El camarada Carlos Ilich Ramírez es: ¿realmente un terrorista?

Desde hace unas cuantas semanas he escuchado a varios analistas internacionales –de ambos sexos, edades y colores- llegar a la siguiente conclusión: el gobierno de Chávez es cómplice de terrorismo, porque se solidariza con la libertad o traslado de prisión de Carlos Ilich Ramírez desde Francia a Venezuela, quien es mundialmente conocido por el apodo de animal que le puso algún ideólogo policial del capitalismo: el Chacal. Sin desmeritar el conocimiento de esos analistas y con el respeto que se merecen, creo que tanto su análisis como su síntesis son incorrectos.

¿Por qué?

El terrorismo es, sin duda, una forma de lucha política que posee características propias que la distinguen de otras expresiones violentas de lucha de clases o entre naciones. Toda gran revolución producida en la historia, como suplantación de un régimen económico-social por otro, nunca ha llegado a la toma del poder político por la vía metodológica o táctica del terrorismo, pero jamás ha dejado de utilizarlo como un mecanismo de presión para estabilizar su triunfo revolucionario. Así lo hizo, está bien descrito en la historia, la revolución burguesa francesa contra el cerco de enemigos feudales que intentaron derrocarla en los primeros meses o años de su victoria. Así lo hizo la revolución rusa o bolchevique contra el cerco imperialista y contra la guerra interna de quienes se levantaron en contrarrevolución para derrumbarla tan pronto asomó su rostro victorioso en la nación más atrasada de la cadena capitalista europea. No nos olvidemos de ello al hacer el análisis sobre el terrorismo como forma de lucha política. Incluso, Lenin fue víctima de un ataque de terrorismo que, al poco tiempo, lo condujo a la muerte. Pero ese género de terrorismo nada tuvo de semejanza al aplicado, como medio de presión contra sus enemigos, por la gloriosa Revolución de Octubre.

Casi todos (por no decir todos) los conceptos o criterios emitidos sobre terrorismo coinciden en el coro de entonar la misma melodía: “el terrorismo es un crimen contra la sociedad”, “es una acción de locos”, “es un método de desadaptados y criminales”, “hay que combatir y destruir el terrorismo”,”es un acto de salvajismo”. Y, por otro lado, en este tiempo de dominio de la globalización de la miseria y el sufrimiento y la desglobalización de la riqueza y el privilegio, toda acción de cualquier partido, grupo o de masas que luche contra el sistema capitalista se le tilda, sin ton ni son, como terrorismo. Se olvidan, consciente o inconscientemente, los teóricos o analistas del régimen capitalista que situar fenómenos diferentes como gemelos en una determina escala histórica, conduce inevitablemente a cometer profundos errores analíticos y a conclusiones de espalda a la realidad. Cuando un defensor del sistema capitalista, por ejemplo, cataloga una acción de masas, una toma de una empresa, una huelga política o económica, una protesta callejera como una actividad terrorista comete el mismo error a la inversa que un marxista o izquierdista cuando considera que un régimen político bonapartista (tipo Pinochet) es exactamente igual a uno fascista o nazista (tipo Hitler) o que ambos son semejante en todo a uno de democracia burguesa representativa.

No pocas veces sucede también que algunos especialistas en la mentira convulsionada nos dicen que la causa de los grandes males que padece el mundo y, especialmente, los problemas de inseguridad son consecuencia del terrorismo, olvidando ex profeso que éste es efecto y no causa. Eso intenta que los explotados y oprimidos se distraigan, se aterroricen y no se preocupen por determinar las verdaderas causas que generan sus adversidades, miseria y sufrimiento. En hacer proliferar esa absurda idea son maestros o expertos los paralíticos racionalismos de orientación pragmática, porque cuentan con poderosos recursos económicos e influyentes medios masivos de comunicación social para publicitar tanto la mentira y que la gente la llegue a considerar como verdad inequívoca de su tiempo.

El marxismo ha sido claro en cuanto a concepción metodológica sobre el terrorismo. Por eso nos dice que éste se plantea una concentración mayúscula de la energía individual en un momento específico, una excesiva sobreestimación de la relevancia del valor personal, un apego extremado a la conspiración tan hermética y férrea que no permite ni la agitación ni el trabajo organizativo al interior de las masas o del pueblo. El terrorismo se plantea el derrumbe de la organización que a través de los laboratorios se proyecta sustituir la insuficiencia de una fuerza política. De la misma manera se plantea sustituir al pueblo del papel que corresponde a éste jugar en la lucha política o cree erróneamente en que no es necesaria la participación de las masas en la lucha de clases, porque por medio de sus acciones terroristas obtendrá su pueblo la felicidad. Eso es el terrorismo, sea de derecha, del centro o de izquierda.

Es cierto que en determinado momento histórico el terrorismo logra desorientar el régimen imperante, pero incluso en esa circunstancia quien mejor saca provecho de las acciones terroristas no es la organización terrorista y menos el pueblo, sobre quien recae el mayor peso de la represión, la muerte y el luto. El terrorista llega a creer, por ejemplo, que con matar un ministro se desmorona todo un gobierno, desconociendo que el régimen capitalista no se sustenta en ministros y no puede ser derrocado dándole muerte a su gabinete ministerial. Por cada ministro que desaparece, como consecuencia de una acción terrorista, existen centenares de nuevos candidatos a ocupar el vacío dejado por el occiso y el régimen continúa su funcionamiento. Si con un arma fuese suficiente para conquistar el poder político, entonces de nada valdrían los esfuerzos de la lucha de clases; si basta con hacerle un disparo efectivo a un alto funcionario de un gobierno para lograr el programa estratégico de una revolución, entonces de nada valdría la organización de vanguardia de clase. Si resultase suficiente, para el triunfo de una causa revolucionaria, con sólo intimidar a un gobierno capitalista, entonces de nada valdría el papel del partido político. Lo que sucede es que el terrorismo reduce al pueblo a sí mismo, lo reconcilia con la impotencia y orienta sus sueños y perspectivas hacia el gran vengador, ese que un día con una acción terrorista lo emancipará para siempre.

Toda la propaganda y la lucha del imperialismo actual, en la supuesta defensa de la democracia y la libertad, se fundamenta casi exclusivamente contra todo lo que consideran como terrorismo a sabiendas que el peor de todos los terrorismos actuales es el del Estado imperialista. Si bien es cierto que intentar o hacer detonar una bomba en un avión –especialmente cargado de pasajeros inocentes- es un acto terrorista, condenable, abominable e injustificable igualmente y hasta peor es lanzar bombas contra escuelas, hospitales o barrios matando a centenares o miles de personas y, especialmente, niños y niñas que nada tienen de responsabilidad en las realidades que caracterizan este mundo. Si el primero es una expresión de terrorismo individual o grupal, el segundo lo es de Estado y el estadounidense es el más experto y salvaje de todos los terrorismos de Estado en todo el planeta. Démonos cuenta que hablar o escribir de terrorismo implica, de manera inevitable, mucha repetición de las palabras.

Lo que más suele tenerse por terrorismo son los secuestros y los atentados contra instituciones y personas y, especialmente, contra intereses económicos de las naciones imperialistas. El secuestro es, sin duda alguna, una actividad delincuencial que se distingue de aquella que se llama retención política o económica; es decir, sin que la estemos justificando, no es lo mismo obtener un pago económico para ser repartido entre los actuantes en un secuestro que recibirlo, proveniente de una retención, y utilizarlo en beneficio de una causa emancipadora. ¿Quién podría condenar?, por ejemplo, aquella acción que ejecutó el indígena Paramacay cuando retuvo políticamente a la esposa y los hijos del colonizador Mendoza para devolverlos cuando éste decidiera respetar el derecho de vida y de paz de los aborígenes o su tribu. Por cierto, Mendoza aceptó el canje y cumplió con su palabra empeñada. ¿Podría compararse esa retención al secuestro de miles de miles de negros que fueron arrebatados de sus familias y sus tierras para ser traídos como esclavos a la América? ¿Cuál de las dos expresiones de violencia social sería realmente terrorismo? No nos olvidemos que el camarada Carlos Ilich Ramírez fue víctima de un secuestro por la policía francesa llevada a cabo en territorio de Sudán. Por supuesto, para el gobierno francés eso no es terrorismo.

El Estado estadounidense y su administración de justicia han comenzado a juzgar a un negrito nigeriano acusado de terrorismo por querer hacer explotar una bomba dentro de un avión con más de doscientos pasajeros que volaba desde Holanda hasta Estados Unidos. De ser cierto el hecho es, sin duda alguna, un acto terrorista fallido que debe ser juzgado y condenado, su autoría, con todo el peso de la ley. Sin embargo, el mismo Estado estadounidense protege y se niega a deportar a un terrible terrorista, llamado Posada Carriles, que hizo explotar un avión de Cuba con un centenar o más de pasajeros inocentes de las contradicciones entre la revolución cubana y el imperialismo estadounidense. ¿Quién apoya o es cómplice del terrorismo: el gobierno de Chávez que está planteando que Carlos Ilich Ramírez termine de pagar su cautiverio en Venezuela o el gobierno de Obama que se niega a que Posada Carriles sea deportado a Venezuela para ser juzgado por el terrible crimen terrorista que cometió? ¿Quién es verdadero cómplice del terrorismo: Fidel que exige la libertad de los cinco cubanos presos en Estados Unidos por denunciar actividades terroristas o el presidente Obama que se regocija de tenerlos en cautiverio?

Conocí a un camarada venezolano que estudiaba post-grado de medicina en Francia cuando dicen que Carlos Ilich Ramírez dio muerte a dos policías y otra persona al momento de intentar hacerlo preso por supuestas actividades contrarias a las leyes francesas. Si mal no recuerdo el camarada venezolano fue expulsado de Francia sin permitirle que concluyera su post-grado, aunque comprobaron nada tuvo que ver en el hecho. De ser cierto lo dicho por la policía francesa, aunque el mismo haya sido concebido como un crimen, no entra en la categoría de terrorismo, porque sería igual a considerar a toda persona que de muerte a otra –de la manera que sea- como un acto terrorista. Entiéndase correctamente que no estamos avalando la muerte sino buscando la razón del hecho terrorista.

La otra famosa acción terrorista por la cual más se conoce a Carlos Ilich Ramírez es la toma de la sede de la OPEP –creo- que en Viena o Bruselas, no lo recuerdo bien ni tampoco el año. Cierto es que un grupo o un terrorista individual puede tomar una determinada institución cargado su cuerpo de explosivo para hacerlo estallar y llevarse por delante todo lo existente en su interior y parte de lo exterior, pero ese mismo acto no implica que sea terrorismo propiamente dicho. Este se determinaría por su desenlace. En el caso que nos ocupa de Carlos Ilich Ramírez no hubo consecuencias que lamentar sino que se limitó a consignas y peticiones de carácter político. Sin embargo, para los organismos de seguridad de Europa, por lo menos, se trató de una acción terrorista llevada a cabo por el terrorista Carlos Ilich Ramírez. Supongamos, sólo supongamos, por un momento, que tienen razón.

En el continente americano y, especialmente, el Estado estadounidense recuerda la célebre toma del Congreso Nacional de Nicaragua por el comandante Cero (Edén Pastora) que logró su éxito de canje de prisioneros o retenidos de guerra con la terrible dictadura bonapartista encabezada por Anastasio Somoza. Este había caído en desgracia con el gobierno de Estados Unidos, no porque le hubiese dejado de servir fielmente, sino porque había entrado en un estado de completa derrota, repudiado por más del noventa por ciento del pueblo nicaragüense, condenado sus crímenes por muchos gobiernos del mundo, y el FSLN se había convertido en la fuerza política más influyente en la conciencia de la mayoría de la sociedad de Nicaragua. Simplemente: por esas realidades fue que el gobierno de Estados Unidos no se opuso a la caída o derrota de la dictadura militarista de Somoza y, además, intentó imponerle curso al triunfo de los revolucionarios para que de una u otra manera el nuevo gobierno siguiera siendo fiel a los intereses del monopolismo económico estadounidenses. Lo cierto es que la toma del Congreso Nacional de Nicaragua nunca fue tildada, ni por el gobierno de Estados Unidos ni por el de Francia ni por ninguno de nación imperialista, como un acto de terrorismo ni el comandante Cero de terrorista, pero la de la OPEP sí y Carlos Ilich Ramírez de terrorista. Los ideólogos y mandatarios del capitalismo juzgan de terrorismo lo que les conviene pero lo que consideran les favorece no lo tachan de terrorismo.

Incluso, la toma de la Embajada de República Dominicana en Colombia por el M-19 tampoco fue catalogada como un acto terrorista y su desenlace fue negociado hasta con aval del gobierno de Estados Unidos. En ese momento histórico los ideólogos del capitalismo no habían creado tantos términos compuestos para descalificar las luchas revolucionarias. Sin embargo, la toma de la Embajada de Japón en Perú por el Movimiento Túpamaru sí fue tachada de terrorismo aun cuando el terrorismo de Estado, ejecutado por Fujimori, no dejó ninguna prueba humana viva del carácter eminentemente político de la misma. Para el imperialismo la salsa que es buena para el pavo no lo es para la pava. Cuando los soldados del imperialismo entran a fuego intenso, matando todo lo humano que haya en el interior del lugar, no es un hecho de terrorismo sino de defensa de la democracia y de la libertad incluso de otras naciones que son invadidas para neocolonizarlas. Cuando bombardean una escuela y centenares de niños y niñas mueren, para los señores del imperialismo no fue un acto terrorista sino que echan la culpa a los terroristas de escudarse con inocentes para cometer sus crímenes. Ese el mundo de hoy, donde toda lucha revolucionaria que intente atacar las perversiones del capitalismo salvaje, es catalogada como acción terrorista. Incluso, por ejemplo, si en Honduras la rebelión de los militares hubiese sido para invocar una radicalización del gobierno de Zelaya por el socialismo, inmediatamente el gobierno de Estados Unidos los hubieran tratado como terroristas, pero como fue para sustituir al primero e imponer a Micheletti, un anticomunista iracundo, lo aplaudieron, lo avalaron y lo mantuvieron en el poder teniéndolo como un ejemplo del demócrata antiterrorista.

Bueno, en fin: para mí, el camarada Carlos Ilich Ramírez no es un terrorista sino un revolucionario integral aun cuando no se esté de acuerdo con algunas o muchas de sus ideas y, especialmente, de carácter religioso. Y es necesario concluir esta opinión con una interrogante: ¿qué criterio tienen los analistas que sostienen que Chávez es cómplice de terrorismo por solicitar el traslado de Carlos Ilich Ramírez a Venezuela de los agentes y militares estadounidenses que han disfrutado y tomado fotografías de sus actos den torturas contra los presos islámicos y, además, de esos presos que viven las veinticuatro horas del día encadenados en Guantánamo? ¿Es eso o no terrorismo?



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Freddy Yépez


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