Fábula del cobrador

El haz de luz cruzó el adormilado rostro del candidato y lo sobresaltó. Era el 4 de diciembre de una ilusión imposible. La campaña electoral había sido corta pero intensa, con aceptables recibimientos en los elevados y pesadillas en los barrios. En la semipenumbra del sueño, tanteando el piso con los pies en busca de las pantuflas, se le agolpaban en la mente promesas inconexas y tarjetas lúgubres de débito que lo perseguían por toda la habitación.

De un salto se puso de pie para liberarse de los fantasmas electorales. Salvó la distancia entre la cama y la ventana del cuarto, apartó la cortina celeste y se asomó a la vigilia de la ciudad. El haz de luz cayó definitivo sobre el cansancio del rostro. El Consejo Nacional Electoral había dado los resultados la noche anterior, pero para él, ese era un dato difuso, como su pensamiento. “Tengo que cobrar”, exhaló en un bostezo que desfalleció en un silbido, como si se le hubiera ido un gallo insomne.

Comenzó a vestirse con esa idea en la testa. Murmuró para dentro cosas fuertes contra los abstencionistas. Despotricó del neo-abstencionista Ramos Allup. Pensó en su vicepresidente, el espontáneo Julio Borges, y en otros que pedían el mismo cargo. “Primero hay que cobrar”, se dijo, “si no hay cobro, no hay cargo”. El día se le antojó suspendido en un limbo. Vio al caracol azul deslizar su indiferencia sobre el resignado cristal de la ventana.

Desde abajo, le llegó una alharaca que poco a poco pudo descifrar. Era el coro de un grupo de afectos que a esa hora de la mañana gritaban una consigna de apenas dos palabras: ¡A cobrar! ¡A cobrar! Todo era extraño. Recordaba a su negra y el beso sin asepsia del elevado. Tuvo una regresión sin trauma al día de la chuleta vulnerada, la cámara detrás como un ojo sideral y el caletre extraviado en una sílaba. El haz de luz, agobiado por la monotonía, había decidido abandonarlo.

El 4 de diciembre se le presentaba inasible, flotante, como un paisaje atrapado en el temblor de un espejo. Al salir a la calle, vio enormes globos antropomorfos que lo aclamaban con gritos sin eco, sordos, insufribles. “Sí --los aquietó--, vamos a cobrar”. El grupo lo siguió avenida abajo, ajeno a los chavistas que pasaban celebrando a pie, en bicicletas, patinetas, camiones. “El que va cobrar no se distrae en bolserías”, arengó el acucioso pensador del Catatumbo. Sus partidarios enjugaron una lágrima de admiración ante el talento inédito, casi inexplorado.

Llegaron al CNE al filo de las 8 y 30 de la mañana. Era lunes bancario pero el candidato, con agudeza virgen, tranquilizó a sus seguidores al aclararles que ellos no iban a cobrar un cheque, sino la silla presidencial. Una vez frente a la taquilla, Rosales fue al grano: “Vengo a cobrar”, dijo silbadito. El hombre de la taquilla lo miró y le informó:

-Ya por aquí estuvo el candidato Chávez y cobró el premio único. Pero ya que vino, el mismo soberano que entrega los premios le dejó esta factura que usted todavía no ha cancelado.

Rosales, lívido, vio bajo sus narices el Acta de Carmona y su firma allí. Volteó hacia sus seguidores y todos habían desaparecido. Por la ventana de la habitación un golpe de brisa lo hizo levantar de un salto, pensó que lo había azotado una pesadilla, pero allí, sobre la mesa de noche, estaba el Acta de la dictadura fugaz del carmonazo. El cobrador comprendió que, desde aquel 11-A, había quedado pagando. Era 4 de diciembre de una ilusión imposible.











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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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