Capriles y legisladores de Miranda como que juegan “escondío”

En mi niñez, uno no se la pasaba manipulando un teléfono, tabla o un Ipod (¿es así cómo se escribe?), sino en aquellos juegos que la creatividad popular nos iba dejando como herencia. En mi barrio, más bien una endeble aldea de pescadores, jugábamos a las peleas de gallos que no eran tales, sino conchas de pepitonas que se golpeaban unas con otras como si fuesen cocos. Cada quien tenía su “cuerda de gallos”, donde las conchas estaban amarradas por un cordel cuyo otro extremo se amarraba a un palo hundido en la tierra. La “cuerda de gallos”, solía rodearse por un pequeño corral de ramas de cují seca para dejar claro la propiedad de cada quien. Pese la generosidad del mar, que era de todos, ya habíamos internalizado “lo mío”.

Por supuesto, también practicábamos otros juegos muy conocidos en Venezuela, como el ya mencionado de pegar cocos, picha o metra como dicen los caraqueños, el Pancho Joló en el río, pelota, trompo, béisbol; juegos donde se apostaba, utilizando como medio de pago o monedas, pedazos de platos de loza, que ahora no sabría decir por qué tanto abundaban en el basurero, donde los camiones del aseo urbano dejaban su carga traída del centro de la ciudad y era parte del escenario para que los zamuros bailasen su danza funeraria. Había otros tantos juegos que sería largo enumerar. Pero también entre ellos se jugaba el “escondío”.

Era un juego apropiado para los tramposos. Pues mientras nos escondíamos, quien debía encontrarnos marcaba al más pendejo y le miraba, como decíamos, “por el rabo del ojo”. De manera que ya sabía dónde hallar a alguien; sólo que por fingir la trampa, el juego sucio, daba algunas vueltas demás hasta llegar donde estaba el escogido.

Este juego del “escondío”, sabiendo dónde está a quién buscar, que practican ya con demasiada frecuencia los legisladores de Miranda y el gobernador de ese Estado, se caracteriza porque los buscadores nunca encuentran a quien buscan y hasta deben buscar, sabiendo dónde está sin hacerle trampa alguna y éste aparece cuando le da la gana, muy orondo, riéndose de aquellos, eso sí muy quedo, ni los nombra, quienes al verle aparecer olvidan que le buscaban hasta el próximo juego o show. De donde uno concluye que, al parecer todos ellos, los buscadores y el buscado, terminan también como éste, discretos, burlándose de todo el mundo, o sea de nosotros.

Los compañeros del gobierno de Allende, intentando encontrar una forma de profundizar el proceso, hallar como cambiar aquello, buscaron incesantemente en la legislación chilena y encontraron un decreto con fuerza de Ley, dejado por allí y en vigencia, de lo que se llamó la “República Socialista” chilena del año 1932. Es el antecedente más lejano a lo que ahora se llaman “Ley habilitante”. Con aquel decreto pudieron legalizar acciones que el congreso, dominado por la derecha, no aprobaría.

Lo anterior lo digo, porque por más que pienso en el asunto Capriles, concluyo que debe haber alguna disposición aplicable a un Gobernador que tenga su conducta. Rara vez está, no digamos en su despacho, sino en su jurisdicción; cuando no anda en campaña por sitios lejanos como los andes, está por acá, por oriente o, como es mucho más frecuente, se va por tiempo indefinido al exterior. Me niego a creer que eso sea así de fácil y no tenga sanción o limitación en la legislación venezolana.

Las leyes de indias, en la etapa colonial, no permitían a un gobernador abandonar su jurisdicción sin la autorización del funcionario correspondiente. Es más, una vez que era sustituido, debía permanecer dentro del territorio de la Gobernación a esperar el juicio o investigación acerca de sus gestión. Sólo después de la decisión del organismo competente podía irse a donde se placiese.

En Venezuela, el presidente, el funcionario más alto de la República, debe pedir permiso a la Asamblea Nacional para ausentarse y por un tiempo determinado, generalmente muy corto.

La Ley del Trabajo, desde tiempos ancestrales, establece que pasado un tiempo determinado de ausencia injustificada de un trabajador a sus labores, este pierde la estabilidad y otorga al empleador el derecho a despedirlo.

Algo debe haber en la Ley que sirva para poner coto a esa conducta irresponsable e irresoluta del gobernador de Miranda. Algo hay que hacer, buscar, encontrar o crear para situaciones tan absurdas como esas.

Nada hace el Consejo Legislativo de Miranda, por intermedio de Aurora Morales, con esa amenaza, ya repetitiva, de “Gobernador Capriles le damos 72 horas para que se presente y explique lo que hace”. Ya sabemos la respuesta. El funcionario llegará cuando, como decimos en lenguaje coloquial, “le salga del forro” y los legisladores de nuevo se hundirán en donde se acumula el silencio; hasta la próxima, cuando Capriles, con su proceder caprichoso e indiferente frente a los problemas de las comunidades, les vuelva a dar la oportunidad de coger palco o reunir a la prensa.

Creo debe haber algo qué hacer. La simple lógica del derecho así me lo indica. Es cuestión de acudir a los expertos en derecho constitucional, administrativo, quienes podrían hallar una respuesta. En todo caso, la creatividad humana es infinita y no puede agotarse en convocar a unos periodistas para dar unas declaraciones que llamen la atención, tanto como intenta llamárnosla el señor Capriles con sus caprichos y mediocridades, para luego hundir todo aquello en el olvido hasta la próxima.


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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