Venezuela en la encrucijada estratégica: entre la paz necesaria y el imperio que sólo entiende de guerra

Un proverbio que es una advertencia

En una conferencia de prensa conjunta, el presidente ruso Vladimir Putin, al

dialogar con la entonces canciller alemana Ángela Merkel, soltó una frase cargada

de picardía y realismo eslavo: en las relaciones con Estados Unidos, "no importa

lo que hagas la noche de bodas, que terminarás jodida de todos modos". Más allá

de la anécdota y de una lectura superficial, este proverbio encierra una verdad

estratégica de hierro para las naciones que desafían la hegemonía: cualquier

interacción con el imperio norteamericano tiende, inexorablemente, hacia un

escenario de sometimiento, dominación o confrontación. La brutal agresión del 3

de enero de 2026 contra Venezuela, un acto de guerra vil e ilegal, no es una

aberración en la política estadounidense. Es la manifestación extrema de una

constante histórica. Hoy, el pueblo venezolano, ante la herida abierta, se pregunta

con razón: ¿cómo recuperar la normalidad y encontrar la paz con quien nos ha

declarado la guerra? La respuesta exige ir más allá de lo pintoresco y lo

anecdótico para profundizar en la raíz del problema: la naturaleza misma del

imperio.

La sabiduría de la estrategia bolivariana: evitar la trampa

Desde su ascenso, el proyecto bolivariano ha tenido como brújula estratégica

fundamental la construcción de una independencia verdadera –política y

económica–, el establecimiento de alianzas justas y multipolares, y, de manera

crucial, la evitación de la confrontación militar directa con los Estados Unidos. Esta

línea, continuada desde Chávez hasta hoy, no es pasividad. Es la comprensión

profunda de que caer en la trampa de una guerra convencional sería entregarle al

imperio su escenario ideal. Esta postura se alinea con la filosofía de las potencias

emergentes –Rusia y China– que, tras superar sus propias debacles (la caída de

la URSS para Rusia, el siglo de humillación para China), han priorizado un

desarrollo autónomo y una fortaleza disuasiva, conscientes de que un colapso

caótico del imperio norteamericano podría arrastrar al mundo entero a una

catástrofe termonuclear. El objetivo supremo, la construcción de una sociedad

nueva y más humana, no puede sacrificarse en el altar de una guerra que el

imperio promueve.

La lección de 1917: el manual estratégico del imperialismo

Para desentrañar la lógica que hoy nos aplican, debemos remontarnos al primer

gran desafío revolucionario del siglo XX. Tras la Revolución Rusa de 1917, las

potencias imperiales –incluyendo a Estados Unidos y Gran Bretaña– no dudaron

en intervenir militarmente, apoyando a los contrarrevolucionarios para imponer una

atroz guerra civil. El objetivo estratégico trascendía la victoria militar inmediata. Se

trataba de infligir un sangrado profundo al naciente Estado soviético, forzándolo a

un estado de emergencia perpetua donde la defensa de la Madre Patria

desplazara a la construcción del comunismo. La Nueva Política Económica (NEP)

y los planes quinquenales de industrialización acelerada fueron, en parte, una

respuesta a esta presión constante. Los mejores cuadros de la revolución

murieron en el frente, y la sociedad se militarizó. Ese modelo –debilitar, aislar y

distraer a la revolución mediante la agresión externa e interna– se convirtió en el

manual de operaciones del imperialismo contra las revoluciones nacientes para el

resto del siglo y lo que va del XXI. Simón Bolívar, con su visión profética, ya había

percibido en el siglo XIX la agresividad singular de esa nación, advirtiéndonos

sobre un vecino cuyo destino era "plagar la América de miseria en nombre de la

libertad".

El keynesianismo militar: la guerra como motor de la economía imperial

La Segunda Guerra Mundial reveló el camino a seguir por el imperio

norteamericano en la búsqueda de la supremacía económica. Según el análisis

del profesor Jorge Beinstein, una de las mentes más lúcidas del pensamiento

marxista latinoamericano de los últimos cincuenta años, la estrategia económica

de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial nunca fue un keynesianismo

convencional. Fue, en sus propias palabras, un "keynesianismo militar". Esta

conceptualización nos permite desentrañar la lógica profunda que ha impulsado la

economía y la política exterior estadounidense durante gran parte del siglo XX y lo

que va del XXI.

Los cimientos bélicos de la prosperidad

El punto de partida de este modelo fue el formidable complejo tecnológico-militar

desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial, cuya expresión más dramática

fue el Proyecto Manhattan para la construcción de la primera bomba atómica. La

victoria aliada consolidó a Estados Unidos como un Estado con un poderío sin

precedentes, que decidió que el incentivo económico para un mundo que salía de

los dolores y la miseria de la guerra, y ante el peligro de una revolución social en

gran parte del globo, debía partir de las necesidades humanas. Las prioridades

norteamericanas eran claras: mejorar las condiciones de vida internas e impulsar

el crecimiento de sus empresas, apoyando la reconstrucción europea para evitar

la expansión del comunismo. Sin embargo, con el tiempo encontraron en la

experiencia de la guerra mundial un catalizador aún más poderoso.

Los estrategas norteamericanos habían observado con atención un fenómeno

revelador: el militarismo alemán previo a la guerra y, crucialmente, el efecto de la

propia contienda en su economía era un modelo que no podía obviarse por

completo. Además, otro dato que impactó a los imperialistas fue que, entre 1940 y

1945, el Producto Interno Bruto de Estados Unidos se duplicó. La guerra, con su

insaciable demanda de material, funcionó como el más potente de los estímulos

económicos. Esta lección no pasó desapercibida en Washington.

Con el discurso del "Telón de Acero" de Churchill, patrocinado y asumido por

Washington, no solo comenzaba la Guerra Fría, sino que se activaba oficialmente

la maquinaria del keynesianismo militar. La amenaza soviética, real o magnificada,

justificó la inyección de enormes flujos de dólares hacia la producción de

armamento y el desarrollo de tecnologías de vanguardia. Si bien muchos astilleros

y complejos tecnológicos eran de propiedad estatal, el modelo se basó en un

apalancamiento masivo de la empresa privada.

El Estado direccionaba, financiaba y marcaba las necesidades, pero la producción

se subcontrataba en una vasta red de corporaciones privadas. Este torrente de

capital estatal permeaba así toda la economía: generaba empleo bien remunerado

(en comparación con estándares globales), transfería tecnología y aseguraba

jugosos contratos. La "guerra psicológica" interna, el cultivo del miedo a un

enemigo externo, fue el lubricante social que permitió que esta máquina

funcionara sin objeciones mayores.

Sin embargo, el modelo contenía una contradicción inherente. La necesidad

insaciable de aumentar la producción de armamento cada vez más sofisticado y

costoso, impulsada por la dinámica de la competencia interimperialista y la

búsqueda de ganancias, llevó a que los desembolsos militares superaran la

capacidad de ingresos fiscales. El déficit se hizo estructural.

La solución fue exportar la guerra a la periferia. Conflictos como el de Vietnam no

fueron solo geoestrategias ideológicas; fueron intentos desesperados por

asegurar, mediante el control directo de territorios y recursos, los medios para

cubrir el déficit fiscal interno. Vietnam demostró los límites de esta estrategia: una

guerra prolongada, imposible de ganar, que agravó la crisis fiscal y social dentro

de Estados Unidos, poniendo fin a la era dorada del keynesianismo

militar "benefactor".

El neoliberalismo armado

La transición al neoliberalismo en los años 70 y 80, acelerada tras la caída de la

URSS, nunca significó el desmantelamiento del aparato militar. Por el contrario,

este se reconvirtió. Su nueva función fue garantizar, mediante la coerción, que los

Estados nacionales de la periferia se debilitaran y abrieran sus mercados. Guerras

como las de Kosovo o la "Guerra contra el Terrorismo" en Irak y Afganistán

tuvieron como objetivo central allanar el camino para el saqueo de recursos (como

el petróleo) y la entrada de corporaciones transnacionales.

El saqueo colosal de la periferia permitiría ahora un doble movimiento: financiar la

privatización de los servicios básicos dentro de Estados Unidos (que antes proveía

el Estado keynesiano) y, al mismo tiempo, inyectar recursos a las grandes

empresas. El Estado se redujo en su función social, pero se hipertrofió como

garante militar del mercado global dominado por sus corporaciones.

El eje permanente: Estado, finanzas y Pentágono

En esta nueva fase, el modelo se sofisticó. El Estado ya no gestionaba fábricas,

sino que canalizaba presupuestos astronómicos (superando el billón de dólares

anual) hacia un puñado de megacorporaciones de defensa (Lockheed Martin,

Boeing, Raytheon, etc.). Este gasto militar se convirtió en el mecanismo central a

través del cual el Estado inyecta dólares (obtenidos frecuentemente mediante la

venta de deuda pública) a la economía, oxigenando el capital financiero

parasitario.

La hegemonía del dólar, piedra angular del parasitismo financiero global, se

sustenta, en última instancia, en la hegemonía militar que garantiza su aceptación

forzosa. Así, se erige un edificio perverso: mercados financieros especulativos que

buscan mantener tasas de ganancia, todo apuntalado por la relación simbiótica

entre el Pentágono, el Tesoro y Wall Street.

La mutación neofascista y la vigilancia eterna del pueblo

Hoy, bajo la presidencia de Trump, asistimos a una nueva y peligrosa mutación:

un neofascismo agresivo que combina un nacionalismo económico brutal con un

militarismo descarnado y preeminente. El "Frankenstein" que se construye sigue

alimentándose del mismo eje: Estado, complejo militar-industrial y capital

financiero parasitario. El dólar, los mercados especulativos y la hegemonía cultural

se sostienen sobre la amenaza militar permanente.

Por ello, la estrategia venezolana de eludir la confrontación directa es de una

sabiduría profunda. Una guerra convencional sería una carnicería que sacrificaría

a nuestros mejores hijos e hijas y destruiría los cimientos materiales de la patria.

Pero la paz, en el sentido de una coexistencia pacífica y desarmada, es un

espejismo con semejante imperio. Si logramos evitar el choque frontal, persistirán

–y se recrudecerán– la guerra económica, el sabotaje, el bloqueo financiero, la

guerra psicológica y la agresión cultural.

Por una resistencia creativa y multidimensional

En días recientes pudimos ver cómo el derechista Mark Carney, actual primer

ministro de Canadá, pronunció, al referirse a Estados Unidos, la frase "Si no estás

en la mesa, estás en el menú" durante su intervención en el Foro de Davos de

2026. Esto ilustra muy bien, en otro contexto y otro tiempo, la misma idea con que

Putin retrataba la relación con el imperio norteamericano. Para Venezuela, la

conclusión es doble y debe quedar grabada en la conciencia del poder popular:

1. Evitar la guerra convencional es un triunfo estratégico. Debemos mantener la

cordura y la serenidad para no caer en la provocación que busca llevarnos a ese

terreno.

2. Bajar la guardia sería un error fatal. La paz con el imperio no existe. Lo que

existe es la resistencia activa y la preparación constante.

El pueblo venezolano debe prepararse no para una batalla, sino para una larga

guerra multidimensional. Esto implica fortalecer la economía productiva, la

soberanía alimentaria y tecnológica, la cohesión social, la defensa integral del

territorio y, sobre todo, la conciencia política. Debemos entender que cada día de

bloqueo, cada noticia falsa, cada presión diplomática, es un frente de esa guerra.

La construcción del socialismo bolivariano, el "paraíso de la felicidad" del que

hablaba el comandante Chávez, se forja en este fuego cruzado. No hay atajos. La

vigilancia, la unidad y la resiliencia creativa deben ser nuestro estado natural. El

imperio no descansa en su afán de dominación. Nosotros, herederos de Bolívar y

de Chávez, no descansaremos en nuestra voluntad de ser libres.

Venezuela, 27 de enero de 2026



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