cubanos que sombrearon, cortaron y pegaron sus dichos, para conformar entonces la prueba indiciaria de su grotesca corrupción mafiosa, corroborada, luego, con documentación pública donde asomarían su nariz, incluso, evidentes testaferros.

Lo cierto del caso, como decía La Topoya, es que la entrevista del “matacura”, con la “piro-piro”, pareció más bien un encuentro entre Bernardo Provenzano, y Salvatore Riina, en una fonda de Corleone.

canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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