Ucrania ya no es un país, es una mercancía, quizás menos que eso, una cosa

La mercantilización es el proceso mediante el cual bienes y servicios se convierten en mercancías que pueden ser comercializadas con fines de lucro. En este contexto, el valor de cambio (lo que se puede obtener a través de la venta) prevalece sobre el valor de uso (la capacidad del objeto para satisfacer necesidades humanas). Esta transformación afecta incluso al trabajo humano y los recursos naturales, convirtiéndolos en productos que tienen un precio en el mercado.

Los movimientos anticapitalistas revolucionarios o burgueses critican esta mercantilización, abogando por que bienes esenciales como la salud, la educación y la tierra sean considerados fines en sí mismos y no meros instrumentos para obtener ganancias. Aunque estos servicios generan costos que deben ser compensados, su función debería ser atender necesidades humanas reales, ya sean básicas o artificiales. Pero qué pasa cuando la mercancía en juego es un país entero.

Desde esta perspectiva, Ucrania, la industrializada, culta, avanzada, había sido vista como una herramienta útil para Estados Unidos en su lucha por la hegemonía mundial, cuando percibía a Rusia como el principal adversario. A lo largo de su historia reciente, muchos líderes ucranianos han actuado como agentes de intereses estadounidenses o de otros imperialismos, creando la imagen de que luchaban por el bienestar de su nación. Sin embargo, la realidad ha demostrado que el conflicto en Ucrania ha desdibujado las proyecciones de victoria y derrota de las potencias enfrentadas y del verdadero interés del pueblo ucraniano.

A medida que persistía el conflicto, resulta evidente que los intereses de las grandes potencias comenzaron a eclipsar el impulso de Ucrania de enfrentar militarmente a Rusia. Teniendo en cuenta la superioridad geográfica y militar de Rusia, así como su condición como potencia nuclear, los actores imperialistas involucrados han evidenciado más sus propios intereses estratégicos que el bienestar de Ucrania o la muy agotada consigna de "lucha por la libertad".

El auge del fanatismo y la creencia de superioridad racial entre los europeos, junto con el apoyo de numerosos países, ha añadido una capa adicional de irracionalidad a la situación. Al menos 50 naciones intervienen directamente en apoyo a Ucrania, mientras que 140 votaron en la ONU a favor de Ucrania en su confrontación con Rusia. Sin embargo, la realidad muestra que estas alianzas no han logrado traducirse en victorias significativas en el terreno militar y han dejado a las naciones participantes en una situación económica precaria y militarmente risible.

Cuando Donald Trump asumió la presidencia de EE. UU., se produjo un giro inesperado, casi amistoso, en la política estadounidense hacia Rusia, lo que le llevó a cuestionar la viabilidad del apoyo continuo a Ucrania en el conflicto. Este cambio ha generado oposición entre líderes derechistas europeos que siguen presionando para mantener la lucha en Ucrania, sin tener en cuenta el costo real que esto implica tanto para Ucrania como país y para los ucranianos e inclusive para ellos mismos.

Esto sugiere que Ucrania, en sus interacciones y conflictos internacionales, ha adquirido características de mercancía, de cosa, de producto manipulable, donde diferentes grandes potencias, las de siempre, buscan ventajas territoriales y geopolíticas con y en ella. El control de áreas estratégicas, los recursos naturales y el valor económico de la nación han llevado a una especie de comercio de Ucrania en las negociaciones internacionales.

Desde esta perspectiva mercantil, la dirección de Estados Unidos en manos de un empresario, como Trump, llevó a facilitar la idea que ya como negocio Ucrania no le ofrecía ganancias con respecto a Rusia y estaba infligiendo grandes gastos que eran necesarios para subsanar otra gran contradicción imperialista, como es la deuda de los Estados Unidos. En esta interpretación se entiende porque Estados Unidos decide retirarse, tratar a Ucrania como un muñeco inútil y mejorar sus relaciones con Rusia, la cual ya no es un peligro mortal, que se encuentra reducida en su presencia internacional por su derrota en el Medio Oriente y tiene además un gran enemigo interno como son sus medios de comunicación.

La reducción de un país a un mero objeto mercantil y de negociación deshumaniza a su población y al no tomar en cuenta sus deseos de paz y soberanía debe ser una lección para otros países que como Argentina, Ecuador, El Salvador, que serán lanzados a un juego desconocido, donde ellos no tienen nada que ganar y si mucho que perder, como paso además con nuestras poblaciones originarias.



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Oscar Rodríguez E


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