Con profundo respeto para el escritor negro Juan Veroes

Un negro (mulato, mestizo o indio) antichavista, es un aberrado

Don Rómulo Gallegos, que era racista, escribió la novela “Pobre negro”. Y esto de racista viene muy bien sustentado en sus obras y en sus poses políticas. En el capítulo Primero de Doña Bárbara, Gallegos, refiriéndose a “El Brujeador”, dice: “Su compañero de viaje es uno de esos hombres inquietantes de facciones asiáticas que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América Latina quién sabe cómo y cuándo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura”. En la Cámara de diputados, el 15 de junio de 1937, en un acalorado debate, con voz temblorosa Gallegos exclamó: “He sido llamado de todos modos, desde negro hasta comunista, y no he abierto la boca para protestar… porque creo que esos insultos, esas injurias que hemos sufrido algunos hombres, son el precio de la sangre que no se ha derramado en Venezuela para esta transformación”. ¿Por qué Rómulo Gallegos tenía que asumir que el llamarlo negro o comunista era un insulto? Cuando al escritor Rufino Blanco Fombona, quien también era racista, le preguntaron si se había leído “Pobre negro”, respondió con sorna: “Yo no leo autobiografías”. La verdad que Gallegos era escuálido de corazón, habría sido hoy un frenético escuálido. Gallegos, por qué tenía que ocultarlo, tenía mucho de negro, y eso era lo mejor que había en su alma, en su creación, en su genio. Ay, coño, si los negros supieran la genialidad que vibra en sus venas, el fuego de su ingenio y de su vitalidad creadora, nunca, ni por el carajo quisieran parecerse en nada (como decía Bolívar), por ejemplo, a esas ranas plataneras del Norte.

Tanto ser negro como comunista era desde entonces un estigma, y para la gente que iba a fundar el Partido del Pueblo, “Acción Democrática”, el más popular del país y que habría de estar fuertemente nutrido de Juan Bimbas, de negros, mulatos y zambos, estos seres los vio entonces AD como meros objetos clientelares, como mercancía al mejor postor para el negocio del voto y para la eterna demagogia partidista, exactamente como hoy los ve Globovisión.

Cuando estudiaba en la panza del Norte, allá en el país donde se inventaron las guerras entre indios y vaqueros, solía encontrarme con venezolanos supremamente atormentados porque no tenían los ojos azules, porque no eran del todo blancos y porque provenían de un país “atrasado”, “pobre“, sucio”, “feo” y “maldito”. Recuerdo especialmente a uno de ellos que me decía casi gemebundo: “¡Qué raya, Dios mío, por aquí creen que en nuestro país todos somos indios!, y me he indignado preguntándoles: ¿es que acaso ustedes me ven plumas en la cabeza, es que acaso ustedes me ven que yo ande trajeado con un guayuco?” Pobre muchacho, un día se suicidó en un baño de la biblioteca de la Universidad de California, en el campus de La Joya.

Otros venezolanos, al registrarse en la Guía Telefónica colocaban sus nombres originales en inglés, y uno los veía allí como Jhosep González, Richard Báez, Charles Pérez, Peter Mijares, Rupert Molina, etc. En esta era una situación de lo más común en las conversaciones que teníamos, y el hijo de un connotado empresario, amigo de Diego Arria, desesperado me hablaba de la injusticia divina, de la tragedia histórica nuestra porque no nos habían conquistado los sajones. Yo trataba de explicarles que a nosotros los estadounidenses y los europeos nos habían creado nuestra identidad. Que los estadounidenses y los europeos habían escrito todo lo referente a nuestra cultura, nos habían definido y conceptualizado así como lo habían hecho con los orientales y los africanos. No es que nosotros llevemos un guayuco o plumas en la cabeza, le decía recordando al muchacho trastornado que se había matado. No, el problema es que ellos son los que lo llevan en la mente. En cuanto te ven, ya tienen la definición de lo que eres en la mente, y no tienes escapatoria. Así se lo han enseñado en la casa, en la escuela y en la universidad. Pero estos tristes escuálidos por naturaleza se negaban a escucharme y a creerme. Huyendo de lo que son se van a Miami, a Nueva York o a Los Ángeles, con la esperanza de que los asimilen, de que los transformen en esa otra cosa que ellos ven en los gringos.

Cuántas veces encontré a negros como Michel Jackson que hasta se echaban acelerador de bronceado cuando iban a la playa, y se colocaban del más fuerte. Cuantas veces vi negros embadurnarse con base de maquillaje la cara para aparecer más blancos. Y lo terrible era que mientras más se echaban más se les veía el negro y más eran rechazados por los blancos. Ni que decir de hacerse la nariz más refinada, de pintarse el pelo (de tratar con locura de alisárselo).

Todo esto, por supuesto, es aberración, pero la madre de todas ellas es la de negro, indio o mulato metido a antichavista. Esto sí es realmente la rehostia. Como decía el poeta Andrés Eloy Blanco en 1946, refiriéndose a los negros que se metían a copeyanos: “Hay dos cosas en la vida que son feas por doquier / mujer orinando en frasco /y negro inscrito en Copey”, bueno hoy en día podría parodiar este verso diciendo: 'Hay dos cosas feas sin reparación / mujer orinando en frasco /y negro con Globovisión“.


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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