La oposición y su interés en engañar

Cuando tratamos de calcular la probabilidad de un suceso que no sabemos sino por el testimonio de otros, es preciso atender simultáneamente a las dos condiciones explicadas: conocimiento y veracidad. Pero como en muchos casos a más del testimonio tenemos algunos datos para conjeturar sobre la probabilidad de lo que se nos cuenta, es necesario hacerlos entrar en combinación para decidirnos con menos peligro de equivocarnos. Por lo común enseñarán más los ejemplos que las reglas. Casos hay en que por interesado que parezca el narrador en faltar a la verdad no es probable que lo haya hecho, porque, descubierta en breve la mentira, sin recurso para paliarla, se convertiría pronto contra él de una manera ignominiosa. La experiencia nos enseña que no hay que fiar de ciertas relaciones que no pueden ser contradichas luego con toda claridad y con presencia de datos positivos que produzcan completa evidencia.

Si es tan difícil encontrar la verdad cuando los sucesos son contemporáneos y se realizan en nuestro propio país, ¿qué diremos de lo que pasa a larga distancia de lugar o tiempo o de uno y otro? ¿Cómo será posible sacar en limpio la verdad de manos de politiqueros o periodistas? Por más desconsolador que sea, es preciso confesarlo: quien haya observado de qué modo se abulta, y se exagera, y se disminuye, y se desfigura, y se trastorna de arriba abajo lo mismo que estamos viendo con nuestros ojos, ha de sentirse por necesidad muy descorazonado al leer los periódicos, o al escuchar los medios de comunicación audio visuales, nacionales o extranjeros, muy particularmente estos últimos.

Quien vive en el mismo tiempo y país de los acontecimientos tiene muchos medios para evitar la mentira: o ver las cosas por sí mismo o lee y oye muy diferentes noticias que puede comparar entre sí, y como está en datos sobre los antecedentes de estos medios y sus noticias, como se trata continuamente con sujetos de opuestos intereses y opiniones a los de nuestro pueblo, como sigue de cerca el curso de la totalidad de los sucesos, no le es imposible, a fuerza de trabajos y discreción, el aclarar en algunos puntos la verdad. Pero ¿qué será del desafortunado lector que mora allá en lejanos países y quizá a larga distancia y no tiene otra guía que los medios de comunicación mediáticos u opinión que, por casualidad, emite un opinador de oficio u oído elogios de quien presumía entenderlos?

Tres son los conductos por los cuales solemos adquirir conocimiento de lo que pasa en tiempos y lugares distantes: los medios de comunicación, las relaciones de los “políticos viajeros” y los medios de lectura. En cuanto a lo demás no es dable reducir las reglas fijas el modo de distinguir la verdad del engaño, mayormente siendo imposible esta tarea en muchísimos casos. Pero será bien presentar reflexiones que llenen de algún modo el vacío de las reglas, inspirando prudente desconfianza y manteniendo en guardia a los inexpertos e incautos.

Para que no se extrañe la severidad con que tratamos a estos medios pluscualidos-oposicionistas, sin que por esto nos propongamos rebajar ni mucho menos el mérito donde quiera que se halle, bastará recordar las necedades y disparates que dicen y escriben estos energúmenos. Lo que a nosotros nos sucede puede muy bien acontecer a otros pueblos, saliendo bien o mal parados, aplaudidos con exageración o criticados con injusticia, según el humor, las ideas y otras cualidades del ligero opositor que se empeña en sacar copia de originales que no había visto. En suma: ¿queréis adquirir noticias exactas sobre el país y formar de su estado un concepto verdadero y cabal? Estudiadlo de la manera sobredicha o leed a quien hubiese estudiado de esta suerte. Y no tuviereis información para ello, contentarse con cuatro cosas generales, que os sacarán airosos de una conversación con vuestros iguales en aquella clase de conocimiento; pero guardarse de asentar sobre estos datos un sistema político o económico, y andad con tiento en lucir vuestra ignorancia si os encontrarais con algún Bolivariano y no queréis exponeros a ser objeto de risa.

¿Qué sería de la verdad a los ojos de las generaciones venideras sí, por ejemplo, la historia de las luchas del pueblo quedase únicamente escrita por Globovisión o el imperialismo-sionista, nuestros enemigos? Y esto sin embargo, lo han publicado los unos sin presencia de los otros, corrigiéndose y desmintiéndose recíprocamente, y los acontecimientos se verificaron por los distintos medios de comunicación. ¿Qué será, pues, viniéndonos las informaciones por un solo conducto, y tan sospechoso por interesado, y tratándose de tiempos tan cercanos?

Esta regla de la imprudencia es susceptible de infinitas aplicaciones a lo viejo y a lo nuevo. El pueblo que de ella se penetra, y no la olvide al leer la Historia, dé por seguro que se ahorrará muchísimos engaños, y, sobre todo, no desperdiciará tiempo y trabajo en recordar los acontecimientos en tal o cual refriega, y sí los pobres que anduvieron de vencida, y no pudiendo desmentir al cronista, eran en número cuadruplicado, para su mayor ignominia y afrenta. Por más autorizados que sean los conductos, siempre son algo peligrosos; las narraciones que pasan por muchos intermedios suelen ser como los líquidos, los que siempre se llevan algo del canal por donde corren. Desafortunadamente, abundan mucho en los canales TV la malicia y la mentira.

Que las pasiones los ciegan es una verdad tan trivial que nadie la desconoce. Lo que les falta no es el principio abstracto y vago, sino una advertencia continuada de sus efectos, un conocimiento práctico, minucioso, de los trastornos que esta maligna influencia produce en su entendimiento; lo que no se adquiere sin penoso trabajo, sin dilatado ejercicio: Los ejemplos aducidos manifiestan bastante la verdad cuya exposición les ocupa. Siendo ésta una de las miserias de los oposicionistas, preciso es luchar contra ellos; y es siempre necesario tener siempre fija la vista sobre el mal, limitarle al menor círculo posible; y ya que no sea dado remediarlo del todo, al menos no dejarles que progresen, evitar que causen los estragos que acostumbran.

¿Es probable que fuera tanto el engaño? No; no lo es, sí, que el amarrado afecto a sus ideas no los deja ver sus lunares y que su actual resentimiento los exagera o los fingen. Lo ridículo está junto a lo sublime; lo delicado no dista de lo empalagoso; el prurito de ofrecer cuadros simétricos suele conducirles a contrastes disparatados.

manueltaibo@cantv-net


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Manuel Taibo


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