Marx: jamás se burló de los socialistas utópicos

En las polémicas o los debates ideológicos, especialmente cuando se trata de combatir a algún gobierno que se profesa socialista, suelen aflorar los argumentos tergiversadores de la verdad para tratar de desprestigiar a un determinado régimen político.

En estos días, escuchando una opinión en la búsqueda de desgarrar la piel del llamado “socialismo del siglo XXI”, se emitió una opinión en un canal de televisión, por un especialista de la ciencia Historia, donde el argumento más destacado fue el de que Marx se burló de los socialistas utópicos. En menos de dos minutos eso se dijo una docena de veces. Lo cierto, lo verdaderamente cierto, es que ni Marx ni Engels, como tampoco ni Lenin ni Trotsky, se burlaron de los socialistas utópicos. Esto puede ser confirmado en todos sus escritos que actualmente circulan, en español, por muchas regiones del mundo a muy bajo precio. Nadie que se burle de otra persona y menos de sus ideas puede elogiarle la valía de sus conocimientos.

No se requiere emborronar cuartilla tras cuartilla para demostrar el respeto que sintieron, los marxistas antes mencionados, por los socialistas utópicos. Pero eso no se detuvo allí, sino que partiendo de las ideas y experiencias expuestas por los socialistas utópicos fue que, principalmente, Marx y Engels desarrollaron su teoría sobre el socialismo científico, el proletario, ese que se convierte en un régimen de producción que no solamente supera con creces las realidades del capitalismo, sino que se transforma en un sistema de producción planificada para que la sociedad conquiste y haga realidad una mejor satisfacción de sus necesidades, materiales y espirituales, que ningún régimen anterior fue capaz de garantizarle.

Entonces, vayamos a pocos ejemplos:

Marx, criticando a Proudhon en la oposición de éste a los utopistas, decía que en “… las utopías de Fourier, Owen, etc., podemos encontrar el presentimiento y la concepción fantástica de un nuevo mundo…”. Eso no es burla.

Engels, en su obra “El origen de la familia, la propiedad y el Estado” y en una nota a pie de página, reconoce “… la brillante crítica de la civilización que se encuentra esparcida en las obras de Carlos Fourier…”. Eso no es burla.

Además, en la misma obra, Engels reconoce que a todos los matrimonios de conveniencia les viene a molde la frase de Fourier: “Así como en gramática dos negaciones equivalen a una afirmación, de igual manera en la moral conyugal dos prostituciones equivalen a una virtud”. Eso no es burla.

Engels, en su obra “Del socialismo utópico al socialismo científico”, reconoce los grandes aportes de Fourier para el estudio del socialismo, de las realidades del capitalismo, y, entre otras cosas, lo cita para destacar lo que constantemente niegan al conocimiento humano los ideólogos del capital: “… la superabundancia se convierte en fuente de miseria y de penumbra…”, a lo cual Engels le agrega: “… ya que es ella, precisamente, la que impide la transformación de los medios de producción y de vida en capital, pues en la sociedad capitalista, los medios de producción no pueden ponerse en movimiento más que convirtiéndose precisamente en capital, en medio de explotación de la fuerza humana de trabajo…”. Eso no es burla.

Engels, para que cualquier lector determine la importancia que le prestó a las ideas o los estudios de Fourier, podemos señalar una opinión que recoge esa verdad sin posibilidad de refutarla: “Y así como Kant introduce en la ciencia de la naturaleza la idea del acabamiento futuro de la tierra, Fourier introduce en su estudio de la historia la idea del acabamiento futuro de la humanidad”. Eso, jamás, puede ser burla.

Además, téngase muy presente, que Engels destacó la maestría con que Fourier manejó la dialéctica comparándolo con su contemporáneo Hegel. Eso no es burla.

Engels, reconociendo los grandes aportes de los socialistas utópicos como fuente de avance del conocimiento, señala, entre otras cosas, lo siguiente: “Lo que en Saint- Simon (también socialista utópico) es una amplitud genial de conceptos que le permite contener ya, en germen, casi todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas posteriores, en Fourier es la crítica ingeniosa auténticamente francesa, pero no por ello menos profunda, de las condiciones sociales existentes. Fourier coge por la palabra a la burguesía, a sus encendidos profetas de antes y a sus interesados aduladores de después de la revolución. Pone al desnudo despiadadamente la miseria material y moral del mundo burgués, y la compara con las promesas fascinadoras de los viejos enciclopedistas, con su imagen de una sociedad en la que sólo reinaría la razón, de una civilización que haría felices a todos los hombres y de una limitada perfectibilidad humana. Desenmascara las brillantes frases de los ideólogos burgueses de la época, demuestra cómo a esas frases altisonantes responde, por todas partes, la más cruel de las realidades y vuelca sobre este ruidoso fiasco de la fraseología su sátira mordaz. Fourier no es sólo un crítico; su espíritu siempre jovial hace de él un satírico, uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos. La especulación criminal que se desató con el reflujo de la ola revolucionaria y el espíritu mezquino del comercio francés en aquellos años, aparecen pintados en sus obras con trazo magistral y deleitoso…”. Eso no es burla.

Además, y téngase bien presente, la idea marxista de la emancipación de la mujer se fundamenta, en un 90% o más, en las ideas de Fourier. Eso no es burla.

En cuanto a Roberto Owen, otro de los grandes del socialismo utópico, Engels, en su obra “Del socialismo utópico al socialismo científico”, destaca la importancia de sus ideas, cuando dice: “Todos los movimientos sociales, todos los progresos reales registrados en Inglaterra en interés de la clase trabajadora, van asociados al nombre de Owen. Así, en 1819, después de cinco años de grandes esfuerzos, consiguió que fuese votada la primera ley limitando el trabajo de la mujer y del niño en las fábricas. El fue también quien presidió el primer congreso en que las tradeuniones de toda Inglaterra se fusionaron en una gran organización sindical única. Y fue también él quien creó, como medidas de transición, para que la sociedad pudiera organizarse de manera íntegramente comunista, de una parte, las cooperativas de consumo y de producción –que han servido por lo menos para demostrar prácticamente que el comerciante y el fabricante no son indispensables-, y de otra parte, los bazares obreros, establecimiento de intercambio de los productos del trabajo por medio de bonos de trabajo y cuya unidad era la hora de trabajo rendido…”. Eso no es burla.

Engels reconoce el comunismo oweniano como fruto de los cálculos de un hombre de negocios para combatir la miseria reinante. Owen, lo dice Engels, gozaba de un gran dominio de la materia sobre detalles técnicos, en diseños, dibujos, gastos. Owen llegó a ser la persona más popular en toda Europa, escuchado por gobernantes y hasta por príncipes, pero cuando explicaba sus ideas comunistas, le daban la espalda. Para Owen, los tres grandes obstáculos que se interponían a su ideal de reforma social, eran: la propiedad privada, la religión y el matrimonio. Eso no es burla.

Engels reconoce no sólo que Owen asimiló magistralmente las enseñanzas de los filósofos materialistas del siglo XVIII, sino que fue uno de los poquísimos que comprendió que a la revolución industrial se le podía introducir orden en el caos. Pero además Engels reconoce el mérito incuestionable de Owen en su experimentación de humanizar el trabajo y la vida de los obreros. Fue tanta la pasión humana de Owen en esa tarea que en una población de dos mil quinientas personas, logró que los niños fuesen enviados a las escuelas a partir de los dos años. Fue tal el método de humanismo y de solidaridad creado en esas escuelas que cuando los padres iban a buscar a sus niños para llevarlos a casa, éstos se oponían. Eso no es burla.

Y del gran Saint-Simon, para no continuar buscando ejemplos irrefutables del respeto que profesaron los padres del marxismo por los socialistas utópicos, digamos simplemente que Lenin, en su magistral obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo” y que Marx y Engels no vivieron esa etapa de desarrollo, lo concluye, precisamente, no es citando a sus dos personajes más admirados y forjadores de la doctrina que profesó con sabiduría, sino a Siant-Simon, el socialista utópico. Eso no es burla.

Ahora, sin duda alguna, que Marx y Engels analizando las ideas del socialismo utópico y tomando lo que realmente servía de legado para el desarrollo del conocimiento científico y del socialismo científico, criticaron lo que no podía ser asumido por la doctrina marxista, por el proletariado en su formación política e ideológica. Pero eso no es burla, es ciencia. Lo que criticaron Marx y Engels es que el ideal de socialismo utópico no llegaba a convertirse en un socialismo verdadero, científico, porque chocaba con las realidades del capitalismo en un gran trecho y no les dejaba avanzar. No pudieron, fundamentalmente por realidades de su época, los socialistas utópicos, comprender los elementos que resultaban indispensables para poder plantear un ideal capaz de reflejar el socialismo verdadero o científico, expuesto por Marx y Engels. Téngase presente que el marxismo no es sólo fruto de las luchas revolucionarias entre la burguesía y el proletariado, sus experiencias, sino, esencial, de la asimilación correcta de las tres grandes fuentes teóricas del conocimiento para la lucha de clases de su tiempo: la filosofía hegeliana alemana, la economía política inglesa y el socialismo utópico francés. Entonces, si Marx se hubiese burlado de los socialistas utópicos, también se hubiera burlado de Hegel (filósofo), de David Ricardo y Adam Smith (economistas). No, no hubo burla de ninguna naturaleza.

Se sabe que todos los socialistas utópicos fracasaron en su propuesta de socialismo como ellos lo interpretaban, aunque eso no contradice el valor de muchos de sus planteamientos. Saint-Simon, por ejemplo, es reconocido como un sabio de su tiempo, como un hombre de grandes ideas, pero creía, ¡he allí su gravísimo error o idea utópica!, que el capitalismo se podía transformar en socialismo mediante el gobierno de la ciencia y la industria, unidas por un nuevo lazo religioso, un “nuevo cristianismo”, forzosamente místico y rigurosamente jerárquico, llamado a restaurar la unidad de las ideas religiosas, destruida desde la Reforma. Así lo explica Engels, pero éste agrega además: “Pero la ciencia eran los sabios académicos; y la industria eran, en primer término, los burgueses activos, los fabricantes, los comerciantes, los banqueros”.

Preguntemos, para determinar si era posible o no hacerse realidad el socialismo utópico: ¿es capaz la burguesía de hacer el socialismo contra sus propios intereses capitalistas? ¿Se podía siquiera pensar que los señores latifundistas podían hacer realidad la revolución burguesa? No, sencillamente no. Eso no es burla.

Ahora, no es serio, no es responsable, no es objetivo, no es científico, que un historiador, sea de la tendencia de pensamiento social que sea, invente testimonios o falsifique verdades para combatir un determinado ideal o régimen social. Cicerón, que no es santo de devoción de ningún marxista, dijo: “Nadie ignora, en efecto, que la primera ley de la historia es no atreverse a decir nada falso ni a callar nada verdadero; que al escribirla no haya sospechas ni de halago ni de antipatía”. Eso no es burla.

Discúlpenme: me extralimité de cuartillas.



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Freddy Yépez


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