La frustrante justicia española

Así no se puede hacer patria. Así no se puede amar algo abstracto como es una nación y una bandera. No distingo en España superestructura alguna: social, política, militar, eclesial, judicial... más allá de las escasas manifestaciones culturales y de escasa difusión, que merezca confianza y respeto de la ciudadanía.

Se puede apostar a lo seguro, la sentencia que nos espera ante cualquier ilícito jurídico y social de resonancia del que esté imputado un personaje público de las clases sociales dominantes (a menos que sea catalán) y la sentencia recaída sobre un ciudadano de clases inferiores (la lucha de clases continúa, por más que los ganadores de siempre se empeñen en que ha desaparecido).

En los asuntos más escandalosos, se ve que la judicatura está decidida a hacer de la justicia una ramera de esas que ya no existen. Se ve que está resuelta, además en beneficio del fascismo, a sumir al pueblo en la frustración y en una depresión nerviosa que se una a la sanitaria y a la penuria cada vez más grave de grandes porciones de población. La conciencia de la justicia española como superestructura y centro de poder es tan laxa ante reos de postín, como la de cientos de políticos de todos los niveles que vienen destacando década tras década en España por su habilidad para la trapisonda, el engaño, la chapuza, la maniobra vergonzosa, y como implacable con los ciudadanos de extracción social incierta. Parece que su propósito es burlarse de todo y burlarse de todos cuantos no forman parte de su pandilla ideológica, con fintas y argucias leguleyas.

Y lo digo porque la justicia española sentencia muy a menudo, una y otra vez, contra natura. Se sirve, no de la epiqueia, que no es ni más ni menos que el espíritu de la ley, ni del sentido común que sus cercanos y simpatizantes quizá llamen demagogia, sino de la treta o la chapuza para invertir el sentido común con inferencias; con deducciones, ajenas a la justicia social natural del fiel de la balanza.

La justicia española, desde 1978, es el látigo de las clases populares y el refugio de las superiores. Y luego dirán que ya no hay la lucha de clases...

Ahora no despunta demasiado la Iglesia (aparte su voracidad inmatriculadora de bienes públicos) como aquella que sobresalía en el franquismo comandante con el dictador. Ahora es la justicia. Desde la transición es la justicia la que dirige los destinos de España y asegura a los poderosos conservadores o involucionistas, que en este caso son franquistas, su continuidad. Las excepciones que hay en jueces, magistrados y fiscales no deformados por la mentalidad dictatorial reinante durante 40 años, son las que hay en toda regla general. Y las concretas que supusieron la intentona hace unos años por parte de incorruptibles, se llevaron por delante a jueces como Baltasar Garzón, Elpidio Silva y bastantes más a los que antes, durante y después, se depura o neutraliza cambiándoles de destino...

Es cierto que para opinar de las sentencias y de las leyes hay que ser un experto que ha estudiado "leyes". Pero el sentido de lo justo y de lo injusto está grabado en el corazón de todo humano, y cualquiera de mínima sensibilidad, aun profano, presiente, siente y distingue lo que es justo y lo que es injusto. Esto, aparte de que en muchos casos la propia especialidad en una materia a menudo estraga, y por sí sola la "especialidad" puede acabar deformando el sentido crítico y analítico del juzgador: generalmente muy alejado del sentir del pueblo y muy cercano de la causa o interés del poderoso, máxime cuando en España son muy raros los casos (no llega al 1 por ciento de los juicios que se celebran) en que hay jurado popular.

En España la justicia es una institución fallida que favorece la regresión hacia un régimen político que se supone superado... Por algo en Consejo Europeo y los Tribunales internacionales llaman constantemente la atención a la justicia española. La justicia española es benevolente con los transgresores (hombres y mujeres) de la ley que tienen o tuvieron altas responsabilidades públicas, pese a ser los más obligados a ser el espejo en el que se mire la ciudadanía, y es implacable con los débiles sociales. Todo lo contrario de esas instituciones europeas citadas que se inspiran, por encima de todo lo demás, en los principios contenidos en la Declaración de los Derechos Humanos. Mientras que en la justicia española lo que aflora frecuentemente son los principios del Movimiento Nacional.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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