¿Santos en gracia? ¿O capo botado al basurero?

Colombia es una novela de la realidad infinitamente mágica, donde toda noción de certeza se quiebra en una difusa polvareda de coca, de inas, de pobreza y de rebeldía sicariada en medio de un paraíso mediático regodeado en una abultada lavadora de dólares.

La novela es una base militar donde la multitud sueña que está viva, que su voto es decisivo para preparar un sancocho con los productos de los mercalitos de Venezuela.

En esa novela una elefanta pare una hormiga que, mientras da sus primeros movimientos hacia la casa blanca, se va convirtiendo en sanguijuela; y al poco tiempo llega a presidente.

Chimbo, uno de los protagonistas de esta novela, tiene el poder de representar cualquier postura cualquier apariencia en su oficio de vender máscaras.

Esta novela tiene pueblo en el anclaje de una condición de multitud escuchando caracolas en el RCN, la calle de la radio, del carnaval de curramba la bella.

El progreso de la multitud es quizás la espina dorsal donde se engarzan todos los temas de esta novela. Los millones de desplazados e indigentes, secuestrados, sindicalistas balineados, falsos positivos, no son turistas en busca de sus tierras, de su comida lejana, sino más bien embajadores de un paraíso, donde el mayor riesgo para el visitante, es quedarse atrapado en su atmósfera edénica.

Tal vez el mayor conflicto de la novela no sea la muerte sino cómo se vive la posibilidad cierta de ser asesinado felizmente, en el objetivo primordial de ser un héroe de la nueva Colombia en su condición de estrella regalada a la constelación de la bandera del imperialismo norteamericano del águila coca y plata.

Es en este idílico paraje informativo que la suprema corte constitucional dice que Uribe no va, porque el baile no es para él sino para Santos. Bueno, en la novela hay una santa competencia de creyones; y el creyón mayor es la multitud.

Uribe, personaje de la novela, ya no es el muchacho ladino con aires de seminarista que estorbaba a Virginia Vallejo sus horas de placer con el capo Escobar Gaviria, su jefe y su padrino para llegar a la presidencia, siempre con la anuencia del departamento de Estado de gringolandia. Ahora es el guerrero cansado a punto de quitarse sus arreos de narcoparamilitar, sabiendo que está a punto de ser desechado por su amo del norte como un condón, irremediablemente perdido en su vulnerabilidad de latex embarrado de esperma amarillenta.

Esa decisión fue tomada varios capítulos atrás en el salón oval del palacio de la justicia, Uribe fue el primero en saberlo; y como uno de los narradores de la novela, sabía que la cara del Santo estaba a punto de aparecer. El problema principal era a quien le correspondía hacer el teatro de anunciar aquel acontecimiento a la creyona multitud. Fue el propio empleado lambusio caído en desgracia, quien sugirió el nombre de la suprema corte constitucional.

“Pregunta Yamid”, una de las ventanas de la novela fue escogido también por Uribe para hacerle saber a la multitud que se iba a dedicar, en su dorado retiro, a crear una universidad virtual. Pensar ese anuncio le costó todo un capítulo. No fue fácil confeccionar este nuevo invento, sobre todo si sabía que en la próxima sesión de la novela los súper amigos deciden no meterlo preso con su número 82, y por descarte, optan por asesinarlo, e incriminar una vez más a la FARC, en otra de esas charadas inolvidables como la operación jaque y el asesinato de los diputados del Valle.

Uribe no es hijo de Pedro Páramo ni de Juan Preciado, es más bien uno de los vástagos de la sanguijuela que vino a Colombia buscando a su taita, un tal Cocaína.

tutas13@yahoo.com





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Eduardo Mármol


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